martes, 7 de marzo de 2023

AMOR PARA LLEVAR


 


El mar estaba en calma, pero su alma no. Un revoltijo de emociones huracanadas la incendiaban desde adentro, haciéndola temblar, como si de una escena invernal se tratara. Sentía sus ojos fijos y poderosos en el costado izquierdo del rostro. Desde hacía varios minutos, no sin esfuerzo, había logrado liberarse de su mano. En realidad, quería abrazarlo y no soltarlo jamás. Deseaba con todo su ser que las lágrimas que, como lava volcánica le recorrían las mejillas, no fuesen más que de felicidad. Pero era imposible. Esas lágrimas marcaban el desenlace de una historia. De una que había surgido sin esperarse, sin buscarse, y que del mismo modo estaba llegando al final. Era consciente de que el dolor que sentía era demasiado extremo. Qué no era normal sentir tanto por algo que había comenzado apenas quince días antes. No era el tiempo, sino la intensidad lo que engrandecía hasta el más pequeño recuerdo. Pero se estaba acabando, y por más que él dijera lo contrario, ella sabía que era el final. Lo sentía el corazón, en el cuerpo y trató de expresarlo con su voz.

─¿Para qué te tuve que cruzar, si pronto un recuerdo ibas a ser? Yo sabía que no eras para siempre Yo sé que nada es para siempre, no soy tonta. Pero es tan tonto tener que decir adiós cuando se quiere tanto…

─Y el hecho de saber que la cosa tiene fecha de vencimiento, no hace que duela menos. Es una cagada ─agregó él.

El silencio volvió a invadirlos. A lo lejos, sobre el agua, una bandada de gaviotas volaba en círculos. Al parecer, era hora de la cena. Ella tenía el estómago cerrado por un nudo que de a momentos le dificultaba el acto de respirar. Él, igual de resignado, rezaba para que la situación acabase cuanto antes. Simplemente debía ponerse de pie y marcharse, pero sentía que jamás podría lograrlo. Le parecía increíble como un acto tan simple podía volverse inalcanzable en ciertas circunstancias.

Todo había comenzado sin grandes expectativas. Esa noche tenía franco, pero la chica que lo reemplazaba estaba enferma, por lo que tuvo que tomar su lugar. No le molestó, ya que, al igual que en las noches de los últimos meses, en esa tampoco tenía planes. Llegó al local a las siete de la tarde y ya tenía una docena de pedidos casi listos para repartir. Revisó las direcciones, comprobó los horarios y armó la primera ruta de entregas. Solo en esa primera salida, recorrería la ciudad entera. Le encantaba trabajar durante la temporada de verano. Y no solo por las propinas de los turistas, las cuales, sumadas, eran mucho más jugosas que su sueldo. El clima, las calles llenas de gente paseando y disfrutando, le generaban una sensación de paz y alegría. Pero la primera entrega de esa noche desestabilizaría su vida entera.

Abril llegó a Pinamar con el corazón destrozado. Tres días antes del viaje, quien en ese momento era su novio, le dijo que lo mejor sería que cada uno se tome un par de semanas para pensar. Ella era consciente que nada bueno salía de esas cosas, por lo que, en el momento en que aceptó el acuerdo, se declaró en estado de soltería. Habían sido tres años de idas y vueltas, de cosas buenas y cosas olvidables. Le costaba mucho soltar, por más que todos los indicadores dijeran que eso era lo mejor. Decidió intentar disfrutar sola de la cabaña que habían alquilado, sin pensar en absolutamente nada de lo que dejaba atrás. Ella no necesitaba pensar, ni acomodar ideas o sentimientos. Necesitaba avanzar, por más complicado que eso resultase.

