miércoles, 23 de marzo de 2016

Yo quiero a mi bandera, pero a la tuya NO

"Yo quiero a mi bandera, yo quiero a mi bandera, planchadita, planchadita, planchadita", cantaba el genial Luca, un tano educado en Escocia que revolucionó musical y culturalmente a la vapuleada Argentina de la década del 80. Con una melodía festiva, y una letra simple y clara, el autor transmitía un sentimiento real y sencillo. Sin eufemismos ni doble intención. Él quería a su bandera. Pregunto para luego auto responderme: ¿qué es una bandera? Un símbolo, la representación gráfica del sentimiento de un Estado u organización. Las hay de muchos colores, con diferentes formas. Algunas tienen estrellas, barras, escudos, aves, soles. Cada país recuerda una vez al año el día de la creación. En Argentina, decir bandera es decir Manuel Belgrano. Sí, el hombrecito que aparece en los billetes de diez pesos, militar, estratega y gran pensador formado en Europa. Ese que, inspirado en los colores del cielo, le dio vida a nuestra adorada insignia, a la cual agitamos con pasión cada vez que nuestra selección de fútbol, o de básquet o de rugby, se encuentra frente a un desafío importante. Últimamente bandera se convirtió en sinónimo de Malvinas. 1982. Dictadura. Guerra. Amar a nuestra bandera, se convirtió, para muchos, en la irrevocable necesidad de odiar banderas extranjeras, sobre todo a la norteamericana y la de Reino Unido –especialmente, a la inglesa-. En menor medida, nuestro rencor alcanza también a la de nuestros hermanos chilenos. Se ha llegado hasta el molesto limite de increpar a las personas que lleven vestimenta con estampas de estos símbolos. Escarches en redes sociales, manifestaciones pro nacionalismo –que no son más que reuniones para despreciar todo aquello que se habla o se escribe con la lengua de Shakespeare-. Se tilda de traidores a aquellos que exhiban estas prendas. ¿En dónde radica la diferencia entre amor por la patria y nacionalismo insolente? En la tolerancia. En la libertad de expresión. ¿A caso se ama menos a la Patria por usar una remera que lleva estampada la bandera de Inglaterra, que por comprar un televisor chino, tres veces más barato que uno de industria nacional debido a que no paga impuestos? ¿Soy menos argentino por vacacionar en Brasil, y no en la costa atlántica, cuando me sale bastante más económico disfrutar de mi descanso en el país vecino que en mi propia Patria? A estas preguntas no las voy a auto responder. Prefiero dejarlas a total criterio del lector. Lo que acá está claro, es que alguien, en algún momento de nuestra historia, hizo las cosas mal. Y nosotros, la gran mayoría de nosotros, los seguimos imitando. Un importante club de la ciudad de Córdoba exhibe actualmente en la entrada a su sede social un cartel que expone la prohibición del ingreso al lugar con prendas con estampas inglesas. Es increíble como una guerra que tanto mal nos hizo, treinta años después, siga separándonos por el solo hecho de ver al enemigo en unas simples formas y colores, cuando el enemigo ya no está, se murió, o está muy bien escondido. A las Malvinas no nos la arrebató mi vecina que usa shorts con estampa yanqui, o el artesano de la plaza con su desgastada remera de The Police. Nuestro enemigo de la actualidad es el tiempo, la historia que nos duele y por lo que salimos a buscar culpables a los que atacar y así mitigar en parte nuestro dolor. Esta búsqueda, nos lleva incluso a convertirnos en nuestros propios enemigos. En lo personal, yo quiero a mi bandera. Y a la tuya, la respeto.