lunes, 30 de mayo de 2016

Mi Marciana


Destellos de luz invadieron el cielo nocturno de un existir aburridamente solitario. Me asomé a la ventana y te vi, esperando (¿esperándome?).
Resbalé en la ferocidad de tu mirada y exorcicé a la agonía de un tiempo cegado por un olvido distante, constante y empalagoso. Como una alienígena me mostraste algo desconocido, invisible ante mis ojos, pero que jamás podría haber pasado desapercibido por mi sentir. Me mostraste sin mostrarme nada, que no se trata de volver a empezar, sino de continuar andando escudado por una esperanza atareada por el clima cálido de espacios verdes tan conocidos, tan descriptos en sueños definitivamente inconclusos.
Me abracé a tus anteojos que me pidieron que no te suelte más. Tu nave me convirtió en ave con ansias de vuelo, y mientras te espero desespero por despegar, por perderme en ese desconocido firmamento que anida estrellas que brillan al son de tu risa, de tu saber envolvente que se disfraza de pasión, y aniquila al tiempo como un martillo intergaláctico programado para crear, para crecer. Para ser más de lo que esperé, más de lo que espero. Exactamente lo que necesito.
Se alinean los planetas como los trazos de un pentagrama que quiero abrazar, tatuar en mi brazo y sobre un altar adorar. Te esperé años luz mientras no sabía que existías, mientras otros soles me confundían y me abrasaban sin darme luz. En un día nublado, como un flechazo con tus ojos atravesaste mi espacio, convirtiéndolo en solamente tuyo.
No sé si sos una estrella, mi marciana o una doncella de otro tiempo. De lo que estoy seguro, es de que no me miento, no creo que sea posible un pronto casamiento, pero mientras escribo, no me arrepiento. Lo había perdido, pero tu energía espacial me hizo recuperar el aliento. Esta noche no escribo para olvidar, ni para invitar gente a mi pasado. Como hacía mucho, vuelvo a sentir a mi corazón pesado, repleto de algo que no puedo describir, a punto de implosionar, con la agonía en estado de coma y con los días contados.
Cayó una estrella, y me tocó un deseo...1 Yo no quería. Ni sabía que podría, pero pasó. Me enamoré de un ser espacial. Especial internamente, de frente y a los costados. No importa que no seas de este mundo. Aunque seas un rayo del mismísimo sol, esta noche, sin pensarlo, me abrasaría abrazado entre tus brazos.

12/12/15
 

viernes, 27 de mayo de 2016

Vivir libre o nada

Esparcí tu sonrisa de nube por el camino más largo por el que escapa mi desesperación. Caminé con los ojos en el cielo a la espera de que alguna estrella parpadee en forma de señal. Tu nube era dueña de todo. Encandilaba al cielo con la fuerza de cien soles y desterraba tristezas añejas adormecidas por el fétido aroma de la desesperanza. Encendí un cigarrillo y cerré los ojos. Ahí estabas. Resplandeciente entre resplandores mágicos e irradiantes de vida. Brillabas y enceguecías oscuridades tenebrosas qué, de no ser por tu luz, serían trágicas para mi existir. Siempre me salvaste. Primero vos, después tu sonrisa, y al final tu adiós. No porque quisiera librarme de tu presencia, sino por el presentimiento de que lo peor podría suceder en cualquier momento. Sin consultar oráculos, tan sólo mirándonos a los ojos, apocalípticos finales se podían ante el abismo vislumbrar. Finales tuyos, finales míos, extinción del calor que por varios inviernos supo darnos abrigo, generaron la impetuosa necesidad de patear el tablero, aplastar las piezas que durante algún tiempo favorecieron el juego, y escapar. Escapar a toda velocidad y sin mirar atrás hasta estar muy lejos, hasta hallar una trinchera y desde ahí disparar. Te disparé con mi amor, con mi arrepentimiento. Vos optaste, de vos, sacar lo peor. Tu elección fue buena, me espantaste. Venciste. Me salvaste de nuevo.
Vivir libre o nada, es una virtud que hoy enarbolo encabezando el ejercito que me defiende de miles de miradas que me miran como me mirabas vos. De miles de cuerpos que me acorralan el alma como tan sólo sabías hacerlo vos. Ante las acometidas no me acobardo, me defiendo de mis instintos humanos y de todo lo que me hace recordarte. Incluso de mí mismo. ¿Existe algo en mí que no me haga recordarte? No. Nada. Soy vos, estás en mí. Me toco y te toco. En el espejo te encuentro, con tu voz me hablo. Sos aire, sos tiempo, sos espacio. Soy vos, a mí mismo ante el abismo me acorralo. Pero no sucumbo. Vivir libre o nada es el destino del mundo, del mío, del tuyo, del de los demás. No es una elección, es un designio, un derecho divino que abarca desde los dominios de Zeus hasta los de Jehová. ¿Vale la pena abandonar sin haberse enfrentado a los abismos más profundos del propio existir? ¿Vale la pena olvidarte, y seguir, haciendo de cuenta que no existís?
No vale rendirse. No vale escaparse. Ni siquiera estas palabras valdrían, si no tuvieran la fuerza y el deseo de enfrentarte. De ahogarte adentro mío y entre recuerdos enterrarte. Asesinarte de mi alma, es al mismo tiempo y de alguna manera, otra forma de liberarte. Mi libertad vale tanto como la tuya, y si no se proyectan juntas, es escaso el valor de las dos. Me quedo solamente con el recuerdo de tu sonrisa de nube, adornada con gotas de lagrimas, del último día en el que te vi. Ese abrazo, esa mirada. Ese beso cálido con sabor a libertad. Con sabor a vos. Con sabor a nuevo comienzo.