Se instaló a metros de la playa, en un lugar tranquilo que parecía haber sido extraído de una novela de Julio Verne. A unos trecientos metros estaban construyendo un faro, por lo que de inmediato decidió que el año siguiente volvería al mismo sitio para poder disfrutarlo. Eso, obviamente, lo pensó antes de tener que decirle adiós a Marcos. La primera vez que lo vio supo que no era un repartidor más. Su forma de mirarla, todo lo que decía sin la voz, simplemente estando de pie sosteniendo una caja de pizza. Cuando él llamó a su puerta, ella estaba en la ducha, por lo que tuvo que esperarla unos cinco minutos. Cuando le abrió y sus miradas se cruzaron por primera vez, él decidió que tantos años como delivery habían cobrado sentido al toparse con esa morocha de ojos azules con el pelo mojado, ataviada con un short de jean negro y una musculosa de la selección femenina de hockey sobre césped.

Pareció guionado: ella abrió la puerta, e inmediatamente el cielo comenzó a caerse a pedazos. Las enormes nubes azules, que hasta minutos antes adornaban el firmamento, estallaron dando lugar a una tempestad tremenda. Truenos, relámpagos, incontenibles ráfagas de viento y lluvia como baldes, empujaron a Marcos hacia el interior de la cabaña, luego de la cordial invitación de la inquilina. Recién dos meses después Abril logró interpretar la tempestad como mal presagio. Los dos se quedaron de pie frente a la ventana contemplando la tormenta. Abril jamás había visto un mar tan hermoso. El vendaval le daba una majestuosidad poderosa e inexplicable. Era como si Zeus y Poseidón se hubiesen trenzado en una lucha a muerte. Todo fue contemplación hasta que vieron como la moto de Marcos fue envuelta por una tremenda ráfaga de viento haciéndola volar varios metros, desparramando todo el contenido de la caja. Casi una docena de pedidos se esparcieron por el frente, dejando sin cenar a varias familias. Ninguno dijo una palabra. Abril se dirigió hacia la cocina, haciéndole una señal al chico para que la siga. Cenaron en silencio, iluminados por una lámpara de gas. Cuando solamente quedaban dos porciones en la caja, algo inmenso ya los unía. La tempestad, la noche, la soledad, lo que sea, ya los había atrapado.   

Pasaron varias noches en las que se vieron bajo el marco de la puerta. Conversaciones fugases y triviales, que decían mucho menos que sus miradas incendiadas. Abril no pensaba en su ex, Marcos no pensaba en su novia. A la quinta noche, ya muy tarde, ella le preguntó a qué hora terminaba su turno. Él le confirmó lo que ya sospechaba: luego de entregar su pedido, quedaba libre. Cenaron juntos, ella le contó sobre su reciente separación, él sobre la relación que había comenzado tres meses atrás. Vieron el amanecer en la playa, tomados de la mano. Conscientes de que eso que había nacido durante la tormenta los acompañaría, de una manera u otra, para siempre.

Las noches siguientes ella no pidió comida, pero él siguió yendo a visitarla al finalizar su turno. Ella lo recibía ansiosa, como Penélope a Ulises luego de su odisea. Se abrazaban, se besaban, hacían el amor hasta caer extenuados. Al amanecer, cada uno volvía a su vida. Él, a los brazos de su novia. Ella, a la contemplación silenciosa del presente que la agobiaba. Sus mañanas no existían, sus tardes se hacían interminables. Fantasmas pasados y futuros danzaban ensombreciendo la atmosfera del verano. Como un recluso, en su mente tachaba los días que faltaban para volver a la realidad. Realidad totalmente incierta, pero corrupta y, según presentía, abismal.

Los demás encuentros no mostraron nada totalmente destacable. Juntos hallaron una rutina en la que se sentían muy a gusto, como si esa hubiese sido su vida desde siempre. Ninguno sabía demasiado sobre el otro. Ninguno tenía expectativas, más que la de vivir cada momento como si fuese el último. A pesar de esta preparación, la última noche se sintió como un castigo. Sobre todo, para Abril.

La suave brisa que soplaba desde el mar acariciaba su piel como lo haría una daga recién afilada. Le quemaba, le hacía sangrar por dentro. De a poco, el nudo que le aprisionaba el pecho comenzó a distenderse, permitiendo pasar el aire con más facilidad y enviando una reconfortante bocanada de aire a sus pensamientos.

