sábado, 27 de agosto de 2016

Sangre de ángeles

Dios se volvió loco. Tanta creación lo encegueció de tal manera que absolutamente todo, le da igual. Ya no necesita de pecadores que lo inciten a desplegar su ira. Basta solo con un rato de aburrimiento, para que su dedo maligno señale el sitio en el que va a caer la siguiente bomba atómica celestial. Sin hidrógeno ni plutonio, simplemente con una sobrecarga de maldad y resentimiento todo puede colapsar. Todo DEBE colapsar, porque sino el cielo se pone gris.
Ya no son dictadores ni diablos humanizados los encargados de la parte sucia del trabajo, ya que los honorarios de estos eran cada vez mayores y el Señor decidió que no era conveniente malgastar tantos fondos en unos simples instrumentos de su funesta cólera. Hoy la cosa es más sencilla. Por tierras próximas y alejadas se extiende a diario la premisa de que es acertado que quien te da la vida, está en todo su derecho de quitártela. ¿No es así más rápido y efectivo? Obviamente, están también quienes no te conocen y deciden asesinarte, pero el número de ellos se mantiene, mientras que el de los sicarios a traición agravada por el vinculo, no deja de crecer.
¿Tanta maldad en el mundo, es realmente el plan de Dios? ¿O será que el pobre creador está tan viejo que el pariente de abajo le está mordiendo los talones? ¿Será que Dios y el Diablo, no son más que el Dr. Jekyll y Mr. Hyde? ¿Será que tanto arriba como abajo solo existe el vacío? ¿Será que desde el principio el mundo estaba destinado a irse a la mierda?
Mientras perecemos entre tantas preguntas sin respuesta, la sangre de ángeles nos llega al cuello. No hay salvavidas que nos proteja del fuego que invade nuestras conciencias ante semejante espectáculo. Pensamos solamente en venganza. ¿Contra quien? ¿Contra quien empuña el arma? ¿Contra quien, abusando de su fuerza y de la debilidad de su retoño, descarga sus tensiones en alguien a quien debería abrazar? ¿A dónde está Dios cuando un padre golpea a su hija contra la pared? ¿A caso sucedió fuera de su jurisdicción? ¿Cuánto de verdad hay en la conciencia de los hombres y en eso que llaman religión?
Tanta indignación nos incita a la interminable búsqueda de culpables. ¿Justicia? La justicia es mierda ante un río rojo que nos escupe en la cara hasta donde puede llegar la brutalidad humana. ¿Prevención? ¿Cómo prevenir la barbarie primitiva que aprisiona el alma de alguien que no vale más que el peso de su cuerpo? ¿Alguien tiene alguna respuesta consciente que no se base en el odio?
¿Qué hay con Dios? ¿Realmente Gott ist tot[1]? Eso no cambia nada. Culpar a Dios es como culpar al maestro de primaria de la madre que asfixia a su hijo, o del hijo que maltrata a su anciano padre. Decir que el Diablo está ganando la batalla, es como decir que en África la gente se muere por culpa de Obama. ¿Cuánto hay de cierto en mis palabras? No creo que sea importante. Que escribo con egoísmo, con impotencia, con hartazgo, con bronca, con mezquindad... está claro. Somos todos producto de una realidad que inventamos y que nos inventa a diario. ¿Estamos transitando el peor momento de la historia del mundo? Sí, y no. Nuestro mundo está mal. Parece una casa vieja que se cae a pedazos. Quizás estemos en una habitación que todavía resiste, pero en ella no cabemos todos. ¿Qué pasa con la gente que está en la cocina o en el comedor? ¿Y nuestros vecinos? Escuchamos sus gritos, pero nos cuesta entender su dolor. Nos asomamos a la ventana y el suelo ya no se ve. En su lugar, abundan las olas de sangre de ángeles que desde arriba... ¿nos miran? ¿Se olvidaron de la tierra y no sufren más? Los vidrios se tiñen de rojo y de la impresión no queremos ni mirar. O queremos salir, mancharnos la ropa y mezclar sangre inocente con la sangre ácida del padre alcohólico o drogadicto o que simplemente necesita que lo encarcelen y lo maten y lo resuciten cada día para volverlo a matar. En nombre de la justicia, nos sale el Hitler más salvaje. ¿Pero que podemos hacer? El mundo gira cada vez más rápido, y es imposible bajarse.
¿Qué hay que hacer con el que mata? Simple. Tomamos una balanza y pesamos la vida que queda y la que se perdió. ¿Cuánto duró el sufrimiento del angelito que partió? Multipliquemos ese número, por una eternidad, y démosle al verdugo lo que merece. ¿Qué a donde quedaron los derechos humanos? Eso mismo me pregunto también mirando los rostros ilusos de John y Yoko mientras con sus dedos dibujan una V. No quiero ser Dios, ni el Diablo. No quiero leer el diario, y que a pesar de ser de hoy, lea siempre las noticias de ayer. No quiero vivir triste ni enojado ni con una impotencia tan inmensa como la maldita locura de padres y madres pobres de espíritu que crecen como hiedra venenosa. No voy a salir con la bandera de el que mata tiene que morir, aunque creo, desde mi humilde lugar, que el que mata, no merece vivir. Y para no vivir más, no es necesario dejar de respirar. Solo hace falta JUSTICIA. Justicia de verdad.

27-08-16



[1] Dios ha muerto.

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