sábado, 25 de noviembre de 2017

Dedica siempre las mismas canciones

Iluminaba varios universos
con sus dos soles,
sus ojos eran el fuego eterno
nacido en la Creación.
Su risa era como el mar
y su voz como el viento
su existir rozaba la perfección,
pero en algo debía fallar.
Pasan los años,
las historias y los sueños;
distantes bocas estallan
al impactar con sus besos,
ella dedica siempre las mimas canciones
sin importar el lugar
sin pensar en el momento.
¿Será que hay canciones
que pueden decir todo
a diferentes personas?
¿Será que vive al amor
como a un solo amor
sin importar el objeto
que enciende su sentir?
Mi lado celoso
se le ríe en la cara.
Mi lado musical
la compadece.
¿Será que es tan feliz
que no tiene tiempo
de ampliar su espectro musical?
¿A caso su corazón
solo sabe latir al ritmo
de un número reducido
de melodías?
Qué aburrido bailar
con ella.


28/10/17

martes, 21 de noviembre de 2017

Instrucciones para subir una escalera mecánica


Alentado por la obra del gran Julio Cortázar, colmada de practicidad e intenciones de facilitar el andar diario de sus lectores,  y por numerosas experiencias vividas en espacios en los que es necesario el ascenso o descenso entre un piso y otro, me atrevo a la osadía de plasmar a la posteridad en este escrito la manera, según mi criterio, de hacer uso de una escalera mecánica de la forma menos odiosa, traumática y escandalosa posible. 
Todos alguna vez hemos deseado acabar con la existencia de alguna persona, es normal y digno de ser perdonado por divinidades supremas. Esa persona a la que dirigimos nuestras malas energías suele ser alguien que nos hizo mal, o que hirió a un ser que apreciamos. Alguien que vive fuera de las normas de la moral y de las buenas costumbres, como ladrones, representantes de deportistas y la mayoría de los  mozos que abren las puertas de los taxis en la terminal de Córdoba. Pero hay un grupo de personas que parecerían ser intocables en eso de estigmatizarlas a causa de su incorrecto accionar. Si usted leyó el enunciado que enmarca estas palabras, puede que ya se esté dando una idea. Sino, continué con la lectura y lo sabrá. Esas personas son aquellas a las que les cuesta desplazarse a través de escaleras mecánicas. Personas que frente a este medio de transporte de mínima distancia se bloquean y pierden el sentido de ubicación y recato. Inmovilizadas por el temor a ser succionadas por el mecanismo metálico, por el miedo a caerse y ser el hazmerreír del espacio -dígase shopping, terminal de ómnibus, aeropuerto, etc.-, se descontrolan y alteran el andar de aquellos para quienes una escalera mecánica no es más que lo que su nombre indica. Están también aquellos que, debido a experiencias ocurridas alguna vez en la realidad o en sus peores pesadillas, optan por simplemente omitir la existencia de la escalera. Para ambos grupos, y para todo aquel que quiera leer, van estas indicaciones.
Todos sabemos lo que es una escalera, su función y su anatomía. Conocemos nuestro cuerpo y su propia movilidad. De igual modo, no está de más mencionar algunos puntos importantes. Pies. La mayoría de las personas cuentan con dos. Uno izquierdo, otro derecho. Al caminar avanzamos primero con uno, y luego con el otro. Si lo hiciéramos con ambos, sería saltar, no caminar. Si no avanzamos con ninguno, estamos estáticos. Frente a una escalera mecánica, no son solo los pies lo que entran en juego. Pies, piernas, cintura, torso, brazos y cerebro. Este último, como en la mayoría de nuestras actividades, es fundamental. Usted no puede subir una escalera mecánica sin utilizar su cerebro. Es en él en donde se activa la orden que da inicio al correcto procedimiento de ascensión: ante la necesidad de desplazarse hacia un piso superior, demasiado superior, que no puede usted trepar por la pared o ascender de un salto, el cerebro enciende una señal que indica la presencia de la escalera. A través de la vista puede usted vislumbrarla y, luego de ubicarla, desde el cerebro un impulso nervioso se desplaza hasta los pies dando así comienzo al desplazamiento hacia el mecanismo de ascensión. El tiempo de caminata libre depende tanto de la distancia que lo separa de su objetivo, como de la velocidad que usted emplee para avanzar. Esta última depende de varios factores. Es lógico que en una terminal de colectivos, la velocidad de desplazamiento de los individuos hacia una escalera mecánica sea mayor que la de aquellos que utilizan un mismo aparato en las instalaciones de un shopping. Igualmente, la cantidad de obstáculos que se hallen entre usted y su destino, pueden hacerla aumentar o disminuir.
Una vez recorrida la distancia, su cerebro le indicará que es necesario hacer una pausa. En ella usted puede tomar aire, mirar la hora, acomodarse los pantalones, o lo que desee. El tiempo de pausa, también depende de la cantidad de individuos que, al igual que usted, fueron guiados por sus cerebros, a través de los pies, hacia la escalera. Aquí comienza la parte importante, por lo que le recomiendo que ponga total atención. Su gato puede ser acariciado más tarde y a su pareja no le vendría mal hacer silencio por algunos minutos. Lo que importa es superar su temor a las escaleras mecánicas, o prevenirlo, en el caso de que aún no haya sufrido tan cruel padecimiento. Luego de la fugaz pausa frente a los escalones que se desplazan es el momento de mostrar de que usted está hecho y cuan útil es su cerebro ante situaciones de extrema necesidad. Si este órgano o sistema funciona correctamente, lo que deberá suceder es lo siguiente: una orden eléctrica e invisible guiará sus ojos hacia el inicio de la escalera que no deja de moverse. En milésimas de segundo usted resolverá cual pie dará el primer paso, cual el segundo y cual será el escalón elegido. Sí, puede salir mal. Puede que justo cuando usted decide mover el pie, el escalón cambie y en vez de pisar firme y asentarse, su zapato, zapatilla o sandalia, choque contra el escalón metálico y lo haga caer sobre la superficie en movimiento. Esto puede ser catastrófico. Pero también puede salir bien. Si su cerebro funciona correctamente, y no es invadido por el pánico, y logra dar un paso seguro y certero, usted comenzará una especie de viaje cósmico en el que ascenderá sin la necesidad de mover los pies. Durante el trayecto de su travesía usted podrá apreciar diversos paisajes que parecieran estar en movimiento. Y lo están, pero quien está viajando es usted. Un promedio de la duración de este tipo de viaje ronda alrededor de los diez segundos. ¿Qué puede usted hacer en ese tiempo? Depende. Si siente que el temor ha abandonado su existir, puede usted disfrutar. Admirar el paisaje, consultar algo en la pantalla de su celular, buscar algún objeto en la cartera. Si el temor lo acompaña en el ascenso, lamento decirle que usted sufrirá. El trayecto se le hará eterno, pero a la vez demasiado corto como para tomar decisiones. A medida que se acerque hacia la parte más elevada de la escalera mecánica las formas tenebrosas que lo persiguen en sus peores pesadillas aumentaran mil veces en tamaño y en crueldad. Se verá usted succionado por la escalera y advertirá como su cuerpo revienta y su sangre empapa a todos los presentes. Estos estallaran en alegría y se burlaran de su trágico perecer. Usted estará perdido. Pero puede que no. Puede que con temor o sin temor, usted logre llegar al final. Su cerebro, continuando con su metódica labor, enviará un nuevo impulso para que, muy cerca del borde filoso del mecanismo, levante uno de sus pies, luego el otro, y acabe con su trayecto. Libertad. Es importante que en este punto no se revuelque en los laureles, ya que, si viene alguien detrás suyo, puede llevárselo por delante y arruinar un excelente ascenso.

