miércoles, 29 de marzo de 2017

Besos de humo


Su mirada suena como un coro de mil voces que susurra en mi oído que otra vez lo estoy haciendo mal. Aunque quiera callar sus ojos y extinguir el fuego de su mirada no consigo más que extender las llamas. El calor se expande y se eleva en mi interior creando una nube espesa que contrae mi poca destreza en el arte de pensar. Las decisiones se vuelven confusas, mis pasos lentos, mi mirada se pierde allá en donde supuestamente ella debería esperarme. Pero no la veo, no aparece. El humo se convierte en niebla que acentúa mi confusión. Avanzo a tientas con la desesperación enredándose al rededor de mis tobillos. Y vuelvo a besarla, creyendo que sus labios me salvarán de nuevo. Me arde la garganta, me tiembla el pulso, y a lo lejos, o adentro mio, entre la bruma, una figura que baila me invita a acelerar mis pasos. Es ella que me recuerda porqué estoy avanzando, porqué cada vez me queda menos tiempo.

La esquina brilla más tras cada beso. Aunque cada vez me sienta más perdido, siento que estoy más cerca de encontrarla. Encontrarla es encontrarme, dejar de desconocerme y entregarme a lo que quiero ser. Ella sabe que la necesito tanto como quisiera olvidarla, arrancarla de mi para siempre. Y es precisamente ese saber mutuo el que nos obliga a perseguirnos. Porque si no fuera ella, seria otra. Mejor, peor, otra. Tras cada beso agradezco a la luz conocer cuales son mis demonios, mis tragedias y mis posibles exterminios. No me avergüenzo de mi destino ni de mis debilidades. Brindo junto a ellas, y por ellas, cada vez que se presenta la ocasión.
Siento que me descompongo, que de a poco empiezo a caer en un vacío que me inunda y me aturde con una voz que no sale ni de su boca ni de sus ojos. Una voz desconocida que me invade cada vez que el humo y las luces se extinguen. La risa. Mi risa le presenta batalla y la desplaza, como prefacio al profundo silencio que me envolverá cuando comprenda que de tantos besos de humo, lo único verdadero que me queda, son varias horas menos de vida.

29\03\17 

lunes, 13 de marzo de 2017

La gente que espera

 La gente que espera, está en todas partes, pero sobre todo, abunda en las plazas. Las inunda con sus miradas que intentan ocultar el fastidio, la ansiedad, el temor. Tratan de parecer los seres más desinteresados del mundo, pero sus almas desesperan ante el tiempo que avanza indiferente a sus necesidades. Por sus mentes pasa la imagen de Penélope frente al telar, y suspiran resignados ante una sola pregunta: ¿cuánto tiempo más podré esperar? O peor aún: ¿cuánto tiempo hace que espero?
Después está la gente que no tiene a quien esperar, como yo. ¿Qué esperamos los que no esperamos ni nos esperan? El tiempo pasa igual que para todos; sentimos frío, calor, ganas de gritar. A veces tratamos de hacerle creer a los demás que estamos esperando a alguien que nunca llega. Ni llegará. Con solo mirar, identificamos inmediatamente a quienes están en nuestra situación. Nos miramos sin expresión, compadeciéndonos tanto del otro, como de nosotros mismos. ¿Cuánto tiempo hace que estamos esperando esperar o que nos esperen? Eso jamás lo pensamos, ya que el tiempo suele volverse en contra cuando intentamos volver a la realidad. ¿Qué esperamos de la realidad? ¿Qué espera la realidad de nosotros? Tenemos una historia, tenemos un camino, tenemos una vida... pero nos faltan respuestas para todas las preguntas que obviamos.
¿A quién espera Julieta, sentada en un banco de la ex plaza Vélez Sarfield, un jueves a las tres de la tarde? Se entretiene con palomas que revolotean buscando amistad con los pájaros que decoran su blusa. ¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida, desde hace años? ¿Les interesará? Ella las mira de a ratos, cuando su celular no le bloquea el mundo. No lo ve, los auriculares en sus orejas lo dejan mudo. ¿Es la espera, la causante de tanta indiferencia con el mundo? ¿O es el mundo mismo el que la obliga a esperar? Está tranquila, como si no tuviese prisa. Extraña cualidad a esa hora del día y en ese sector de la ciudad. Se me hace imposible adivinar su edad. ¿Tiene doce? ¿Tiene quince? ¿Tiene veintitrés? Sé que no viste a la moda, y que le resulta extraño estar frente a un extraño que de a ratos la mira, y de a ratos escribe. Quizás piense que la estoy dibujando, o que le estoy escribiendo una carta. Lo que no sabe, es que mirarla, a patadas, me conduce al pasado. Ese lugar, su forma de existir...
En un momento en el que dejó de mirarme, me puse de pie y me marché sin mirarla. Si me siguió con sus ojos, si me ignoró, no lo sabré nunca. El miedo se apoderó de mis pasos y los condujo a una velocidad por encima de lo normal. Avancé por Vélez Sarfield, crucé y me metí por Montevideo. ¿Era correcto escaparme de algo que no me estaba persiguiendo? Quizás ella venía detrás de mí... ¿qué era peor, que me esté siguiendo o que me haya dejado ir? ¿Dejado ir? Luego de una cuadra giré hacia Independencia. Decidí que era momento dejarla ir.

No volví a pensar en ella hasta treinta horas después, cuando me propuse ver que había escrito. En el último renglón decía: ¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida, desde hace años? ¿Les interesará? La gente que espera, ante la falta de esperanza, vuela. Se pierde, se escapa. Nunca sabemos de qué, pero escapamos. Y al estar a salvo, nos sentimos más vacíos que antes de huir.