No hay un día más tonto que el martes. Le sigue al
lunes, mientras aguarda la mitad de semana. Nada interesante sucedió jamás un
día martes. Ni ayer, ni hace mil años en ningún lugar del universo. Escuché que
una vez llovió, y a la semana siguiente hubo un incendio. Pero eso puede
suceder cualquier día, incluso un jueves, así que no sirve como elemento para
contradecir mi teoría de que los martes son estúpidos. Porque esa es mi
apreciación final: el martes es el día más estúpido de la semana. Si tenemos en
cuenta que puede haber por lo menos cuatro, la estupidez mensual puede elevarse
a un nivel exorbitante. ¿Será que el mundo se cae a pedazos a causa del exceso
de días martes? Cuatro en un mes, por lo menos cuarenta y ocho en un año,
cuatrocientos ochenta en una década, y prefiero parar de contar. Estamos perdidos.
Lo bueno, es que ya lo estábamos desde antes de notar
este detalle. Siempre vagamos de un lugar al otro, estableciéndonos
momentáneamente a causa de errores y torpezas que arrastramos hasta que en un
descuido se revelaron y nos patearon en la cara. ¿Y qué con eso? Absolutamente
nada. No aprendimos la lección y seguimos arrastrando estupideces varias. Hoy
el martes se volvió una muy buena excusa para justificar tragedias. Qué trágico
que es el amor, la música y los libros. Qué trágico que a esta altura la
selección no esté clasificada al mundial. Qué trágico que te quiera cada día
menos. Bueno, esto último es discutible. Cierto, pero discutible. Hagamos de cuenta
que me compré una máquina de medir el cariño... sí, hoy quiero menos que hace
dos semanas. Eso es totalmente trágico para el universo, ya que cuando un alma
deja de querer, ese cariño no se esparce por el aire para alojarse en otros
seres. Cuando el cariño ya no quiere, muta, se transforma en otros
sentimientos. Puede mutar para arriba y convertirse en un gran amor, o puede
mutar para abajo y ser otra cosa. Indiferencia, esa sensación que me mira y me
dice que perdí mucho tiempo, que gasté demasiadas palabras que podría haber utilizado
mejor. Y esa mutación negativa acarrea fantasmas. Y los fantasmas, como todos
sabemos, son muy burlistas. Qué tonto que
fuiste, me dicen y hacen piruetas en el aire. Acompaño su alegría con una
tibia sonrisa y un casi imperceptible gesto de asentimiento. Qué tonto que fui.
Lo bueno es que con el tiempo uno se acostumbra y
aprende a burlarse de sí mismo y de sus sentimientos. En mi caso, en este
martes tan estúpido como yo, prendo un cigarrillo y escucho La 25. Entre
canción y canción trato de auto convencerme de que no fue para tanto, de que
podría haber sido peor. Que podría ser
peor, eso no me arregla, eso no me arregla a mí. Estúpidas canciones que me
confunden y desbaratan mis teorías. Pero
tiene razón. Todas, de alguna manera, la tienen. Yo simplemente las escucho y
me prometo ser menos idiota la próxima vez. Si
no hay amor, que no haya nada entonces, dice otra en mi mente, por encima
de una que habla sobre un ataúd. Que no haya nada, entonces. Ni martes, ni
viernes, ni Osvaldo. Ni te extraño, ni cómo estás, ni me acordé de vos. Nada.
Qué decepción, ni siquiera son las ocho de la noche,
ni siquiera llueve y no creo que me toque morir esta noche, como seguramente le
pasara a miles de personas alrededor del mundo. Ella tampoco morirá, ni esta
noche ni dentro de los próximos años. Ojalá nunca la vuelva a ver, ojalá olvide
pronto como suena su voz. Y no por ella, ni por mí, ni por la comunidad mágica.
Que todo suceda por el bien, por la reivindicación del estúpido martes y por el
buen nombre de las papas fritas. Que se ría eternamente, pero nunca más de mí.
10/10/17