─Sí, es una cagada. Pero me hizo muy feliz conocerte. Te juro, te quiero solo a vos. Al menos hasta esta noche. Y sé que, si te pido que te vengas conmigo, lo más probable es que dejes todo y me sigas ─él la miró sorprendido─ No lo habías pensado, pero ahora que lo escuchas, sabes que es así. Pero no tenés que decirme nada, jamás te pediría algo así. Nunca te pedí nada, y no voy a empezar a hacerlo hoy, con el final decretado.

Abril lo besó dulcemente en los labios, se puso de pie y lo contempló sonriente, por última vez.

─Ahora sé que lo único que quería era un poco de felicidad. Quizás un día nos volvamos a encontrar. O no. Mientras tanto, te pido algo más. En una caja, amor para llevar. La propina es buena, como siempre.

Se contemplaron durante varios segundos, sonrientes. Ella estiró sus brazos y lo ayudó a levantarse. Abrazados, caminaron hasta la cabaña, pretendiendo que esos pasos fuesen eternos. Esa eternidad acabó en la cama, en donde fue más que amor lo que juntos embalaron. Abril lo supo cuarenta días después, con el test de embarazo entre las manos, un mar de lágrimas desbordando como cataratas desde los ojos y un terrible temporal en el pecho, incluso mucho peor que el de la noche en la que se conocieron. Él jamás volvió a saber de ella ni, mucho menos, del contenido de la última caja.

sábado, 7 de agosto de 2021

La pereza de los días soleados

 

Qué pereza con los días de sol. El sonido de los pájaros, la tibieza del sol… conspiración fatal que atenta contra el cotidiano desgano de una existencia sobrepasada. Y te das cuenta de que tu existir sobrepasó cuando no te faltan ganas de hacer ciertas cosas, pero igualmente te quedas sentado frente una pared esperando que llegue la hora de ir a dormir. Podría dormir ahora, o la mayor parte del día, pero los convencionalismos sociales indican que hacerlo a ciertas horas está bien, que es necesario. Pero que hacerlo fuera de lo establecido y en gran cantidad, es alarma de que algo malo sucede. Nadie mejor que uno mismo conoce sus propias alarmas. El problema está en cuando las dejamos sonar, las detenemos por un tiempo y seguimos en la que estábamos. Como esa alarma que suena a las siete de la mañana, una y otra vez, cada diez minutos, hasta el mediodía.

Los gatos trepan por el tejado, persiguen insectos, le maúllan a ese no sé qué que solo ellos ven. Cada uno le maúlla lo que tiene ganas, persigue y es perseguido por sus fantasmas y por sus anhelos. En silencio frente a la pared blanca ambos grupos se multiplican como un enjambre. Y de a ratos dan ganas de salir, aunque sea a caminar hasta la esquina más próxima y sentirse parte de la civilización. Pero la pereza de los días soleados conspira para solo llegar hasta la heladera y beber de a un sorbo de agua fría. De ahí al patio. Los árboles se mueven, el lavarropas contamina todo con su sonido infernal. Las ventanas de los edificios son ventanas a vidas inalcanzables y que tienen muy poca importancia. Imagino como me veré desde allá arriba, a través de los ojos de gente tan aburrida como yo. Bebo dos sorbos de café cargado y suspiro. El tiempo parece ir cada vez más lento cuando me enfrento a la hoja en blanco.

Dos días atrás me sentía diferente. Llegué a casa y lo primero que comenté fue que viajé al pasado, de nuevo. Esa misma noche miré la película “La máquina del tiempo”, basada en el libro de H. G. Wells. En ella el protagonista decide encerrarse durante cuatro años en su laboratorio a crear una máquina que lo ayude salvar la vida de su amada. Crea la máquina, la salva en un primer momento, pero después el universo sigue su curso. Mi viaje en el tiempo fue menos complicado, pero con exactamente el mismo resultado: el universo sabe por qué hace las cosas. Porqué arregla, porqué destruye, porque acomoda. Porque ni siquiera se inmuta ante los deseos de los enamorados, de los que creen que moviendo dos piezas en el tablero podrán salirse con la suya. Hace demasiado tiempo decidí no enfrentarlo y dejarlo ser. Ser en el tiempo, ser con el tiempo, simplemente ser.

