El mar estaba en calma, pero su alma no. Un revoltijo de emociones huracanadas la incendiaban desde adentro, haciéndola temblar, como si de una escena invernal se tratara. Sentía sus ojos fijos y poderosos en el costado izquierdo del rostro. Desde hacía varios minutos, no sin esfuerzo, había logrado liberarse de su mano. En realidad, quería abrazarlo y no soltarlo jamás. Deseaba con todo su ser que las lágrimas que, como lava volcánica le recorrían las mejillas, no fuesen más que de felicidad. Pero era imposible. Esas lágrimas marcaban el desenlace de una historia. De una que había surgido sin esperarse, sin buscarse, y que del mismo modo estaba llegando al final. Era consciente de que el dolor que sentía era demasiado extremo. Qué no era normal sentir tanto por algo que había comenzado apenas quince días antes. No era el tiempo, sino la intensidad lo que engrandecía hasta el más pequeño recuerdo. Pero se estaba acabando, y por más que él dijera lo contrario, ella sabía que era el final. Lo sentía el corazón, en el cuerpo y trató de expresarlo con su voz.
─¿Para qué te tuve que cruzar,
si pronto un recuerdo ibas a ser? Yo sabía que no eras para siempre Yo sé que
nada es para siempre, no soy tonta. Pero es tan tonto tener que decir adiós cuando
se quiere tanto…
─Y el hecho de saber que la
cosa tiene fecha de vencimiento, no hace que duela menos. Es una cagada ─agregó
él.
El silencio volvió a
invadirlos. A lo lejos, sobre el agua, una bandada de gaviotas volaba en
círculos. Al parecer, era hora de la cena. Ella tenía el estómago cerrado por
un nudo que de a momentos le dificultaba el acto de respirar. Él, igual de
resignado, rezaba para que la situación acabase cuanto antes. Simplemente debía
ponerse de pie y marcharse, pero sentía que jamás podría lograrlo. Le parecía
increíble como un acto tan simple podía volverse inalcanzable en ciertas
circunstancias.
Todo había comenzado sin
grandes expectativas. Esa noche tenía franco, pero la chica que lo reemplazaba
estaba enferma, por lo que tuvo que tomar su lugar. No le molestó, ya que, al
igual que en las noches de los últimos meses, en esa tampoco tenía planes. Llegó
al local a las siete de la tarde y ya tenía una docena de pedidos casi listos
para repartir. Revisó las direcciones, comprobó los horarios y armó la primera
ruta de entregas. Solo en esa primera salida, recorrería la ciudad entera. Le
encantaba trabajar durante la temporada de verano. Y no solo por las propinas
de los turistas, las cuales, sumadas, eran mucho más jugosas que su sueldo. El
clima, las calles llenas de gente paseando y disfrutando, le generaban una
sensación de paz y alegría. Pero la primera entrega de esa noche
desestabilizaría su vida entera.
Abril llegó a Pinamar con el
corazón destrozado. Tres días antes del viaje, quien en ese momento era su
novio, le dijo que lo mejor sería que cada uno se tome un par de semanas para
pensar. Ella era consciente que nada bueno salía de esas cosas, por lo que, en
el momento en que aceptó el acuerdo, se declaró en estado de soltería. Habían
sido tres años de idas y vueltas, de cosas buenas y cosas olvidables. Le
costaba mucho soltar, por más que todos los indicadores dijeran que eso era lo
mejor. Decidió intentar disfrutar sola de la cabaña que habían alquilado, sin
pensar en absolutamente nada de lo que dejaba atrás. Ella no necesitaba pensar,
ni acomodar ideas o sentimientos. Necesitaba avanzar, por más complicado que
eso resultase.
Se instaló a metros de la
playa, en un lugar tranquilo que parecía haber sido extraído de una novela de Julio
Verne. A unos trecientos metros estaban construyendo un faro, por lo que de
inmediato decidió que el año siguiente volvería al mismo sitio para poder
disfrutarlo. Eso, obviamente, lo pensó antes de tener que decirle adiós a
Marcos. La primera vez que lo vio supo que no era un repartidor más. Su forma
de mirarla, todo lo que decía sin la voz, simplemente estando de pie
sosteniendo una caja de pizza. Cuando él llamó a su puerta, ella estaba en la
ducha, por lo que tuvo que esperarla unos cinco minutos. Cuando le abrió y sus
miradas se cruzaron por primera vez, él decidió que tantos años como delivery
habían cobrado sentido al toparse con esa morocha de ojos azules con el pelo
mojado, ataviada con un short de jean negro y una musculosa de la selección femenina
de hockey sobre césped.