  30/04/16

Media eternidad


 

Cerré los ojos y me dispuse a dibujarte en mi mente. De tan ausente que estabas, al invocarte, el aire inundaste descaradamente. Mediante trazos finos y distantes, algo parecido a tu boca pude divisar. Sonreía, de esa manera tan tuya que de sólo mirarte ya me hacía brillar. Temblaba, contemplaba el espacio de forma insana, surrealista, imposible. Pero así sucedía. Así, tan mágico era el mundo cuando sonreías.
Fuiste luz, fuiste locura, fuiste ese instante sin tiempo, que bajo las sabanas, conquistaba universos. Sin vueltas, sin versos, fuiste mil estrellas en una, que de tanto brillar me dejaron ciego. Aprendí a sentir, a verte a vos y a verme a mí sin necesidad de espejos; me invadiste, trastornaste mi paso por este mundo. ¿Es preciso agradecerte? Gracias. Gracias sol, gracias aire, gracias vida, por vivir y acompañarme. Gracias por amarme, gracias por herirme, gracias por liberarme. Gracias por desconfiar y por no engañarme. Si la tierra no quiso girar más, fue quizás porque necesitaba otro sol. Porque a veces, tanto calor enferma. Te agrieta la piel, te obliga a estornudar sin importar que estés solo o en una primera cita. A veces el sol te excita, o brilla tanto, que te apaga. Te eclipsa a la luna que tanto te inspira, matando millares de canciones, y tantas o más poesías.
Sin mover mis manos, dibujé muy adentro tus mejillas. Tu pelo, tu cuerpo entero mientras te movías. Así el dibujo se convirtió en una película, y tu voz jadeante se apoderó de la acción. Te movés como en sueños de noches perdidas que ya no puedo alcanzar. Noches que dormido disfruto, pero que como dagas en los ojos se me clavan al despertar. Y no hay consuelo, no hay osadía que derrita la distancia que hoy nos aparta. Ni siquiera Ulises, con sus mejores ardides, podría engañar al tiempo, al inconsciente e impenetrable tiempo, que deshoja florecientes eternidades que jamás llegarán a madurar. Y de tanto dolor, casi no puedo mirarte. De a poco sos una sombra que entre penumbras se mueve y me envuelve en el pernicioso deseo de viajar en el tiempo y volver a equivocarme. En la cama, en la cocina, en el techo, en el sillón, en la arena, en el parque. Equivocarme una y mil veces más mientras volamos al cielo, mientras se hunden mitos y tragedias que, cuando se ama, no son tan reales, ni tan importantes, como sí lo es el simple hecho de elevarse. De cerrar los ojos, y enredados asirnos a la creencia de que ese instante puede ser eterno. Confiar en que la coalición de nuestros cuerpos, culmina mucho más allá de nuestras propias y ajenas existencias. Que no sólo nuestros brazos y nuestras almas se aferran, sino que un concepto mayor al del propio existir, naufraga sin tiempo, contra el viento, exigiéndole a la eternidad mantener viva la osadía de no dejar de ser, de no dejar de fluir, de no dejar de coexistir, aceptando y aprendiendo a convivir con la realidad de que dentro de mi pecho, y en las paredes de mi mente, tu nombre siga siendo más fuerte que mi capacidad de razonar, que mi necesidad de latir. Que cuando menos te pienso, más te necesito; que cuando más te necesito, te busco, y siempre te encuentro entre los escombros de la eternidad que dejamos a la mitad.

