Es una escalera, una llave,
una linterna. Una espada, un refugio, una bandera.
Reposa a la espera del
momento de actuar, pero no es un actor. Hay quienes dicen que está en peligro
de extinción, aunque no es ni una planta ni un animal. Y claro, si no está
vivo, dirá un amante de la televisión. No come, no camina, pero tanta vida
aloja su interior, que si fuera un lugar, sería el universo. Muchos universos
alojados en los cuerpos de los miembros de su especie. Si, especie de algo que
no come, que no camina, pero que vuela y te lleva a volar. Porque sin ser avión
tiene alas que aletean elevando nubes de polvo de conocimiento y de aventura y
de misterio y de pasión y de todo aquello capaz de movilizar los sentidos de los
vivos y resucitar aquellos de los que se quieren morir. Él no muere, y no
porque no esté vivo. No muere porque es atemporal, porque su carne está
compuesta por fragmentos de almas que sucumbieron en diversos tiempos y en
todos los espacios. No es una piedra ni una daga, pero si lo dejás, de un solo
golpe, te abre la cabeza y el corazón.
Hace unos días lo
entrevistaron para que dé su opinión acerca de cosas.
_ Señor don Libro, ¿es
usted consciente de que hasta lo no vivo puede dejar de vivir? -consultó el reportero,
y don Libro respondió:
_ Soy muy consciente de que
lo no vivo, al dejar de vivir, vive. Y lo importante es eso, sentirte vivo a
pesar de que no te dejen vivir, y de que no crean que estés vivo.
El reportero asintió, cerró
el libro y volvió a colocarlo en el estante de la gran biblioteca. Tres años
después volvió a tomarlo. Sus hojas estaban más amarillas y olía a humedad.
Está más muerto que antes, pensó el reportero, sin reparar en que las historias
que dormían en sus páginas estaban más vivas que nunca.

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