miércoles, 1 de junio de 2016

Nueva Ley Olimpica



Energía romántica estancada por siglos, rebalsó de locura tu existir y el mío. Desintegró soledades ocultas entre rostros camaradas ante la luz, pero vacíos ante necesidades básicas y/o típicas del compañerismo. Perecimos abrasados dentro de un erupcionado volcán asesino de espíritus individuales. Nos fundimos en uno, nos elevamos y fuimos millones. Nos esparcimos por el cielo y por la tierra, haciendo de cada paso, una nueva flor, un nuevo suspiro. Buscamos bajo las piedras y entre las hojas de los árboles motivos y razones que ayuden a entender semejante idilio. Nos atrevimos a enfrentarnos a nosotros mismos con el fin de entendernos, de verificar la veracidad acerca de los extasiadores hechos, y así confirmar que lo sucedido existió más allá del plano onírico. Y así fue.
No te soñé ni me soñaste. No te imaginé ni me imaginaste. Te acaricié y me acariciaste. Desfallecí cada vez que me miraste. Contemplé el transitar de tu existir sobre un cielo colmado de miedos, de culpas y de curiosidad. Quise vencer, pero nunca antes fui tan vencido como cuando tu piel decidió hacer digna a mi piel. Como cuando tu alma, enredada en la mía, ascendió más allá del infinito eterno de la vida y promulgó una nueva ley olímpica que establecía que, desde ese día, el cielo y el infierno serían solamente uno, y que deberían coexistir entre tus pechos y el mío. Entre tu espalda y mi vientre. Entre tu mar y mi desierto.
Luego de la sesión extraordinaria del comité existencialista, la dicha, esparcida por la brisa, comenzó a quejarse, y a encontrar puntos poco nobles a nuestra inacción, producida por la efervescente acción de convertir en piel, deseos, energía y amor. Las miradas tiernas decidieron no enternecerse más. La impoluta desnudes, sintió pavor por su ignominiosa honradez, y de impávidos harapos se cubrió, congelando el volcán, asesinando a la magia, devolviéndonos a la realidad.
El río, el viento. El puente amenazando acusar con algún transeúnte nuestra insolencia. La tarde se moría. Entre nuestras ropas la arena nos recorría. El día no daba para más.

30/11/15

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