domingo, 15 de octubre de 2017

Estúpido martes

No hay un día más tonto que el martes. Le sigue al lunes, mientras aguarda la mitad de semana. Nada interesante sucedió jamás un día martes. Ni ayer, ni hace mil años en ningún lugar del universo. Escuché que una vez llovió, y a la semana siguiente hubo un incendio. Pero eso puede suceder cualquier día, incluso un jueves, así que no sirve como elemento para contradecir mi teoría de que los martes son estúpidos. Porque esa es mi apreciación final: el martes es el día más estúpido de la semana. Si tenemos en cuenta que puede haber por lo menos cuatro, la estupidez mensual puede elevarse a un nivel exorbitante. ¿Será que el mundo se cae a pedazos a causa del exceso de días martes? Cuatro en un mes, por lo menos cuarenta y ocho en un año, cuatrocientos ochenta en una década, y prefiero parar de contar. Estamos perdidos.
Lo bueno, es que ya lo estábamos desde antes de notar este detalle. Siempre vagamos de un lugar al otro, estableciéndonos momentáneamente a causa de errores y torpezas que arrastramos hasta que en un descuido se revelaron y nos patearon en la cara. ¿Y qué con eso? Absolutamente nada. No aprendimos la lección y seguimos arrastrando estupideces varias. Hoy el martes se volvió una muy buena excusa para justificar tragedias. Qué trágico que es el amor, la música y los libros. Qué trágico que a esta altura la selección no esté clasificada al mundial. Qué trágico que te quiera cada día menos. Bueno, esto último es discutible. Cierto, pero discutible. Hagamos de cuenta que me compré una máquina de medir el cariño... sí, hoy quiero menos que hace dos semanas. Eso es totalmente trágico para el universo, ya que cuando un alma deja de querer, ese cariño no se esparce por el aire para alojarse en otros seres. Cuando el cariño ya no quiere, muta, se transforma en otros sentimientos. Puede mutar para arriba y convertirse en un gran amor, o puede mutar para abajo y ser otra cosa. Indiferencia, esa sensación que me mira y me dice que perdí mucho tiempo, que gasté demasiadas palabras que podría haber utilizado mejor. Y esa mutación negativa acarrea fantasmas. Y los fantasmas, como todos sabemos, son muy burlistas. Qué tonto que fuiste, me dicen y hacen piruetas en el aire. Acompaño su alegría con una tibia sonrisa y un casi imperceptible gesto de asentimiento. Qué tonto que fui.
Lo bueno es que con el tiempo uno se acostumbra y aprende a burlarse de sí mismo y de sus sentimientos. En mi caso, en este martes tan estúpido como yo, prendo un cigarrillo y escucho La 25. Entre canción y canción trato de auto convencerme de que no fue para tanto, de que podría haber sido peor. Que podría ser peor, eso no me arregla, eso no me arregla a mí. Estúpidas canciones que me confunden  y desbaratan mis teorías. Pero tiene razón. Todas, de alguna manera, la tienen. Yo simplemente las escucho y me prometo ser menos idiota la próxima vez. Si no hay amor, que no haya nada entonces, dice otra en mi mente, por encima de una que habla sobre un ataúd. Que no haya nada, entonces. Ni martes, ni viernes, ni Osvaldo. Ni te extraño, ni cómo estás, ni me acordé de vos. Nada.
Qué decepción, ni siquiera son las ocho de la noche, ni siquiera llueve y no creo que me toque morir esta noche, como seguramente le pasara a miles de personas alrededor del mundo. Ella tampoco morirá, ni esta noche ni dentro de los próximos años. Ojalá nunca la vuelva a ver, ojalá olvide pronto como suena su voz. Y no por ella, ni por mí, ni por la comunidad mágica. Que todo suceda por el bien, por la reivindicación del estúpido martes y por el buen nombre de las papas fritas. Que se ría eternamente, pero nunca más de mí.


10/10/17   

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