Tu nombre resurge
en medio del destierro sensitivo que me agobia en una noche tan igual a las
demás. Claramente, la calma se ausentará dando espacio al tan conocido desvelo.
La sonrisa dormida de Belén me palmea la espalda haciéndome saber que no me va
a dejar solo. Le agradezco con un pensamiento, que se pierde entre sus cabellos
rubios y se ciega ante la majestuosidad de sus ojos verdes. En su compañía, no
es tan difícil soportar otra recaída. Al contrario, agradezco a tu ausencia por
hacérmela recordar.
Belén no vuela por
el espacio, pero me eleva en una nube de promesas que quien sabe si alguien
algún día se atreverá a cumplir. Al fin, sobre perdido, los supuestos no
molestan tanto. Intercedo entre vos, ella y yo, y me elijo a mí. Costó, sobre
todo por su hermoso existir, pero supongo que así debe ser, al menos por ahora.
La calamitosa noche merodea la atmósfera envilecida por el humo y los recuerdos
que se abarrotan en las paredes en busca de oxigeno, en busca de ese milímetro
de debilidad que me obligue a escampar y a llorar hasta volver a reír. Andáte,
dejame conmigo –y con ella-, vaciáme el alma de vicios y asesiná al peso muerto
de tu cuerpo que por las madrugadas me abraza y me asfixia hasta obligarme a
soñarte. Sí, fuiste todo, pero viajaste y te perdiste en una existencia vacía
de vos que me suprimió de forma momentánea muchas funciones vitales que me
acarrearon hasta la necesidad de odiarte. ¿Por qué hacer de cuenta que no
existís, si odiarte también es un sentimiento tan grande como el amor que me
hiciste sentir? Después de pensarlo y pensarlo, quizás tanto no te amé, por eso
hoy eso de odiarte no prospera. ¿Qué pasaría si te encuentro algún día
caminando por la misma vereda? Casi a diario me asalta esa duda, y como
respuestas solamente hallo bruma, capaz de conducir hacia la locura hasta al
más cuerdo ser. Conmigo no puede, jamás estuve tan sano.
Dos anillos se
ocultan en algún lugar de mi habitación. Yo sé que desde ahí me miran, a veces
hasta me susurran con tu voz. Los oigo, pero no puedo responder. No debo
responder. ¿Por qué me hablan hoy, y no cuando rodeaban mi dedo? ¿Por qué no
fueron capaces de advertir sobre alguna situación? El que lleva tu nombre, es
el que me hace más daño. Varias veces intenté arrojarlos al lago, pero mi mano
–nuestra historia- no los quiso soltar. Volví sobre mis pasos como un idiota,
en mi mente gritando tu nombre, con tu sonrisa mezclándose con mil más. La de
Belén estaba a un costado, observando y dándome luz. Esa sonrisa me salvó, como
una vez lo hizo la tuya. Es por eso que no me animo a hacerla mía. Es por eso
que tan sólo la miro de reojo, cuando creo que ya no me mira. ¿Será tan sólo un
espejismo? ¿Será alguna parte de vos que todavía no olvido, y que no me atrevo
ni a tomar ni a dejar ir? Me gusta mucho
su nombre. Será lo que deba ser. Como siempre.
20/06/16
20/06/16

No hay comentarios.:
Publicar un comentario