Finalmente, quiero volver a destacar la importancia del cerebro durante todo este proceso. No todos los cerebros son iguales. Algunos tienen más luces, otros más penumbra. Lo importante de los cerebros es no dejar que sean perezosos. Hay que entrenarlos. Puede hacerlo a través de la lectura, de juegos de ingenio o de la meditación. Él necesita estar activo y bien despierto para poder acompañarnos de la mejor manera posible en cada situación de la vida, como tratar de descubrir una vacuna para salvar millones  de vidas, la realización de la tarea de lengua o la tan arriesgada y subestimada acción de subir por una escalera mecánica.      

sábado, 18 de noviembre de 2017

Nada, entonces

Ella sabía que la amaba, pero cada vez que podía desplegaba la bandera de la amistad. Solo para separar los tantos. Ella de a ratos me besaba, con su boca, sobre mi boca. Pero no quería nada más. A veces hacíamos tratos, pero su humanidad la obligaba a dejarlos sin efecto. Bajo el lema de la carne es débil y a vos te quiero lejos, jugaba a ser Dios y a marcar el camino. Yo la seguía, porque algunas migajas siempre resultan más que simplemente nada. Hasta que dije basta.
Cuando dije basta, pasé de ser el más tierno enamorado, a ese idiota que no entiende nada de la vida. Ese que solo busca lo que no puede tener y se da una y otra vez la cabeza contra la pared. Ese que ella quiere como amigo, pero que lo tiene ahí, por si en algún momento su existir se torna aburrido, o la calabaza se transforma en carroza. Ella se enoja porque él se enoja, siempre es así. Pero ella se enojaba primero cuando yo la quería demasiado, y se enoja ahora porque necesito alejarme. Ella no se enojaría si todo en el mundo resultase como ella desea. Ella es como todas.
Ella sabía que la amaba, por eso trataba de romper el cristal. Y lo rompió, pero no soportó el frío vendaval que se apoderó del cuarto al dejar sin protección a la ventana. Y me culpa por inseguro, y piensa que en realidad jamás la quise como dije quererla. Varias veces le advertí que este momento iba a llegar, pero prefería seguir creyéndose la codiciada Helena. Le dije que me perdió, pero no es verdad. Los dos perdimos el amor que habitaba en mi corazón y latía al ritmo de su nombre. A ella le gustaba que sea así de cursi. A ella le gustaba mucho sentirse así de querida, pero hubiese preferido que el portador de ese afecto sea cualquier otro menos yo. Prejuicios, creo que fue la palabra que ella usó. Yo pensé en superficialidad, estupidez, y algunas palabras así, pero no se lo dije.
Ojalá que esté llorando por mí en este momento. No gano nada por ello, pero creo que sería bueno para el cierre de esta historia. Hacía mucho que no pensaba en ella, pero hasta hoy no dejaba de volver. Ya no soportaba su incomprensión, su necesidad de hacer de cuenta que nada había pasado. Si no hay amor, que no haya nada entonces. Y no lo digo solo yo, está claro. Se fue cuestionando mis intenciones, como digna estudiante de la academia sofiísta.
Se fue golpeando y trabando puertas, rompiendo las luces y desparramando libros. No existe ninguna posibilidad de que sean suyas las últimas palabras. Quería dedicarle una última canción, contarle que tengo un gato al que bauticé Severus y desearle todo el amor del mundo, pero se fue.
El gusto fue mío.


