Me despierto y todo sigue igual. La almohada en el piso, la ventana
abierta, y los retorcidos pájaros felices, como si no fuera domingo.
La mañana se muere en un suspiro, ya que el mediodía se presenta
sin invitación después de qué, según mi existir, desde la noche
ni media hora pude dormir.
¿Hay algo que tenga menos sentido que un domingo a las dos de la
tarde? Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno... domingo,
dos de la tarde. Es esta la mejor de las incoherencias de Dios. Una
tortuga ciega, coja y boluda carga sobre sus espaldas a la pesada
tarde. Mientras avanza como si retrocediera, me comenta que alguien
le contó que en el concurso de longitudes, la altanera tarde de
domingo, a la mismísima muralla china venció. No logro salir de mi
asombro hasta que el sol se esconde.
Llega la noche y de a poco empiezo a odiar al lunes. Pero antes de
que ese bendito día a todos nos abrume, después de cenar, me
dispongo a soñar. Y en sueños me persiguen los demonios de tu risa,
que en otras épocas me incendiaban la vida y me hacían creer que
más allá de todo, siempre había más. Que el cielo no era techo,
sino la próxima parada, un simple descanso para recargar energías
y, con más fuerza, poder avanzar. Hacia el espacio, hacia otros
firmamentos más puros y celestes. Volar juntos de la mano hacia
sitios distintos, creados por alguien, alguna vez, sólo para
nosotros.
Cuando la magia se convierte en recuerdo, no tiene tanto valor.
Intentar olvidar es convertirse en asesino serial del tiempo. Sin
armas, pero con resentimiento, todo se contamina, se debilita, la
magia se convierte en hielo y ya no te entibia.
Cuando una historia se acaba, ¿de qué sirven los recuerdos? Los
malos, nos consuelan, tratan de convencernos de que lo mejor que
podría haber pasado, fue el final. ¿Y los buenos? ¿No
llores porque terminó, sonríe porque sucedió? No. A las
frases de sobrecitos de azúcar jamás las tomaría en serio por más
que sean proverbios árabes, chinos o aztecas. Recordar una historia
terminada, quizás te sirva para no volver a cometer los mismos
errores, para no confiar tanto en la gente, para pensarlo más antes
de darle tus contraseñas a cualquiera. ¿Realmente sirve para estar
prevenidos? No, para nada. A la próxima, además de la contraseña
de las redes sociales, le damos la clave del cajero automático, y
hasta una extensión de la tarjeta de crédito, por no mencionar que
nos hacemos los duros, al principio, pero al final terminamos
arrastrándonos suplicando que no nos nieguen su amor. ¿De verdad
somos tan así? Lamento decirte que no. No somos tan así. Me estoy
quedando corto.
Pero bueno, no todo en la vida tiene que ser perfecto. Si sufro por
amor, quizás la recompensa venga por otro lado, ¿o no? Sin tu risa,
no hay demonios. Sin vos, puedo seguir perfectamente siendo yo. O
mejor que yo.
Paz.
31/01/16
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