Pero es en las tardes soleadas cuando todo tambalea, cuando pequeños monstruos asoman a la superficie con su guion de innecesarias preguntas. ¿Qué buscan? ¿Por qué se toman a modo tan personal las cuestiones humanas? Sí, viajé un toque al pasado, pero volví. Lo que encontré fue exactamente lo que me esperaba. Frialdad vestida de cordialidad. Silencios incomodos evacuados con frases poco interesantes. Y a pesar de ello, viajar está bueno. A ese pasado, a ese café, junto a ese otro ser tan perturbado como yo. Volvería, obviamente volvería una y otra vez sin esa mochila que inconscientemente me obligué a cargar cuando ese pasado era el presente más cercano y más sentido que tenía. Sé mucho sobre mochilas innecesarias que terminan desinflándose como si todo el peso que cargaban no fuese más que aire. Ahí la mochila se convierte en una manta que me recuerda que no tengo el corazón tan frío como creía tener, pero que tampoco es tan cálido como para dejarse proteger. El amor a veces es darse cuenta de que todo en este bendito universo tiene un porqué. Lo que nos duele, lo que nos disgusta, lo que nos ubica nuevamente en el camino a través de un empujón y varias lunas de silencios.

Qué pereza con los días de sol, con los gatos, con los viajes en el tiempo. Qué pereza con eso de extrañar.   


jueves, 21 de enero de 2021

Desperté y ahí estabas

 


Desperté y ahí estabas. Distante, diferente, dormida. Me alucinó ver tanta calma en tu rostro, cuando adentro mío decenas de tempestades bailaban una descontrolada melodía que una y otra vez repetía tu nombre. El real, el verdadero, el único. Ese que no esperaba, pero que sin pretenderlo lo atesoro junto a varias pertenencias de mediano valor. Y sí, vos dormís mientras yo avanzo ciego pero feliz hacia el precipicio. Ciego, feliz, con probabilidad de sensaciones de vacío hacia el fin de semana. Lo bueno dura poco, dicen. Pero ¿qué tan malo podría ser si durara más? ¿A que me refiero precisamente? ¿Qué es lo que podría durar más sin ser tan malo? Es muy difícil que una película sea buena si dura más de tres horas. Y mucho menos si se divide en varias partes que no tienen mucho que ver una con otra.

La mayoría de las veces no sé bien por qué hago lo que hago. Me gusta creer que son impulsos, pero no es del todo así. ¿Por qué estamos acá? ¿Quién arrastró a quién? Por mí quedáte a vivir. O a morir, dependiendo desde que punto de vista lo veas. No es necesario que seas del todo vos, podés elegir ser quien quieras, al fin y al cabo yo tampoco me conozco demasiado.

Desperté y ahí estabas. ¿Estabas realmente? Sí, y lo más extraño es que todavía estás. Vuelvo a la habitación y seguís ahí. Acostada, sin esfumarte como suelen hacer esos efímeros instantes de felicidad. Parece un castigo el caer una y otra vez en ese dilema de pretender averiguar cuánto cuesta la felicidad. En valor monetario es cuestión de llegar a un acuerdo, pero cuando se trata de deseo, es bastante más complicado. Es increíble como la misma situación, al final de cuentas, termina siendo tan barata y cara al mismo tempo. Que estés acá, sabiendo que te vas a ir, es un negocio que, además de no cerrarme, incomoda, molesta y duele. Pero es un dolor diferente. Es de esa clase de padecimientos a los que uno se acostumbra. Por momentos quisiera arrancarlo y mirar hacia otro lado, pero en cualquier otro lado estás, sin estarlo del todo, obviamente. Y eso es mucho más de lo que me atrevería a pedirte. ¿Hasta cuándo podría soportar tenerte y sentirte tan cerca? ¿Hasta cuándo podré aguantar el no volver a necesitarte, si teniéndote a dos metros, siento que lo mejor que podría pasarme sería que no salgas de esa cama jamás?