18/11/17

domingo, 15 de octubre de 2017

Estúpido martes

No hay un día más tonto que el martes. Le sigue al lunes, mientras aguarda la mitad de semana. Nada interesante sucedió jamás un día martes. Ni ayer, ni hace mil años en ningún lugar del universo. Escuché que una vez llovió, y a la semana siguiente hubo un incendio. Pero eso puede suceder cualquier día, incluso un jueves, así que no sirve como elemento para contradecir mi teoría de que los martes son estúpidos. Porque esa es mi apreciación final: el martes es el día más estúpido de la semana. Si tenemos en cuenta que puede haber por lo menos cuatro, la estupidez mensual puede elevarse a un nivel exorbitante. ¿Será que el mundo se cae a pedazos a causa del exceso de días martes? Cuatro en un mes, por lo menos cuarenta y ocho en un año, cuatrocientos ochenta en una década, y prefiero parar de contar. Estamos perdidos.
Lo bueno, es que ya lo estábamos desde antes de notar este detalle. Siempre vagamos de un lugar al otro, estableciéndonos momentáneamente a causa de errores y torpezas que arrastramos hasta que en un descuido se revelaron y nos patearon en la cara. ¿Y qué con eso? Absolutamente nada. No aprendimos la lección y seguimos arrastrando estupideces varias. Hoy el martes se volvió una muy buena excusa para justificar tragedias. Qué trágico que es el amor, la música y los libros. Qué trágico que a esta altura la selección no esté clasificada al mundial. Qué trágico que te quiera cada día menos. Bueno, esto último es discutible. Cierto, pero discutible. Hagamos de cuenta que me compré una máquina de medir el cariño... sí, hoy quiero menos que hace dos semanas. Eso es totalmente trágico para el universo, ya que cuando un alma deja de querer, ese cariño no se esparce por el aire para alojarse en otros seres. Cuando el cariño ya no quiere, muta, se transforma en otros sentimientos. Puede mutar para arriba y convertirse en un gran amor, o puede mutar para abajo y ser otra cosa. Indiferencia, esa sensación que me mira y me dice que perdí mucho tiempo, que gasté demasiadas palabras que podría haber utilizado mejor. Y esa mutación negativa acarrea fantasmas. Y los fantasmas, como todos sabemos, son muy burlistas. Qué tonto que fuiste, me dicen y hacen piruetas en el aire. Acompaño su alegría con una tibia sonrisa y un casi imperceptible gesto de asentimiento. Qué tonto que fui.
Lo bueno es que con el tiempo uno se acostumbra y aprende a burlarse de sí mismo y de sus sentimientos. En mi caso, en este martes tan estúpido como yo, prendo un cigarrillo y escucho La 25. Entre canción y canción trato de auto convencerme de que no fue para tanto, de que podría haber sido peor. Que podría ser peor, eso no me arregla, eso no me arregla a mí. Estúpidas canciones que me confunden  y desbaratan mis teorías. Pero tiene razón. Todas, de alguna manera, la tienen. Yo simplemente las escucho y me prometo ser menos idiota la próxima vez. Si no hay amor, que no haya nada entonces, dice otra en mi mente, por encima de una que habla sobre un ataúd. Que no haya nada, entonces. Ni martes, ni viernes, ni Osvaldo. Ni te extraño, ni cómo estás, ni me acordé de vos. Nada.
Qué decepción, ni siquiera son las ocho de la noche, ni siquiera llueve y no creo que me toque morir esta noche, como seguramente le pasara a miles de personas alrededor del mundo. Ella tampoco morirá, ni esta noche ni dentro de los próximos años. Ojalá nunca la vuelva a ver, ojalá olvide pronto como suena su voz. Y no por ella, ni por mí, ni por la comunidad mágica. Que todo suceda por el bien, por la reivindicación del estúpido martes y por el buen nombre de las papas fritas. Que se ría eternamente, pero nunca más de mí.


10/10/17   

lunes, 9 de octubre de 2017

RAYUELA, de Julio Cortazar. Capitulo 32: Carta de la Maga a Rocamadour


Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour:


Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿ Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour. 

Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas...Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour. 

Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito. Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto. 

Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete ... 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Me enamoré como un boludo

Ella siempre dijo que no, aunque a veces lo disfrazaba con un quizás. Para mí, todas sus respuestas fueron sí. Y me enamoré como un boludo.
No en todos los cuentos hay magia, pero a veces uno se confunde. Sobretodo, después de leer los ocho libros de la saga de Harry Potter en seis semanas. Mi personaje favorito fue Hermione Granger de principio a fin. Ese pelo incontrolable, esa mezcla de ñoñez y audacia encandilaron al tonto lector de fantasía que habita en mí. ¿Y cual es el nombre de quien me encandiló en la vida real? Maga. Lo primero que este idiota hizo al leer su nombre, fue bautizarla Hermione. Algo tonto, divertido, pero que marcó el comienzo de algo que podría haber terminado en una gran tragedia moderna: casamiento. Por su mente jamás pasó esa idea, lo debo admitir. Fui yo quien iba juntando los destellos de cariño que ella irradiaba y los amontonaba en un rincón dándoles la forma de un corazón. Cursi, casi vomitivo, dirán muchos. Pero ella tiene mucho para enamorar. ¿Está buena, por lo menos? Pide saber la hinchada. Sí, lo está, y mucho. Está buena, es inteligente, le encanta el rock, le gusta pasarla bien. Y el idiota se enamoró.
Le dije que la amaba, que podíamos vivir bajo un puente y enviar a su pequeña hija a un internado mágico. Le abrí mi corazón como nunca lo había hecho antes. Le prometí ser lo que ella quisiera que fuese. Sí, de verdad, así pasó. Por favor, hagánle saber esto a Sofía para que se burle de mí. Que el mundo se entere que todavía hay estúpidos Romeos que dan la vida por amor. No morí, ni tengo pensado hacerlo por este asunto, pero... ¿si la Maga (la mía, no la de Cortázar) lo hubiese pedido? No quiero pensarlo.
Fui con ella el tierno ángel que hubiesen querido que sea la mayoría de mis profesoras del secundario. Amable, atento, educado. Siempre traté de hacerla sentir cómoda e importante. Jamás le mentí, hubiera hecho todo por ella. Todo. Creo que ella, en definitiva, no captó del todo el mensaje que le estaba enviando el universo. No vio más allá de mi aspecto desalineado. Sintió cosas, se confundió, avanzó, se retractó, siguió con su vida mientras yo le escribía los más sentidos versos que podría haber vomitado mi estúpido corazón. Y esto no habla mal de la Maga. Desde el comienzo fui yo el que andaba descolocado. Sus formas, sus modos, daban indicios de que no era conveniente enamorarme de ella. Lo mismo que con Sofía. ¿Por qué será que me atraen tanto las tragedias? Sí, genial con Shakespeare y Sófocles, pero... viejo, ¡cortala! Mi vida no es cuento de hadas, pero tampoco para ser representada en una plaza publica varios siglos atrás. La Maga tiene sus cosas, que la hicieron ser del modo en el que es. Y yo lo sabía. Su manera de ser jamás fue para mí un secreto. El tema fueron sus dudas, sus estúpidas e infantiles dudas, que no hacían más que incitarme a enamorarme como lo hice. Idiotas.
Me hizo bien, a pesar de estos días en los que lágrimas de bronca supieron acariciarme. Su aroma, su risa y el dulcisimo sabor de sus besos, hoy me hacen sentir estafado. Recordé como se besaba, lo mágica que pude ser una mirada y esa sonrisa de paz en mitad del beso. Está bueno abrazar y que te abracen. Está bueno ese mensaje al comenzar el día, y esas extrañas conversaciones en la madrugada en la que todo puede pasar. Pero ya pasó. Varias veces intenté despegarme de ella porque sabía que no había futuro. Quizás lo había, y era hermoso. La Maga, yo, su pequeña niña y los que pudiesen venir. Pero en medio había un camino complejo en el que teníamos que conocernos a fondo, aprender a soportar nuestras diferencias y amoldarnos a la manera de ser del otro. En definitiva, complementarnos. Yo pensé en que podría intentarlo, pero ella... a ella le gustan las papas fritas, ama leer y le gusta criticar mis escritos. Por ella retomé y finalicé un proyecto literario que tenía guardado hacía mucho tiempo. Por ella hubiera cambiado el mundo, pero no pudo ser.
La voy a extrañar demasiado. Mañana el vacío va a ser enorme, pero qué otra cosa puedo hacer. Puse de mí todo lo que podía. Creo que ella, a su modo, también lo hizo. El cariño es grande, pero también el abismo que nos separa. Voy a extrañar los audios de azulina y esa salida al parque que nunca va a suceder. La Maga me debe treinta pesos y una salida al cine. Hubiese estado bueno ir a algún recital. Hubiese estado bueno que se jugará un poco más. Pero quizás no tenía que ser. Quizás pase el tiempo, las historias, y algún día volvamos a encontrarnos. Quizás se aburra de lo simple, de lo vacío y necesite que la amen de verdad. Quizás, si no pasa tanto tiempo, todavía esté para acompañarla y ayudarla a ser feliz. O quizás me busca mañana y ya no quiero. ¿Quién sabe? Pero, mientras tanto, otro crimen quedará sin resolver.
29/09/17


