A veces me sorprendo olvidando que jamás volveré a
verte. Son instantes, olores, melodías. Pequeñas agonías que me sacuden y se
extienden durante horas. Me costó asimilar tu partida, pero desde el instante
en el que lo hice no hay día en el que no aparezcas. No pude decirte adiós, no
me diste la oportunidad de mirarte a los ojos y decirte que no importaba ni el
tiempo, ni la distancia, ni las circunstancias, que a pesar de todo siempre
estaría para vos. Con un beso, un abrazo, dos oídos. Algo me late en el pecho
con mucha más violencia que el corazón. Palabras no dichas, que durante noches
como estas amenazan con estallar y desestabilizar la poca estabilidad que me
sostiene. Y ese “jamás volveré a verte” me aturde y me asesina. Me quita el
aire, me atormenta. Jamás volveré a verte, a mirarte, a leerte. ¿Cómo es posible que no pueda volver a leerte,
cuando todo lo que escribo es para vos? A veces te necesito mucho. Y me pongo a
pensar en miles de cosas que pasaron y que no pasarán jamás. Jamás, jamás, jamás. La vida está llena
de jamases, por más que pretendamos
mirar hacia adelante. Y adelante te deseo, te necesito. Y atrás te extraño, te
añoro, te necesito. Nos necesito como aquellas tardes en las que llegabas tarde,
en las que pasado y futuro se fundían en un presente que nos encandilaba sin
permitirnos pensar en nada más.
Son instantes, olores, melodías. Sos vos, que seguís acá, que nunca terminás de irte. Soy yo, que sigo acá, y que nunca te voy a olvidar.