Energía romántica estancada por siglos, rebalsó de locura tu
existir y el mío. Desintegró soledades ocultas entre rostros
camaradas ante la luz, pero vacíos ante necesidades básicas y/o
típicas del compañerismo. Perecimos abrasados dentro de un
erupcionado volcán asesino de espíritus individuales. Nos fundimos
en uno, nos elevamos y fuimos millones. Nos esparcimos por el cielo y
por la tierra, haciendo de cada paso, una nueva flor, un nuevo
suspiro. Buscamos bajo las piedras y entre las hojas de los árboles
motivos y razones que ayuden a entender semejante idilio. Nos
atrevimos a enfrentarnos a nosotros mismos con el fin de entendernos,
de verificar la veracidad acerca de los extasiadores hechos, y así
confirmar que lo sucedido existió más allá del plano onírico. Y
así fue.
No te soñé ni me soñaste. No te imaginé ni me imaginaste. Te
acaricié y me acariciaste. Desfallecí cada vez que me miraste.
Contemplé el transitar de tu existir sobre un cielo colmado de
miedos, de culpas y de curiosidad. Quise vencer, pero nunca antes fui
tan vencido como cuando tu piel decidió hacer digna a mi piel. Como
cuando tu alma, enredada en la mía, ascendió más allá del
infinito eterno de la vida y promulgó una nueva ley olímpica que
establecía que, desde ese día, el cielo y el infierno serían
solamente uno, y que deberían coexistir entre tus pechos y el mío.
Entre tu espalda y mi vientre. Entre tu mar y mi desierto.
Luego de la sesión extraordinaria del comité existencialista, la
dicha, esparcida por la brisa, comenzó a quejarse, y a encontrar
puntos poco nobles a nuestra inacción, producida por la efervescente
acción de convertir en piel, deseos, energía y amor. Las miradas
tiernas decidieron no enternecerse más. La impoluta desnudes, sintió
pavor por su ignominiosa honradez, y de impávidos harapos se cubrió,
congelando el volcán, asesinando a la magia, devolviéndonos a la
realidad.
El río, el viento. El puente amenazando acusar con algún transeúnte
nuestra insolencia. La tarde se moría. Entre nuestras ropas la arena
nos recorría. El día no daba para más.
30/11/15

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