sábado, 9 de septiembre de 2017

Too much love will kill you

Cuántas cosas dejamos de lado por amor. La mayoría de las veces son muchas más que las que obtenemos. Y sí, escribo desde el punto de vista de un loser. ¿Desde que otro lugar podría hacerlo? Mi vida amorosa podría ser digna de un especial de noche de brujas de Los Simpsons, o formar parte de la saga de Destino Final. Y no es por darle a mis tragedias más importancia de la que merecen, pero así las siento. Supongo que todo el mundo creerá que sus dolores son los mayores, los más sufridos, los únicos que merecerían haber sido eternizados por Shakespeare. Yo no creo tanto así, pero sobre mí es sobre quien más conozco, por eso lo cuento así.
Tampoco quiero hacerle creer al mundo que he sido un gran amador. Con los dedos de una mano puedo contar el número de personas que han llegado a lo profundo de mi corazón (cursi). Y tampoco es que calaron tan hondo, solamente lo suficiente como para viajar sin escala a una zona de placentero olvido. Desde el fondo del pozo sus nombres me saludan, sonrientes añorando por los buenos tiempos. Buenos son los sándwiches, los libros que te incitan al desvelo, las sonrisas fugases de desconocidos que te alegran el día. El tiempo es tiempo, y si vuelve en forma de añoranza, es preciso recordar porqué hoy está en el fondo del pozo.  
Amé mucho, pero no tanto como otros. En realidad jamás me interesó eso de medir el afecto y las emociones. Cuando algo llega, de la manera en que sea, será ni más ni menos que lo que es. Extraño, pero lógico. El amor es amor en cualquiera de sus formas. La intensidad con que la persona sea capaz de sentirlo y/o expresarlo es un factor aparte. Quienes han sufrido, tienden a levantar impenetrables y molestas murallas en defensa del futuro, utilizando como cimientos al malvado pasado que las destruyó como principal materia. Y acá la lógica se extingue, y el amor es una mierda suena como el mantra de sus existencias. ¿Por qué culpar al amor cuando el que te hizo llorar fue un mortal tan estúpido y humano como vos? Gran parte de ese dolor corresponde a nuestra capacidad para elegir.  No elegir a quien querer, porque si fuera así el sufrimiento no existiría. Pero sí elegir en dónde buscar. Igualmente, saber elegir el lugar correcto no nos asegura la imposibilidad de hallar justo la manzana podrida del cajón. Y lamentablemente no existen cajones sin frutas podridas. Es cuestión de elegir el cajón, tratar de no sacar la podrida y, si lo conseguimos, que sea a tiempo y que las demás no estén tan contaminadas. Es todo un tema eso de elegir. Y de querer.
La soledad es otro asunto con el que estoy bastante familiarizado y del cual ampliaré en otra ocasión. Ahora solo diré que, según mi entender, esta posee dos caras. La primera es esa que tiene que ver con la libertad. Estoy solo, hago lo que quiero. Y la otra, con la prisión y el martirio. Estoy solo, ¿qué hago con mi vida? En la historia del mundo ha habido soledades inmensas que llegaron a asesinar a sus víctimas. Pero el amor también supo ponerse la máscara del verdugo y convirtió un simple latir acelerado de un pobre corazón en carne para ataúd. En forma de abandono, de desarraigo y de suicidio, el amor en exceso se cobró más víctimas que Sarmiento en sus campañas mata indios. Te lo canta Arjona, La Beriso y María Elena Walsh. Las palabras de Brian May, en la majestuosa voz de Freddie Mercury, te lo dicen sin rodeos, para que no necesites de traductores ni de intérpretes mágicos. Demasiado amor te matará. Ya sea del bueno, o del malo, si es que puede subdividirse en estas categorías. Amar, mientras haga bien. Olvidar, dar un paso al costado, como el bueno de Rohán en la novela de Quiroga, antes de que la cosa sea excesivamente turbia. No tratar de derribar muros. Busquemos puertas, ventanas, errores de edificación. Si no hay nada de eso, en mi caso, recurro a mi salvadora biblioteca y busco algo entretenido para leer. Siempre es mejor invertir tiempo en la lectura, antes que perderlo en morir de amor.


