sábado, 18 de junio de 2016

Amores cobardes



 

Intervengo entre la necesidad y el olvido, y me decido por un instante a simplemente recordarte. Risas de otros tiempos me elevan y me colocan en Marte, se vuelca el mate y me entretengo con tu voz diciéndome te lo dije.
Busco en la penumbra destellos del abismo que de a poco es, que de a poco se dilata y se disfraza de cariño rendido, reprimido ante las inclemencias del destino distinto a ese que juntos soñamos. Envuelto en la música te abrazo y arraso sobre campos de pensamientos suicidas que de tanto recordarte, te olvidan, y me deliran como tormentas que la brisa arrastra entre comida y comida que comparto con mi agonía, con la vida que se ríe de mí y me remarca que la prisa no es compañera de la soledad.
Ojalá que el desierto que te extraña, no actuara en mí como una piraña que desintegra momentos a la espera de que la calma que exaspera por miedo a que mi condena sea mayor que la de un simple olvido, que un insignificante volver a empezar.
Los amores cobardes, no llegan a amores, ni a historias. Porque si de amor se trata, toda hidalguía es permitida. Toda contienda es vencida con la supresión de agonía, de la carencia de caricias sin malicia. Cuando se trata de amor, la cobardía se ahoga con la rebeldía de dar siempre un poco más, esperando lo menos posible.
Ojalá algún día te olvide como vos te olvidaste de mí. Ojalá que la perfección de tu sonrisa viva solamente en una canción, o en mil canciones, y que se abran de par en par las puertas de las prisiones que me recluyen, y que tu voz y tu aroma no sean más que rejas que rieguen de humedad distantes sitios de mi existir. Me enredo en la necesidad de darle fin al delirio de olvidarte. Al martirio de seguir sin vos, sin mirarte. Me miro y como distantes catástrofes alrededor del globo, englobo pequeños momentos que mi mente arroja sobre mi corazón ante una risa, ante cualquier risa, que me recuerda que por mí sonreías, que por mí llegaste a decir que existías... y el cielo se cae.
Los amores cobardes, no llegan a amores, ni a historias. Se quedan ahí1, como recuerdo de aquello tan maravilloso que no llegó a ser. Pero que con todas las ganas del mundo, podría haber sido.


06/12/15

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