Llegaste siendo luz, deslizándote por el aire sobre una alfombra
mágica. Ante tu mirada se detuvo el tiempo y, sin necesidad de haber
perecido, me obligaste a renacer. Por vos, en vos. Para vos.
Cambiaste con tu risa el rumbo de unos pasos que se perdían, que no
entendían, que no aceptaban que era necesaria la elección de un
camino. Desordené átomos tuyos1,
mientras vos acomodaste mi destino sobre un surco delimitado
ancestralmente por la estrella que aquel febrero vomitó nuestros
nombres. Nos expulsó desde el espacio y nos puso a andar de la mano.
Creo que debí de apretarte más fuerte, o más suave, o simplemente
ignorar tan, desde el inicio, desdichado designio.
Fuiste la reina, que descayó a princesa, para luego extinguirse y no
ser más que un nombre con voz y rostro que ya casi olvidé. El
tiempo te convirtió en polvo que el viento desparramó. Las arañas,
en molde para su arte, convirtieron tu trono; el diablo, a tu risa,
convirtió en protagonista de mis peores pesadillas. No me quedaron
más que heridas de aquel pobre reinado que, desde las sombras, o
desde el costado más frío del lecho, a carcajadas se ríe de mí.
Tanto amor, extendido en exceso sobre un tiempo obligado, se
convirtió en todo lo que jamás quise ser, en lo que jamás hubiera
querido mostrarte. Fuiste menos de lo que sentí. Te amé tanto que
me intoxiqué de vos. Me creí vos, y no me aguanté más.
Hoy las canciones ya no te nombran, ni las musas me hablan con tu
voz. Hoy lo poco de tu existir que llega a mi espacio rebalsa tanta
hipocresía que me descompone e indigna. Me hace pensar y
replantearme infinidad de cuestiones. ¿Quién sos? ¿Lo que eras o
lo aparentas hoy? ¿Te perdiste o finalmente aprendiste a jugar el
juego? Des-afortunadamente no hay manera de obtener respuestas
concretas. Algo me dice que ni siquiera vos sos poseedora de
semejantes verdades. Pero algo, muy en el fondo, me dice que
perdiste. Que por comodidad te dejaste vencer. Decidiste traicionarte
a vos misma, con tal de que nadie vuelva a hacerlo. ¿Vale tanto una
nueva vida como para que la tuya se deje pisotear? Te llenas de
polvo, como ese que cubriste con tierra y le regalaste al viento.
Ojalá me fuera tan fácil reemplazar como lo fue para vos.
Te fuiste al descenso en la lista de personas que tenían mi respeto.
Es increíble ver como a algunos se nos va la vida, mientras que
otros la regalan a cambio de no sentirse tan solos. Porque estás muy
sola, aunque te mientas y te dejes engañar. Le estás cambiando los
pañales a una nueva tragedia. ¿Te das cuenta que todo está
volviendo a suceder? Cuando se acaben los envoltorios de burbujas,
algo más van a tener que reventar. ¿Y quien va a estar ahí para
recibir los golpes? Cenicienta. La chica de los mandados. La Reina
que se convirtió en sombra.
03-08-16
1
Puente – Gustavo Cerati

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