                                                                                                                               06/01/21

 

sábado, 2 de enero de 2021

Dame un nombre


Acá pensaba escribir una descripción física, pero no me sale. Al mencionar cada parte el adjetivo “perfecto” se repetiría una y otra vez. Por eso mejor comenzaré por el principio, para darle tiempo a mi imaginación pensar algo y no ser tan redundante.

Me cuesta mucho elegir. Qué mirar en Netflix, qué libro leer, a quien decirle que sí. En esta última decisión estaba cuando el azar, el destino, o lo que sea, nos puso en el mismo camino. Una de las opciones me dijo que no, pero que había una posibilidad. Aposté todo lo que tenía a esa posibilidad. Y dije que sí.

Mientras esperaba me puse a pensar en que hacía demasiado tiempo que no tenía una cita a ciegas. La última salió muy mal, y después de esa ya no volví a interesarme en esa clase de actividad. Esa última fue ese tipo de citas en los que “la onda” es inexistente. En donde cada minuto es un suplicio y ninguno de los involucrados tiene el valor o la fuerza suficiente como para decir “hasta acá llegamos”. Y el final llega sin ser planeado, cuando ninguno se lo espera. Y nos salva.

Ahora que lo pienso, eso de arrancar con una descripción física me parece algo patético. Todo lo que siento desde el primer momento en el que la vi va mucho más allá de lo que mis estúpidos ojos pudieron apreciar. Así que me alegro de no haberlo podido lograr.

Todas las cosas buenas en mi vida, hasta hoy, llegaron tarde. Ella no podía ser la excepción. A pesar de la frialdad del comienzo y de lo rápido que se quitó la ropa, lo que siguió fue como acariciar el cielo. Saludo frío, un par de comentarios acerca de que no encontraba mi domicilio. Negociación y a la cama. Se me hace imposible no invocar la esplendorosidad de su cuerpo al recordarla de pie, junto a la cama, mientras se quitaba la ropa. Mientras lo hacía me dio un par de besos apurados, seguramente para cumplir con el guion tantas veces practicado. Le acaricié la espalda, le rodee la cintura. Casi que la rodeaba entera solo con mis manos. Sus formas llenaban la habitación, la ciudad y el universo. Era tan mágica y estaba tan cerca que llegué a temer verla esfumarse en el aire, como tantas veces me pasó en sueños. Como tantas veces sucede en la realidad.

Quince días después lo único que recuerdo es el hermoso revoltijo de su pelo, algo del movimiento de sus caderas, y un poco del roce de su espalda contra mi pecho. Pero solo eso. Pasaron corrientes, vendavales, grandes insignificancias que en este instante recuerdo con mayor majestuosidad. ¿Será solamente un problema mío o de todos los que la conocen? ¿Será que la vaciedad de ese mágico momento es tóxica para el recuerdo a través del paso del tiempo? “Dame un nombre”, le supliqué. “Soy vale”, respondió entre risas. Al menos el nombre le queda bien.

 

10/11/20

domingo, 20 de septiembre de 2020

Jamases

 

A veces me sorprendo olvidando que jamás volveré a verte. Son instantes, olores, melodías. Pequeñas agonías que me sacuden y se extienden durante horas. Me costó asimilar tu partida, pero desde el instante en el que lo hice no hay día en el que no aparezcas. No pude decirte adiós, no me diste la oportunidad de mirarte a los ojos y decirte que no importaba ni el tiempo, ni la distancia, ni las circunstancias, que a pesar de todo siempre estaría para vos. Con un beso, un abrazo, dos oídos. Algo me late en el pecho con mucha más violencia que el corazón. Palabras no dichas, que durante noches como estas amenazan con estallar y desestabilizar la poca estabilidad que me sostiene. Y ese “jamás volveré a verte” me aturde y me asesina. Me quita el aire, me atormenta. Jamás volveré a verte, a mirarte, a leerte.  ¿Cómo es posible que no pueda volver a leerte, cuando todo lo que escribo es para vos? A veces te necesito mucho. Y me pongo a pensar en miles de cosas que pasaron y que no pasarán jamás. Jamás, jamás, jamás. La vida está llena de jamases, por más que pretendamos mirar hacia adelante. Y adelante te deseo, te necesito. Y atrás te extraño, te añoro, te necesito. Nos necesito como aquellas tardes en las que llegabas tarde, en las que pasado y futuro se fundían en un presente que nos encandilaba sin permitirnos pensar en nada más.