07/09/17

jueves, 7 de septiembre de 2017

El placentero arte de cultivar tomates

La naturaleza es inmensa. Va más allá de unicornios y de flores. Están las rocas, tan útiles para los enamorados de la antigüedad que no contaban con Whatsapp para avisarle a sus doncellas que aguardaban frene a su balcón. Está el fuego, tan natural como el viento, que hierbe el agua que se utilizará para preparar la tan compartida infusión llamada mate, y que tanto espanta a algunos extranjeros. Y están los tomates. Hablar de ellos, merece párrafo aparte.
La primera definición que nos brinda la Real Academia Española sobre el tomate, es la siguiente: Baya roja, fruto de la tomatera, de superficie lisa y brillante, en cuya pulpa hay numerosas semillas algo aplastadas y amarillas. Esto, dicho en términos más coloquiales, sería que un tomate es una fruta roja, con piel y cosas en su interior. Aunque intelectuales de diversas organizaciones mundiales dispongan todos sus recursos y su entrega en desmentirlo, la realidad es apabullante. Los tomates se parecen a los seres humanos más de lo que muchos quisieran. Las pruebas son contundentes y definitivas, no existe duda cuando se habla de la tomaticidad del ser humano.
Elegir una parcela, limpiarla, ararla, arrojar las semillas. ¿No es así como todos comenzamos? Los primeros brotes son los más importantes, pero no por ello debemos descuidar el resto del proceso. Los tomates crecen brillantes e inmensos, a veces. Sí es así, corren el riesgo de todo lo que pertenece al mundo humano: caer por su propio peso. Ahí es cuando debemos reforzar las defensas, tanto las de nuestro cuerpo, como las del entorno que construimos.
No todos los humanos son buenos en el placentero arte de cultivar tomates. A algunos les cuesta más, o se contentan con papas y naranjas que hallan en el camino. Para ellos las cosas parecieran ser más sencillas, pero no es así. Una vida sin arte es como un tomate vacío, redondeado por el aire viciado de unos pulmones que jamás supieron respirar. Una papa no es un tomate. Una naranja, tampoco lo es. ¿Qué es un tomate?, me pregunto después de comprender que no comprendo casi nada de lo que escribí hasta acá.
El tomate y la humanidad, la humanidad tomatosa del ser y su concreto significado existencialista abarcan etapas desconocidas incluso por las primeras semillas que el viento arrastro hasta Europa siglos antes de la colonización. Que el cultivo propiamente dicho no se haya realizado hasta luego del tercer cónclave marciano fue una cuestión puramente estratégica del inconsciente colectivo católico tan propio de su dogma como las Cruzadas y la Inquisición.  Concretas evidencias reflejan el real y efímero significado de la materialización del tomate como complemento humano propiamente dicho y a las actividades que estos realizan con o sin el beneplácito conocimiento de su accionar.
Un tomate es una sonrisa, una mirada de esas que ocasionan colisiones intergalácticas. Es ese rubor que sube cuando faltan las palabras, después de sentir ese fuego que quema sin llamas. Aunque la tomatera no se haga cargo, aunque el fuego sea tan débil que muera en no más que palabras. Por suerte no es del todo necesario cocinar al tomate. Pero no es esa la finalidad de lo que estaba escribiendo.  O sí, ¿quién sabe? Todo puede surgir o desvanecerse cuando un par de bayas rojas intercede en el andar de dos seres que solo quieren comer fritatas y hablar de muertes y de libros y de cosas que alguna vez ocurrieron y que desean que jamás vuelvan a suceder. Pensamientos acerca del tiempo de gestación de los elefantes o sobre la veracidad de la llegada del hombre a la luna, quedan obsoletos ante la indescriptible majestuosidad de esos ojos que iluminan eternos y prodigiosos campos tomatosos. Y el campo es su sonrisa, su historia, sus secretos, su forma de caminar. Es su magia, en definitiva, tan poderosa, que ha logrado convertir la simple existencia de un tomate en una grandilocuente y confusa declaración de amor. Amor por los tomates.

07/09/17



domingo, 27 de agosto de 2017

Cómo ser un gran escritor, por Charles Bukowski

Tienes que tirarte a muchas mujeres
bellas mujeres, y escribir unos pocos poemas
de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Solo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
Y no olvides tu Brahms,
tu Bach
y tu cerveza.
No te exijas.
Duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
Acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
Y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente
de la posibilidad
de la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
Un sabor temprano de la muerte
no es necesariamente una mala cosa.
Quédate afuera de las iglesias
y los bares y los museos
y como las arañas,
sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
Más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
Una amante continua.
Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de eso una pelea de peso pesado.
Haz como el toro en la primer embestida.
Y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine,
Dostoyevski, Hamsun.
Si crees que no se volvieron locos
en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres sin comida
sin esperanza…
entonces no estás listo
toma más cerveza.
Hay tiempo.
Y si no hay,
está bien

igual.

Las cosas que sueño


El estado de las cosas reales, suele diferir de maneras extremas cuando se materializan en el plano onírico. Cambian los espacios, se funden unos con otros. Las personas pueden cambiar su fisonomía, sus nombres, o sus sentimientos. Todo puede ser de la misma estúpida manera en que puede dejar de serlo. Últimamente mis sueños han sido demasiado potentes, cargados de una intensidad a la que no estoy acostumbrado. Es que siempre mis sueños se caracterizaron por el aburrimiento y las cosas que se caen. Objetos, personas, todo siempre se caía.
Todo cambió cuando ella intercedió entre el sueño y la vigilia convirtiendo a mi existir en un plano azul incapaz de unirse completamente a lo onírico o a la realidad. Llegó desde el pasado para convertir mi presente en una breve estadía soleada en medio del deshielo. Y me aferré a lo que mi corazón me dijo que podría ser una buena opción. Qué bien que me cae la gente que no escucha a su propio corazón. Espero caerle tan mal como me caería a mí mismo si yo estuviese de su lado. 
Las cosas que sueño ya no me gustan. Mientras duermo, las más grandes utopías se materializan frente a mis pasos haciéndome creer lo maravilloso de las cosas que brillan. Y floto entre ellas como un estúpido globo sabiendo que en algún momento me van a reventar. Pero sigo flotando, entre besos y abrazos falsos, entre miradas ciegas que parecen mirar, pero que no miran. No me miran ni me miraran. Y ella es parte del sueño. Es ella ese y todos los sueños en los que vuelo hasta el cielo y de repente estalló y amanezco recostado sobre una cama dura, fría e inmensa. El problema no es la cama, es ella y su voz, su risa, su pelo y sus manos. Jamás pensé en su boca hasta el último sueño. Desperté y el beso se convirtió en grito que inundó la habitación y solo a mí llegó a aturdirme. Como siempre.
De ella sé que vivirá en mis sueños quien sabe por cuanto tiempo. Quizás asesinando en alguna historia pueda volver a mis sueños de antes, en donde todo era gris y se caía. De su persona no onírica, quizás prefiero no saber. Duele menos cuando no se sabe. Y si tiene que doler, mejor que duela hoy, que es domingo, o el martes, y que se adelante el abismo. El tiempo es relativo e cuestiones de olvido, así que no debo desesperar. La magia no pude durar para siempre.