23/05/16           

Más débiles que el papel


Sigue pasando el tiempo. Días, meses y semanas bailotean frente a mí, mientras de a poco los asesino intentando olvidar. Olvidarlos, olvidarte, seguir. Es como si el universo prefiriera que seas durante toda mi vida un recuerdo tibio y constante, que me hace pensar y repensar cada paso dado y por dar.
Libros, muchos libros que cuentan muchas cosas. A pesar de ello, la mejor historia está escrita con tu letra. Como mensajes dentro de botellas, cuando menos los espero aparecen. Sin quererlo, vuelvo a abrir libros casi olvidados que se amontonan en mi biblioteca esperando que algún día alguien se digne a volver a leerlos. Los observo, los tomo entre mis manos, y al abrirlos, apareces. Volvés en forma de recordatorios de aniversarios, sonrisas dibujadas y te amos de tiempos mejores que, sobre el papel, sobrevivieron a todos las tempestades que nos sacudieron y nos alejaron. ¿Somos más débiles que el papel?
Fuimos sueños, que ya no soñamos pero que sobre papel dejamos grabados. Nos acostumbramos a gritar, además de con nuestra piel y con nuestras almas, con tintas de colores que cada día, ante cada nuevo hallazgo, me demuestran que ahí están, y que quizás sigan estando más allá de vos y de mí. Varias veces pensé en tomar una hora de mi tiempo, revisar uno a uno los libros y deshacerme de lo único que hoy me queda de vos. Pero no puedo. No tengo fuerza -¿no tengo ganas?-. Prefiero dejarlos ahí, y que vayan apareciendo, o extinguiéndose según sea su destino, tal y como pasó con nosotros.

03/03/16

lunes, 23 de mayo de 2016

La sonrisa dormida de Belén


Tu nombre resurge en medio del destierro sensitivo que me agobia en una noche tan igual a las demás. Claramente, la calma se ausentará dando espacio al tan conocido desvelo. La sonrisa dormida de Belén me palmea la espalda haciéndome saber que no me va a dejar solo. Le agradezco con un pensamiento, que se pierde entre sus cabellos rubios y se ciega ante la majestuosidad de sus ojos verdes. En su compañía, no es tan difícil soportar otra recaída. Al contrario, agradezco a tu ausencia por hacérmela recordar.
Belén no vuela por el espacio, pero me eleva en una nube de promesas que quien sabe si alguien algún día se atreverá a cumplir. Al fin, sobre perdido, los supuestos no molestan tanto. Intercedo entre vos, ella y yo, y me elijo a mí. Costó, sobre todo por su hermoso existir, pero supongo que así debe ser, al menos por ahora. La calamitosa noche merodea la atmósfera envilecida por el humo y los recuerdos que se abarrotan en las paredes en busca de oxigeno, en busca de ese milímetro de debilidad que me obligue a escampar y a llorar hasta volver a reír. Andáte, dejame conmigo –y con ella-, vaciáme el alma de vicios y asesiná al peso muerto de tu cuerpo que por las madrugadas me abraza y me asfixia hasta obligarme a soñarte. Sí, fuiste todo, pero viajaste y te perdiste en una existencia vacía de vos que me suprimió de forma momentánea muchas funciones vitales que me acarrearon hasta la necesidad de odiarte. ¿Por qué hacer de cuenta que no existís, si odiarte también es un sentimiento tan grande como el amor que me hiciste sentir? Después de pensarlo y pensarlo, quizás tanto no te amé, por eso hoy eso de odiarte no prospera. ¿Qué pasaría si te encuentro algún día caminando por la misma vereda? Casi a diario me asalta esa duda, y como respuestas solamente hallo bruma, capaz de conducir hacia la locura hasta al más cuerdo ser. Conmigo no puede, jamás estuve tan sano.

Dos anillos se ocultan en algún lugar de mi habitación. Yo sé que desde ahí me miran, a veces hasta me susurran con tu voz. Los oigo, pero no puedo responder. No debo responder. ¿Por qué me hablan hoy, y no cuando rodeaban mi dedo? ¿Por qué no fueron capaces de advertir sobre alguna situación? El que lleva tu nombre, es el que me hace más daño. Varias veces intenté arrojarlos al lago, pero mi mano –nuestra historia- no los quiso soltar. Volví sobre mis pasos como un idiota, en mi mente gritando tu nombre, con tu sonrisa mezclándose con mil más. La de Belén estaba a un costado, observando y dándome luz. Esa sonrisa me salvó, como una vez lo hizo la tuya. Es por eso que no me animo a hacerla mía. Es por eso que tan sólo la miro de reojo, cuando creo que ya no me mira. ¿Será tan sólo un espejismo? ¿Será alguna parte de vos que todavía no olvido, y que no me atrevo ni a tomar ni a dejar ir?  Me gusta mucho su nombre. Será lo que deba ser. Como siempre.
20/06/16