Son instantes, olores, melodías. Sos vos, que seguís acá, que nunca terminás de irte. Soy yo, que sigo acá, y que nunca te voy a olvidar.

jueves, 18 de octubre de 2018

La Maga se volvió inmortal


Estamos acostumbrados a las malas noticias, desafortunadamente. Los medios de comunicación muestran a diario como el mundo se cae a pedazos. Nos hacemos daño de todas las maneras posibles. Hay personas que asesinan a otras, eso no es nuevo. Algo cambia y hace demasiado ruido el día en el que lees que la víctima de un femicidio es esa chica a la que tantas veces le dijiste te amo.  
Ella era diferente. Y no en el sentido ese que cuando las personas fallecen son idealizadas por los vivos. Si lees entradas anteriores en este blog vas a encontrarte con ella. Maga. Hermione. Poli. Mi tonta niña cursi. Me hacía tan bien que era difícil de creer que sea solamente una persona. Por eso le di tantos nombres. Casi siempre era Maga (la Maga), porque así lo decía su documento y porque era escalofriantemente parecida a la de Cortázar. Pero a veces era Hermione, esa chica rara que se prendía en todos mis delirios. Poli por su profesión, esa por la que tanto se esforzó. Tonta niña cursi, cuando batallaba con su corazón y sufría al tener que aceptar que me quería. Y no lo aceptaba a viva voz, sino que lo demostraba en esos abrazos y besos interminables, en esas miradas profundas y brillantes que llenaban el aire de magia. Era diferente, no hay duda.
Y como todo lo que empieza, con el tiempo se vuelve raro. Ella era la pasional, yo el que pensaba y analizaba. Contradictoriamente, yo moría de amor por ella, mientras ella prefería ser paciente. No estaba claro si amábamos y pensábamos con el corazón o con la mente, pero así andábamos. Helados y papas, besos y cine. Harry Potter y Los Simpsons. Después de varios meses de silencio y del trágico desenlace que la tuvo como protagonista, entiendo varias cosas, pero al mismo tiempo surgen en mí infinidad de dudas. Entiendo porqué se alejó definitivamente de mí, pero me cuesta reconocerla tomando esa decisión para adentrarse en ese infierno que la extinguió. Maga reía y brillaba, daban ganas de abrazarla y de decirle que todo iba a estar bien. En sus ojos y en sus gestos había una electricidad que encendía todo. Lo encendía y lo volvía más lindo. Yo me sentía y me creía mejor estando a su lado. Transmitía demasiada felicidad. Por eso no entiendo.
La Maga (la mía, no la de Cortázar) se volvió inmortal hace un mes y dos días. Yo me enteré hace dos horas. Con ella se fue su mamá, con quien seguirá discutiendo a donde sea que siga la vida, mientras cuidan y le dan amor al ángel que se llevó en el vientre. Acá se queda el mundo entero velando por el bien de azulina, a quien mencioné varias veces en entradas anteriores. Y acá me quedo yo, escribiendo y releyendo una y otra vez las cosas que mi corazón escribió en su nombre. Ella amaba y odiaba que sea tan cursi. Lo odiaba porque no iba con su personalidad, pero lo amaba porque decía que nunca le habían hecho sentir cosas tan lindas simplemente con palabras. Me quedaron muchas cosas que decirle, abrazos, mates, recitales, y muchos cuentos que me hubiera gustado que lea. Ella era mi fan número uno –por no decir que era la única- . Casi que me obliga a terminar de escribir una novela simplemente porque quería leerla. La última vez que hablamos me dijo que ya tenía trabajo, que era menos pobre y que me iba a poder devolver los treinta pesos y la salida al cine que me debía. Seguramente habrá tiempo para eso y mucho más.
El nueve de agosto de 2017 le escribí por primera vez. El texto se llama Los Dementores de tu silencio, y finaliza de este modo:

Y todo por culpa de tu silencio.
Y todo por culpa de mi constante necesidad de escucharte.
El cielo se oscurece y el frío avanza,
pero nada estalla ni deja de existir.
Así como el sol descansa del día durante la noche,
tus silencios no son más que un tranquilo complemento de tu existir.
Y cuando tu voz calla, tu eco resuena
y continúa la magia.
Los dementores se besan las manos,
estallan y se convierten en polvo,
al ser derrotados por algo que suena desde el pasado
expandiéndose hacia el presente
salvando eternidades mudas
que se maravillan con el Patronus de tu voz.
Salvaste al mundo.
Con tu magia salvaste mi mundo.
Bienvenida al club.


Descansá poli. Nos vemos después.

18/10/18

lunes, 12 de marzo de 2018

Un libro sobre el regazo



La miró decidido a gritarle en la cara todas aquellas cosas que por respeto había preferido guardarse. Ella las sabía de sobra, pero prefería creer que él no las sentía. La tomó  de las manos y le clavó los ojos en los de ella. Eran inmensos y poseían un brillo opaco que él había visto tantas veces y en tantas personas. Lo notó en ese instante, ya que siempre le había parecido que los de ella eran diferentes. Buscó algo único y especial que la diferencie del resto, pero no halló más que molestas similitudes con seres que ya había enterrado hacía siglos. Descubrió así, que su principal atractivo, era ser varias personas en una sola. Personas interesantes, pero repetidas una y otra vez a lo largo de su historia.
Este hecho podría haberle facilitado el impulso de decirle de una vez lo que realmente sentía, pero lo condicionó. Ella estaba ahí, en silencio, de espaldas al paredón esperando los impactos. ¿Debía ser él el verdugo? Supuso que ambos merecían algo mucho mejor, o por lo menos estaba seguro de que así era para él.
Con sus ojos es sus ojos y sus manos entrelazadas, acercó su boca y posó un cálido beso en la mejilla. Él sintió paz, ella como si le apoyaran una brasa en el rostro. Se soltaron, desviaron sus miradas, y cada uno caminó hacia una dirección diferente. Varios metros habían avanzado cuando ella volteó para verlo por última vez. Y ahí estaba, haciéndose cada vez más pequeño en la distancia. Ella pensó en las poesías, en las canciones y en esas palabras que solamente él podía decirle. Se sintió vacía, llena de preguntas y agobiada por la inmensa necesidad de que las cosas se hubiesen dado de otro modo. Pero era tarde, y se conformó con seguirlo con la mirada hasta que se perdió entre la gente.
Él avanzaba tranquilo, pero con decenas de frases atragantadas que le ardían en el pecho. ¿Por qué tenía que ser siempre tan comprensivo a la hora de los finales? Le hubiese gustado tener la capacidad de poder, aunque sea una vez, pagar con la misma moneda. Pero no estaba en su esencia, y por más que lo intentaba, seguía siendo el mismo estúpido que agradecía lo bueno, omitiendo lo que dolía, supuestamente, por el bien de todos. Mientras caminaba comprendió que ese todos al que tanto protegía, siempre lo había excluido. Todos salían medianamente ilesos, continuaban con sus vidas sin tanto dolor. A él siempre le costaba más, quizás por el hecho de ser siempre el que planeaba las despedidas.
¿Sería del todo desacertado girar sobre sus pasos y correr hacia donde ella estaba? La conocía tanto, que creía verla sentada en el mismo banco de siempre, con los auriculares en las orejas, un libro sobre el regazo y la vista perdida en algún punto invisible del Universo. Quizás no necesitaba hacerle mal, pero daría cien libros por verla así una vez más. Sin darse tiempo a pensar en otra cosa, giró y corrió a toda velocidad con el corazón en la boca y el temor de llegar demasiado tarde.
