Ella sabía que la amaba, pero cada vez que podía
desplegaba la bandera de la amistad. Solo para separar los tantos. Ella de a
ratos me besaba, con su boca, sobre mi boca. Pero no quería nada más. A veces
hacíamos tratos, pero su humanidad la obligaba a dejarlos sin efecto. Bajo el
lema de la carne es débil y a vos te quiero lejos, jugaba a ser Dios y a marcar
el camino. Yo la seguía, porque algunas migajas siempre resultan más que
simplemente nada. Hasta que dije basta.
Cuando dije basta, pasé de ser el más tierno enamorado, a
ese idiota que no entiende nada de la vida. Ese que solo busca lo que no puede
tener y se da una y otra vez la cabeza contra la pared. Ese que ella quiere
como amigo, pero que lo tiene ahí, por si en algún momento su existir se torna
aburrido, o la calabaza se transforma en carroza. Ella se enoja porque él se
enoja, siempre es así. Pero ella se enojaba primero cuando yo la quería
demasiado, y se enoja ahora porque necesito alejarme. Ella no se enojaría si
todo en el mundo resultase como ella desea. Ella es como todas.
Ella sabía que la amaba, por eso trataba de romper el
cristal. Y lo rompió, pero no soportó el frío vendaval que se apoderó del
cuarto al dejar sin protección a la ventana. Y me culpa por inseguro, y piensa
que en realidad jamás la quise como dije quererla. Varias veces le advertí que
este momento iba a llegar, pero prefería seguir creyéndose la codiciada Helena.
Le dije que me perdió, pero no es verdad. Los dos perdimos el amor que habitaba
en mi corazón y latía al ritmo de su nombre. A ella le gustaba que sea así de
cursi. A ella le gustaba mucho sentirse así de querida, pero hubiese preferido
que el portador de ese afecto sea cualquier otro menos yo. Prejuicios, creo que
fue la palabra que ella usó. Yo pensé en superficialidad, estupidez, y algunas
palabras así, pero no se lo dije.
Ojalá que esté llorando por mí en este momento. No gano
nada por ello, pero creo que sería bueno para el cierre de esta historia. Hacía
mucho que no pensaba en ella, pero hasta hoy no dejaba de volver. Ya no
soportaba su incomprensión, su necesidad de hacer de cuenta que nada había pasado.
Si no hay amor, que no haya nada entonces. Y no lo digo solo yo, está claro. Se
fue cuestionando mis intenciones, como digna estudiante de la academia
sofiísta.
Se fue golpeando y trabando puertas, rompiendo las luces
y desparramando libros. No existe ninguna posibilidad de que sean suyas las
últimas palabras. Quería dedicarle una última canción, contarle que tengo un
gato al que bauticé Severus y desearle todo el amor del mundo, pero se fue.
El gusto fue mío.
18/11/17
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