27\08\17

miércoles, 16 de agosto de 2017

Tonta Niña Cursi

Que todo está escrito, que nada es casual. Que el universo trazó un camino que se extiende desde la nada hacia el infinito. No lo inventé yo, ni Coelho, ni el Papa Francisco. No lo leí en tus ojos ni me lo transmitiste a través del inconsciente en una de esas tantas madrugadas en las que te sueño. Que todo está escrito, que nada es casual, es una clásica excusa que los tontos usamos para tratar de explicar lo que no entendemos y para excusarnos ante el vacío luego de haber sido derrotados. Es una salida, una coartada, un escudo. Algo de tontos.
Los días pasan y más me convenzo de que aquello que creía que tardaría siglos en pasar, está pasando. Los astros conspiran para que el resplandor de la luna se materialice tras mi ventana cada noche. Aparecés en forma de lechuza. Alas, plumas y unos ojos inmensos sintetizan el porqué de mi paso por el mundo. Todo tiene sentido cuando reposo mis latidos en la suavidad y en la fuerza de tus alas, cuando apago las luces de mis ojos y me dejo arrastrar por la envolvente corriente de palabras carentes de sentido y de amabilidad que desplegás como muestrario del inmenso miedo que te provoca el hecho de sentir. Y no es que me crea experto en el arte de tus sentidos, pero a veces necesito darle explicación a ciertas cosas que no comprendo del todo para seguir avanzando. Porque al final de cuentas, solo de eso se trata vivir: seguir avanzando sin detenerse tanto a pensar ni a mirar para atrás. Ni enloquecer pensando en lo que pasara adelante.
El día me encontró vivo, destruido, pero vivo. La tonta niña cursi que te invade, cuando no dispara, genera luz. Luz sin estruendo, luz con calor. Luz que me asesina la cordura y obliga a mis brazos a experimentar la devastadora necesidad de abrazar. Y abrazan. Almohadas, árboles, mascotas y botellas. ¿Qué te encuentro en cada cosa que abrazo? Imposible, además de super cursi. Te encontré una vez, en el aire, en la luz, y fue definitivo. Te llame por uno de los nombres que mejor te queda, H.G., pero nada mágico sucedió. Pasaron estaciones, personas y libros. Decenas de libros que me obligaron enfocar mi desvalida atención en otros focos. Focos claros, oscuros, quemados. Pero Hermione me sacudió por los hombros y me devolvió al camino.
Hoy formás parte del club, como tantos otros seres -reales o ficticios- que llenan páginas con palabras confusas, trágicas y cargadas de ese estúpido romanticismo que me avergüenza frente a los más valientes héroes griegos. No es que me crea parte de su grupo, pero no puedo evitar soñar con sus rostros burlones ante mis tontas metáforas románticas. Vos sos la TNC, no yo.
Siempre es difícil cerrar un texto. Y más aún cuando en él lo único que se buscó fue decir cosas sin decirlas realmente. El blanco se vuelve fuego cuando las palabras se niegan a ser escritas. Corazones, cuchillos, dementores. Paseos, colectivos, libros trágicos. Cancelaciones, Patronus, una banda que nunca fue. Tonta niña cursi, otro tonto escribe por vos.

J


miércoles, 9 de agosto de 2017

Los Dementores de tu silencio

El tiempo se escondió durante siglos
a la espera del momento indicado
en el que el universo debía estallar.
Entre las luces del cielo
decenas de sombras se muestran ocultas
en la ausencia de tu voz,
en la plenitud de tu silencio.
El frío y la oscuridad escapan tras cada suspiro,
mientras montañas de esperanza
se desvanecen hasta desaparecer.
Parece que nada tiene sentido
cuando la negatividad de los polos se convierte en lava
y arrasa con joviales existíres
exentos de la noción de luchar.
Y todo por culpa de tu silencio.

Antiguamente, cuando algo no tenía sentido, reinaba la costumbre de aceptar cada cosa como caía del cielo. Los astros siempre habían estado en su sitio. El viento soplaba porque esa era su función. Cuando algo desaparecía, jamás había existido. El tiempo pasó, quienes antes estaban, dejaron de estar. Cíclicamente las tragedias y las buenaventuras siguieron sucediéndose e interpretándose de diversas maneras.
La magia siempre fue magia, pero su materia fue transformándose, cambiando de cuerpo como un caracol que cambia de caparazón. Estuvo primero en seres eternos que mezclaban sustancias y hacían bailar al fuego. Escobas voladoras, varitas y objetos mágicos fueron elementos primordiales para su expansión. Hoy la magia se volvió invisible e inmaterial, sin leyes que regulen su práctica ni Ministerios que condenen su indebida ejecución. Los magos ya no presumen sus poderes, pero tampoco se esconden en sus guaridas.
La Maga camina entre la gente, como una más. A veces sonríe, a veces sus pensamientos la obligan a parecer enojada. Pero no está enojada, está viva. Y por eso siente cosas. En su mochila transporta sueños, alegrías y algunas tragedias. Tragedias mundanas, similares a las de cualquier Muggle que la saluda por el camino. La magia le estalla a través de los ojos y de esa inacabable paciencia con los mortales que triunfan con variable capacidad de decisión. La Maga escucha, piensa y habla. Cuando no habla, los Dementores de su silencio congelan la atmósfera, envileciendo el aire, despertando soledades, negativizando cada centímetro de positividad. Y ella lo sabe. Ella siempre sabe todo.

Y todo por culpa de tu silencio.
Y todo por culpa de mi constante necesidad de escucharte.
El cielo se oscurece y el frío avanza,
pero nada estalla ni deja de existir.
Así como el sol descansa del día durante la noche,
tus silencios no son más que un tranquilo complemento de tu existir.
Y cuando tu voz calla, tu eco resuena
y continúa la magia.
Los dementores se besan las manos,
estallan y se convierten en polvo,
al ser derrotados por algo que suena desde el pasado
expandiéndose hacia el presente
salvando eternidades mudas
que se maravillan con el Patronus de tu voz.
Salvaste al mundo.
Con tu magia salvaste mi mundo.
Bienvenida al club.