La ciudad pareció detenerse ante la beldad del anaranjado crepúsculo. La suave brisa, extrañamente de características oceánicas, le daba a la atmósfera la apariencia de un anacrónico sueño en el que se presagiaba una tragedia. Ella avanzaba despacio, sin tener presente hacia donde la guiaban sus pies. Su mente titubeaba, pero su corazón estaba al corriente de todo lo que acontecería. A cincuenta metros logró divisar el banco. Su banco. En el que se sentaba cuando estaba contenta, cuando estaba triste, o cuando no sabía cómo se sentía. En ese instante la asolaban los últimos dos estados. Congoja, pero al mismo tiempo desconcierto. Estaba al tanto que una despedida a tiempo evitaba mayores padecimientos, pero… que pudiera ser peor, eso no me arregla,eso no me arregla a mí*, canturreó una vocecita dentro de su cabeza. Y vaya que ese adiós no parecía arreglar nada, sino todo lo contrario. Dos almas que intentaban acercarse, de un momento a otro se habían convertido en dos almas partidas en cientos de pedazos que luchaban por no extinguirse. Ella en una dirección, él en la otra. Separados, pero ambos huyendo de un destino que podría o no ser lo que alguna vez juntos habían planeado.
Llegó al banco y se sentó. Se puso los auriculares y posó el libro sobre el regazo. ¿Cuántas veces lo había esperado allí, en pose similar y rodeada por las mismas dudas que ahora la azotaban? Aunque el flagelo propiamente dicho ya había acabado y ahora solo quedaba el dolor de esas heridas que, seguramente, tardarían mucho tiempo en sanar. Decidió no abrir el libro ni encender la música. Simplemente soltó la mirada y la dejo que se perdiese en donde esta tuviese ganas. Necesitaba dejar que pasara el tiempo. Un anciano de aspecto harapiento se sentó a su lado, pero ella ni lo notó.
A casi una cuadra, él distinguió el banco solitario. Quizás ella había tomado otro camino, o había elegido otro banco, o simplemente se había ido a continuar con su vida. Aminoró la carrera hasta caminar a velocidad algo apresurada. A cincuenta metros, vio como un anciano andrajoso se sentaba en uno de los extremos del banco. Disminuyó aún más la velocidad de los pasos, hasta que estuvo de pie frente al hombre. Este levantó la vista y le sonrió.
_ Disculpe… señor. Estoy buscando a mi… amiga. Josefina. Creo que venía hacia este banco.
_ Josefina… -dijo el hombre.
_ ¿Me habla a mí? –preguntó ella sorprendida, volviendo a la realidad.
_ Sí, Josefina –repitió él- Estábamos juntos, y la perdí.
_ ¿Josefina está triste? –preguntó el hombre sin mirar a nadie en particular.
_ ¿Tanto se me nota? –quiso saber ella.
_ Sí, puede ser. ¿Usted la vio? –inquirió él.
_ ¿Usted no la vio? –preguntó el hombre.
_ ¿A quién? ¿A la tristeza? No la veo, pero la siento. Cada vez menos, pero la siento.
_ La vi, estábamos juntos, pero nos despedimos, y creí que vendría hasta acá. ¿Me puede ayudar?
_ Yo puedo ayudar, pero… ¿no es mejor dejar las cosas como están? –preguntó el hombre poniéndose de pie, mientras le hacía una seña a él para que se siente.
El hombre estaba de pie frente a ellos, que no podían verse, pero que se sentían. Sentían sus perfumes, el aroma natural de sus cuerpos y esa sensación de frío que se siente ante algo que no tiene solución. A su vez, algo cálido había en el aire, a la izquierda de ella y a la derecha de él. Ambos miraron hacia esos costados, y por una fracción de segundo pudieron verse reflejados en los ojos del otro. En ese instante supieron que jamás volverían a verse, y que eso sería lo mejor. Para todos, para siempre.
Luego de un profundo suspiro, él se puso de pie, avanzó hacia la calle y frenó un taxi. Jamás volvió a pasar por ese banco. Josefina sonrió mientras una cálida lágrima se deslizaba por su mejilla. Suspiró cansadamente, disponiéndose a comenzar a leer el libro que hacía tanto tiempo reposaba en su regazo.

Laguna Larga, 12/03/18