Alentado por la obra del gran Julio Cortázar, colmada
de practicidad e intenciones de facilitar el andar diario de sus lectores, y por numerosas experiencias vividas en
espacios en los que es necesario el ascenso o descenso entre un piso y otro, me
atrevo a la osadía de plasmar a la posteridad en este escrito la manera, según
mi criterio, de hacer uso de una escalera mecánica de la forma menos odiosa,
traumática y escandalosa posible.
Todos alguna vez hemos deseado acabar con la
existencia de alguna persona, es normal y digno de ser perdonado por
divinidades supremas. Esa persona a la que dirigimos nuestras malas energías
suele ser alguien que nos hizo mal, o que hirió a un ser que apreciamos.
Alguien que vive fuera de las normas de la moral y de las buenas costumbres,
como ladrones, representantes de deportistas y la mayoría de los mozos que abren las puertas de los taxis en
la terminal de Córdoba. Pero hay un grupo de personas que parecerían ser
intocables en eso de estigmatizarlas a causa de su incorrecto accionar. Si
usted leyó el enunciado que enmarca estas palabras, puede que ya se esté dando
una idea. Sino, continué con la lectura y lo sabrá. Esas personas son aquellas
a las que les cuesta desplazarse a través de escaleras mecánicas. Personas que
frente a este medio de transporte de mínima distancia se bloquean y pierden el
sentido de ubicación y recato. Inmovilizadas por el temor a ser succionadas por
el mecanismo metálico, por el miedo a caerse y ser el hazmerreír del espacio -dígase
shopping, terminal de ómnibus, aeropuerto, etc.-, se descontrolan y alteran el
andar de aquellos para quienes una escalera mecánica no es más que lo que su
nombre indica. Están también aquellos que, debido a experiencias ocurridas
alguna vez en la realidad o en sus peores pesadillas, optan por simplemente
omitir la existencia de la escalera. Para ambos grupos, y para todo aquel que
quiera leer, van estas indicaciones.
Todos sabemos lo que es una escalera, su función y su anatomía.
Conocemos nuestro cuerpo y su propia movilidad. De igual modo, no está de más
mencionar algunos puntos importantes. Pies. La mayoría de las personas cuentan
con dos. Uno izquierdo, otro derecho. Al caminar avanzamos primero con uno, y
luego con el otro. Si lo hiciéramos con ambos, sería saltar, no caminar. Si no avanzamos
con ninguno, estamos estáticos. Frente a una escalera mecánica, no son solo los
pies lo que entran en juego. Pies, piernas, cintura, torso, brazos y cerebro.
Este último, como en la mayoría de nuestras actividades, es fundamental. Usted
no puede subir una escalera mecánica sin utilizar su cerebro. Es en él en donde
se activa la orden que da inicio al correcto procedimiento de ascensión: ante
la necesidad de desplazarse hacia un piso superior, demasiado superior, que no
puede usted trepar por la pared o ascender de un salto, el cerebro enciende una
señal que indica la presencia de la escalera. A través de la vista puede usted
vislumbrarla y, luego de ubicarla, desde el cerebro un impulso nervioso se
desplaza hasta los pies dando así comienzo al desplazamiento hacia el mecanismo
de ascensión. El tiempo de caminata libre depende tanto de la distancia que lo
separa de su objetivo, como de la velocidad que usted emplee para avanzar. Esta
última depende de varios factores. Es lógico que en una terminal de colectivos,
la velocidad de desplazamiento de los individuos hacia una escalera mecánica
sea mayor que la de aquellos que utilizan un mismo aparato en las instalaciones
de un shopping. Igualmente, la cantidad de obstáculos que se hallen entre usted
y su destino, pueden hacerla aumentar o disminuir.
Una vez recorrida la distancia, su cerebro le indicará
que es necesario hacer una pausa. En ella usted puede tomar aire, mirar la
hora, acomodarse los pantalones, o lo que desee. El tiempo de pausa, también
depende de la cantidad de individuos que, al igual que usted, fueron guiados
por sus cerebros, a través de los pies, hacia la escalera. Aquí comienza la
parte importante, por lo que le recomiendo que ponga total atención. Su gato
puede ser acariciado más tarde y a su pareja no le vendría mal hacer silencio
por algunos minutos. Lo que importa es superar su temor a las escaleras mecánicas,
o prevenirlo, en el caso de que aún no haya sufrido tan cruel padecimiento.
Luego de la fugaz pausa frente a los escalones que se desplazan es el momento
de mostrar de que usted está hecho y cuan útil es su cerebro ante situaciones
de extrema necesidad. Si este órgano o sistema funciona correctamente, lo que
deberá suceder es lo siguiente: una orden eléctrica e invisible guiará sus ojos
hacia el inicio de la escalera que no deja de moverse. En milésimas de segundo
usted resolverá cual pie dará el primer paso, cual el segundo y cual será el
escalón elegido. Sí, puede salir mal. Puede que justo cuando usted decide mover
el pie, el escalón cambie y en vez de pisar firme y asentarse, su zapato,
zapatilla o sandalia, choque contra el escalón metálico y lo haga caer sobre la
superficie en movimiento. Esto puede ser catastrófico. Pero también puede salir
bien. Si su cerebro funciona correctamente, y no es invadido por el pánico, y
logra dar un paso seguro y certero, usted comenzará una especie de viaje cósmico
en el que ascenderá sin la necesidad de mover los pies. Durante el trayecto de
su travesía usted podrá apreciar diversos paisajes que parecieran estar en
movimiento. Y lo están, pero quien está viajando es usted. Un promedio de la
duración de este tipo de viaje ronda alrededor de los diez segundos. ¿Qué puede
usted hacer en ese tiempo? Depende. Si siente que el temor ha abandonado su
existir, puede usted disfrutar. Admirar el paisaje, consultar algo en la
pantalla de su celular, buscar algún objeto en la cartera. Si el temor lo
acompaña en el ascenso, lamento decirle que usted sufrirá. El trayecto se le
hará eterno, pero a la vez demasiado corto como para tomar decisiones. A medida
que se acerque hacia la parte más elevada de la escalera mecánica las formas
tenebrosas que lo persiguen en sus peores pesadillas aumentaran mil veces en
tamaño y en crueldad. Se verá usted succionado por la escalera y advertirá como
su cuerpo revienta y su sangre empapa a todos los presentes. Estos estallaran
en alegría y se burlaran de su trágico perecer. Usted estará perdido. Pero puede
que no. Puede que con temor o sin temor, usted logre llegar al final. Su
cerebro, continuando con su metódica labor, enviará un nuevo impulso para que,
muy cerca del borde filoso del mecanismo, levante uno de sus pies, luego el
otro, y acabe con su trayecto. Libertad. Es importante que en este punto no se
revuelque en los laureles, ya que, si viene alguien detrás suyo, puede llevárselo
por delante y arruinar un excelente ascenso.
Finalmente, quiero volver a destacar la importancia
del cerebro durante todo este proceso. No todos los cerebros son iguales.
Algunos tienen más luces, otros más penumbra. Lo importante de los cerebros es
no dejar que sean perezosos. Hay que entrenarlos. Puede hacerlo a través de la
lectura, de juegos de ingenio o de la meditación. Él necesita estar activo y
bien despierto para poder acompañarnos de la mejor manera posible en cada
situación de la vida, como tratar de descubrir una vacuna para salvar
millones de vidas, la realización de la
tarea de lengua o la tan arriesgada y subestimada acción de subir por una
escalera mecánica.