Su
mirada suena como un coro de mil voces que susurra en mi oído que
otra vez lo estoy haciendo mal. Aunque quiera callar sus ojos y
extinguir el fuego de su mirada no consigo más que extender las
llamas. El calor se expande y se eleva en mi interior creando una
nube espesa que contrae mi poca destreza en el arte de pensar. Las
decisiones se vuelven confusas, mis pasos lentos, mi mirada se pierde
allá en donde supuestamente ella debería esperarme. Pero no la veo,
no aparece. El humo se convierte en niebla que acentúa mi confusión.
Avanzo a tientas con la desesperación enredándose al rededor de mis
tobillos. Y vuelvo a besarla, creyendo que sus labios me salvarán de
nuevo. Me arde la garganta, me tiembla el pulso, y a lo lejos, o
adentro mio, entre la bruma, una figura que baila me invita a
acelerar mis pasos. Es ella que me recuerda porqué estoy avanzando,
porqué cada vez me queda menos tiempo.
La
esquina brilla más tras cada beso. Aunque cada vez me sienta más
perdido, siento que estoy más cerca de encontrarla. Encontrarla es
encontrarme, dejar de desconocerme y entregarme a lo que quiero ser.
Ella sabe que la necesito tanto como quisiera olvidarla, arrancarla
de mi para siempre. Y es precisamente ese saber mutuo el que nos
obliga a perseguirnos. Porque si no fuera ella, seria otra. Mejor,
peor, otra. Tras cada beso agradezco a la luz conocer cuales son mis
demonios, mis tragedias y mis posibles exterminios. No me avergüenzo
de mi destino ni de mis debilidades. Brindo junto a ellas, y por
ellas, cada vez que se presenta la ocasión.
Siento
que me descompongo, que de a poco empiezo a caer en un vacío que me
inunda y me aturde con una voz que no sale ni de su boca ni de sus
ojos. Una voz desconocida que me invade cada vez que el humo y las
luces se extinguen. La risa. Mi risa le presenta batalla y la
desplaza, como prefacio al profundo silencio que me envolverá cuando
comprenda que de tantos besos de humo, lo único verdadero que me
queda, son varias horas menos de vida.
29\03\17