09/08/17

sábado, 5 de agosto de 2017

Silenciosa pasión

Belén y la música. Belén y el pan casero. Belén y el mate y el termo y la ventana que me avisa que el sol se está muriendo. ¿Cómo se verá al dormir? ¿Cómo se verá al despertar? No es constante, pero cuando aparece su presencia desbarata emocionalmente mi pobre existir. Ella no sabe que existo. Lo sabe, pero no hay nada que ignore más que mis pensamientos hacia ella. De a ratos el amor que siento hacia su persona es más fuerte que todo lo que sentí hasta hoy, pero solo de a ratos. La mayor parte del tiempo no existe. O existe, pero del mismo modo en que existo para ella.
Belén y Shakespeare y Ovidio y los sintagmas. Hace meses que mis ojos no se maravillan con su andar. ¿Será que acaso se pregunta por ese ser con el que cada tanto se cruzaba? ¿Me busca? ¿Transitará los mismos caminos esperando encontrarme? No sé qué desayuna, ni a qué hora prefiere almorzar. Tengo entendido que hablamos el mismo idioma, pero no logro recordar como sonaba su voz. Belén, su nombre, y esa sonrisa dormida que me deslumbra cada tanto en los mejores sueños, son algo que aunque quiera, o no, me acompañan cada vez que un rayo de sol me pega en la cara. Su pelo, el rubio natural y el negro artificial que la destacan del resto de los mortales. Sus ojos claros, ella en su total plenitud. Plenitud. ¿Qué la hará sentir bien? ¿Qué cosas la harán llorar?
Acepto con total hidalguía el hecho de saber que jamás sabré cuál es su color favorito, o el nombre de su primera mascota. Acepto adorarla como a la diosa que es, como a la musa que le da sentido a los más sentidos versos.  Acepto qué, antes que nada, mi mayor necesidad es su existir y esta distancia. ¿Sería tan ideal si supiera mi nombre, si conociera sus secretos, si compartiéramos algo más que esta silenciosa pasión? Porque una pasión no necesita de los besos ni del calor de dos cuerpos pereciendo tras el abrazo que los aleja. No necesita más que latidos, misterio, y la promesa de que el encuentro puede ser tan real como jamás existir.

03/08/17


jueves, 27 de julio de 2017

Desencuentros extraordinarios


Encontrarte y que me encuentres, es lo que pedí cada vez que una estrella fugaz iluminaba el cielo.  Estabas a mi lado, estabas en otro tiempo, encontrarte y que me encuentres fue siempre mi mayor anhelo. Y no me arrepiento de haberte confundido en otras caras, en otros besos y en otras historias. Estuviste siempre hasta que dejaste de estar, mientras yo me quedé sentado a la espera de que una nueva confusión momentánea incendie mi espíritu y me acompañe al caminar. Inconscientemente siempre supe cuando una historia terminaría en desencuentro. Algunas veces sentí un terror inmenso cuando el tiempo pasaba y todo marchaba bien, pero el día menos pensado -y al mismo tiempo más esperado- ¡zas!. Otro final. Otro desencuentro. Otro dolor.
Porque me doliste en cada historia, en cada nuevo encuentro el destierro se ocultaba tras tu mirada que destellaba paz. A veces tu ojos eran claros, grandes y redondos; otras veces pequeños, chinos y oscuros. Pero siempre eras vos y ese calor que derretía el universo y me dejaba desnudo de mis glorias y de mis bajezas, de mis ganas de abrazarte o de pelearte hasta no dar más. Pero te fuiste. Siempre te fuiste y volviste sin terminar nunca de escapar. Nunca eras la misma, pero siempre eras vos ante mí, ante la devastadora realidad de que todo volvería a suceder. ¿Destino? ¿Castigo? Ni siquiera puedo darte un nombre, mucho menos bautizar a la eternidad que me golpea en el rostro con el vaivén de tu pelo cuando te marchas. Cuando te escapas. Cuando decidís que es tiempo de abrazarnos al abismo y caer hasta reventar. Caer una vez más.
Desencuentros extraordinarios y eternamente repetitivos abundan en mi historia, en la tuya y en la del mundo. Mudo el tiempo avanza y retrocede transformando cada dolor en la antesala de uno mayor y peor organizado. Escapate. Escapate conmigo y ayudame a desenterrar la clave para sortear el abismo. Nuestro abismo. Acepto que ninguna estrella te bajará desde el espacio para mí. Acepto que no puedo vivir tan solo de los besos que en sueños me das. Acepto que aceptar que mi existir no depende pura y exclusivamente de encontrarte una y otra vez cada vez que desapareces, es el primer paso para dejar de lado los desencuentros y, al fin, encontrarme conmigo mismo. 


27\07\17

sábado, 27 de mayo de 2017

Lo que vive a pesar de no estar vivo

Es una escalera, una llave, una linterna. Una espada, un refugio, una bandera.
Reposa a la espera del momento de actuar, pero no es un actor. Hay quienes dicen que está en peligro de extinción, aunque no es ni una planta ni un animal. Y claro, si no está vivo, dirá un amante de la televisión. No come, no camina, pero tanta vida aloja su interior, que si fuera un lugar, sería el universo. Muchos universos alojados en los cuerpos de los miembros de su especie. Si, especie de algo que no come, que no camina, pero que vuela y te lleva a volar. Porque sin ser avión tiene alas que aletean elevando nubes de polvo de conocimiento y de aventura y de misterio y de pasión y de todo aquello capaz de movilizar los sentidos de los vivos y resucitar aquellos de los que se quieren morir. Él no muere, y no porque no esté vivo. No muere porque es atemporal, porque su carne está compuesta por fragmentos de almas que sucumbieron en diversos tiempos y en todos los espacios. No es una piedra ni una daga, pero si lo dejás, de un solo golpe, te abre la cabeza y el corazón.
Hace unos días lo entrevistaron para que dé su opinión acerca de cosas.
_ Señor don Libro, ¿es usted consciente de que hasta lo no vivo puede dejar de vivir? -consultó el reportero, y don Libro respondió:
_ Soy muy consciente de que lo no vivo, al dejar de vivir, vive. Y lo importante es eso, sentirte vivo a pesar de que no te dejen vivir, y de que no crean que estés vivo.

El reportero asintió, cerró el libro y volvió a colocarlo en el estante de la gran biblioteca. Tres años después volvió a tomarlo. Sus hojas estaban más amarillas y olía a humedad. Está más muerto que antes, pensó el reportero, sin reparar en que las historias que dormían en sus páginas estaban más vivas que nunca. 

viernes, 5 de mayo de 2017

Carta a la reina de las lechuzas

Querida reina de las lechuzas:

Hoy estuve desde temprano tarareando ¡maldición, va a ser un día hermoso!. Más tarde, me llamaste y el celular sonó con esa canción. Yo no sabía que la tenía como tono de llamadas. A partir de ahí el día fue extraño. No hubo monstruos ni escobas voladoras, pero algunas cosas brillaron más que de costumbre -brillas y yo me pongo al lado, al menos me brilla el costado, que es más que no brillar- Vos. Me gusta la gente como vos. Porque si, un poco gente sos. Me hiciste pensar, y eso es algo que no mucha gente logra. Hace mucho que no bajaba un cambio y miraba hacia mi alrededor. Descubrí que hay cosas que creía olvidadas que siguen cerca. Descubrí situaciones, personas, y a vos. Ya te había visto varias veces, pero hoy me cayó la ficha. Te vi a vos, a la gente, a las situaciones, a los fantasmas... Y a mí. Ahí en medio estaba yo. Te miraba  a vos, después hacia atrás, hacia el frente y hacia los costados. Me sentí demasiado estúpido. Y solo, como hacía mucho no me sentía. A veces la soledad ocupa demasiado espacio y me ahoga. Me acribilla a preguntas que no quiero responder y me obliga a caer en el martirio de replantearme mi propia existencia de principio a fin. Las preguntas me hieren hasta provocarme un dolor tan intenso que tratando de responder, para de ese modo tratar de mitigar el dolor, no consigo más que hacerme más daño. Solo una vez creí tener todo claro, pero el sol que iluminaba mi espacio se apagó y me dejo ciego. Ciego y mentiroso. Me miento a mí mismo, le miento al mundo, al tiempo y al dolor. Hay algo que adentro mío duele. Que siempre dolió y quizás jamás deje de doler. Me duele estar solo. Miento. Lo que duele es, en realidad, sentirme solo. Y no duele todo el tiempo. A veces la soledad es un escudo que me protege de posibles amenazas externas. Otras veces, y son estas las que podrían resultarte más interesantes, el escudo se convierte en la espada que se me hunde en las entrañas, que en mi interior gira y destruye todo lo que encuentra a su paso. Son esas veces en las que la soledad se convierte en agonía, en porqués, en un espejo que me devuelve lo peor de mí. La secuencia del escudo y de la espada se repite desde que tengo uso de razón. Por eso escribo, por eso leo tanto. Para inventar o sumergirme en otras realidades en la que la gente la pasa tan mal como yo. Jamás me imaginé como el príncipe de alguna historia. Jamás me sentí protagonista de nada. Se me hace imposible imaginarme a mí mismo en el futuro, pero igualmente el tiempo sigue avanzando y estoy de pie. Tan solo como hace un año, tan solo como en la próxima navidad. El suicidio, dicen, dura tan solo un instante. Pero no fue opción ni en la más terrible de las soledades. Creo que la mejor manera de morir seria en una gran tragedia, rodeado de desconocidos. Fantasee varias veces -influenciado por los libros y la televisión con que una especie de apocalipsis azote al mundo y unos pocos elegidos logren sobrevivir. Me veo entre ellos, siendo una especie de líder salvador. Solo en una situación así podría ser protagonista. Pero la vida no es Lost ni The walking dead. El problema no está en una isla del Pacifico ni en las calles de Atlanta. El problema está adentro mío y en la infinidad de dudas que se esconden detrás de mis prolongados silencios. Soy yo el humo negro que me persigue, soy yo quien desde el espejo juega a ser Negan y me amenaza con Lucille. Esta noche llegué al fondo, o más profundo que las demás veces. ¿Puedo caer un poco más? ¿Es esto un pedido de auxilio? ¿Qué voy a pensar mañana acerca de estas revelaciones?
Volviendo a las cosas que brillan, como los focos, las luciérnagas y vos... no me queda mucho más que decir. Cada una de esa cosas/insecto/persona tiene una función. Algunas veces esa función no está a la altura del valor que tiene esa cosa/insecto/persona. Está en la propia naturaleza de la cosa/insecto/persona saber cuando decir basta, cuando exigir lo que le corresponde y no quedarse con migajas. -nunca había escrito la palabra 'migajas'-. La cosa/insecto/persona puede equivocarse. Está en todo su derecho, pero también es su obligación tomar todos los recaudos necesarios para qué, de ser inevitable la caída, esta duela lo menos posible. Si en vez de la caída la cosa/insecto/persona se encuentra con el triunfo, todos a los que nos brilla el costado estaremos ahí para festejar.
Me despido con la esperanza de que estas palabras lleguen a destino, que Juventus gane la Champions, y que ojalá te vea pronto. Con afecto,

                                                                                                                  J.



PD: se supone que cuando alguien escribe una carta, lo hace con un fin específico. Bueno, no es este el caso. Quizás saques alguna cosa en claro, como que tan loco estoy o porqué me gusta asesinar personajes, o porqué a veces te miro como te miro, si es que alguna vez me miraste mientras te estaba mirando. Sos libre Kaela.

PD2: con respecto al porqué me gusta asesinar en la ficción, lo acabo de descubrir. Transferencia. Yo mato porque me mataron, o porque no me siento tan vivo. Y con respecto a eso, tengo una teoría acerca de las actitudes del Dr. Pancho que te expondré prontamente.

PD3-sedesprendedelfinaldelaPD-: el año pasado tu nombre, Kaela, me parecía extraño, y hasta gracioso. Hoy me encanta.


martes, 11 de abril de 2017

Pelos de gato


I

Inevitable placer

mirarte mientras te envuelve el silencio.
Te robaste la paz del mundo
con tan solo existir. 
En mi interior estalla un abismo,
mientras respirás,
y siento que no resisto.
Resucito sin morir cuando tus ojos
me trasportan a donde solo vos estás.
Y yo floto, giro y me desangro 
mientras lentamente desaparezco
cegado por los resplandores abrasadores
que desde tus ojos me apuñalan.
Que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.

II


Inútil ansiedad que me incita a creer

que alguna vez entre tu pelo
mis dedos conoceran la gloria.
Señales luminosas desde tu espalda
me asaltan mutilando mi poca atención.
Todas las letras suenan iguales,
todas las caras me hablan con tu voz.
Que se caiga el techo, 
que me trague tu espalda. 
El tiempo se vuelve una estúpida tortuga
y yo solo pienso en tu cara (¿cama?)

III


No sé porqué, pero siento que debería abrazarte.

Ahora, mañana, desde la eternidad
hasta comprender el porqué del milagro de tu cara. 
De lo que sos, de lo que fuiste,
de la naturaleza de la inanimada mesa que nos separa.
No sé porqué, pero desde ayer que tu nombre me desarma.
Me asesina, me aplasta,
me enamora, me arrastra.
Me hinco ante el desquiciado dios
que se esconde en tu pelo
irradiando magia
encendiendo mi locura
obligandome a mirarte
haciéndome creer que sos todo
lo que nunca soñé,
lo que nunca quisiera perder.

IV


No existo cuando jugás con tu pelo.

Podría contemplarte mil años sin parpadear, 
sin advertir la presencia del mundo, 
haciendo fuerza para convertirme en aire, 
y así rozarte, envolverte y ayudarte a respirar.

VI

Entre pelos de gato y tipografías de plomo,
lo único que queda claro
aprovecho para repetir:
que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.