Pareció guionado: ella abrió
la puerta, e inmediatamente el cielo comenzó a caerse a pedazos. Las enormes
nubes azules, que hasta minutos antes adornaban el firmamento, estallaron dando
lugar a una tempestad tremenda. Truenos, relámpagos, incontenibles ráfagas de
viento y lluvia como baldes, empujaron a Marcos hacia el interior de la cabaña,
luego de la cordial invitación de la inquilina. Recién dos meses después Abril
logró interpretar la tempestad como mal presagio. Los dos se quedaron de pie
frente a la ventana contemplando la tormenta. Abril jamás había visto un mar
tan hermoso. El vendaval le daba una majestuosidad poderosa e inexplicable. Era
como si Zeus y Poseidón se hubiesen trenzado en una lucha a muerte. Todo fue
contemplación hasta que vieron como la moto de Marcos fue envuelta por una
tremenda ráfaga de viento haciéndola volar varios metros, desparramando todo el
contenido de la caja. Casi una docena de pedidos se esparcieron por el frente, dejando
sin cenar a varias familias. Ninguno dijo una palabra. Abril se dirigió hacia
la cocina, haciéndole una señal al chico para que la siga. Cenaron en silencio,
iluminados por una lámpara de gas. Cuando solamente quedaban dos porciones en
la caja, algo inmenso ya los unía. La tempestad, la noche, la soledad, lo que
sea, ya los había atrapado.
Pasaron varias noches en las
que se vieron bajo el marco de la puerta. Conversaciones fugases y triviales,
que decían mucho menos que sus miradas incendiadas. Abril no pensaba en su ex,
Marcos no pensaba en su novia. A la quinta noche, ya muy tarde, ella le preguntó
a qué hora terminaba su turno. Él le confirmó lo que ya sospechaba: luego de
entregar su pedido, quedaba libre. Cenaron juntos, ella le contó sobre su
reciente separación, él sobre la relación que había comenzado tres meses atrás.
Vieron el amanecer en la playa, tomados de la mano. Conscientes de que eso que
había nacido durante la tormenta los acompañaría, de una manera u otra, para
siempre.
Las noches siguientes ella no
pidió comida, pero él siguió yendo a visitarla al finalizar su turno. Ella lo
recibía ansiosa, como Penélope a Ulises luego de su odisea. Se abrazaban, se
besaban, hacían el amor hasta caer extenuados. Al amanecer, cada uno volvía a su
vida. Él, a los brazos de su novia. Ella, a la contemplación silenciosa del
presente que la agobiaba. Sus mañanas no existían, sus tardes se hacían
interminables. Fantasmas pasados y futuros danzaban ensombreciendo la atmosfera
del verano. Como un recluso, en su mente tachaba los días que faltaban para
volver a la realidad. Realidad totalmente incierta, pero corrupta y, según
presentía, abismal.
Los demás encuentros no
mostraron nada totalmente destacable. Juntos hallaron una rutina en la que se
sentían muy a gusto, como si esa hubiese sido su vida desde siempre. Ninguno
sabía demasiado sobre el otro. Ninguno tenía expectativas, más que la de vivir
cada momento como si fuese el último. A pesar de esta preparación, la última
noche se sintió como un castigo. Sobre todo, para Abril.
La suave brisa que soplaba
desde el mar acariciaba su piel como lo haría una daga recién afilada. Le
quemaba, le hacía sangrar por dentro. De a poco, el nudo que le aprisionaba el
pecho comenzó a distenderse, permitiendo pasar el aire con más facilidad y
enviando una reconfortante bocanada de aire a sus pensamientos.
─Sí, es una cagada. Pero me
hizo muy feliz conocerte. Te juro, te quiero solo a vos. Al menos hasta esta
noche. Y sé que, si te pido que te vengas conmigo, lo más probable es que dejes
todo y me sigas ─él la miró sorprendido─ No lo habías pensado, pero ahora que
lo escuchas, sabes que es así. Pero no tenés que decirme nada, jamás te pediría
algo así. Nunca te pedí nada, y no voy a empezar a hacerlo hoy, con el final decretado.
Abril lo besó dulcemente en
los labios, se puso de pie y lo contempló sonriente, por última vez.
─Ahora sé que lo único que
quería era un poco de felicidad. Quizás un día nos volvamos a encontrar. O no.
Mientras tanto, te pido algo más. En una caja, amor para llevar. La propina es
buena, como siempre.
Se contemplaron durante varios
segundos, sonrientes. Ella estiró sus brazos y lo ayudó a levantarse.
Abrazados, caminaron hasta la cabaña, pretendiendo que esos pasos fuesen
eternos. Esa eternidad acabó en la cama, en donde fue más que amor lo que
juntos embalaron. Abril lo supo cuarenta días después, con el test de embarazo
entre las manos, un mar de lágrimas desbordando como cataratas desde los ojos y
un terrible temporal en el pecho, incluso mucho peor que el de la noche en la
que se conocieron. Él jamás volvió a saber de ella ni, mucho menos, del
contenido de la última caja.
