sábado, 25 de noviembre de 2017

Dedica siempre las mismas canciones

Iluminaba varios universos
con sus dos soles,
sus ojos eran el fuego eterno
nacido en la Creación.
Su risa era como el mar
y su voz como el viento
su existir rozaba la perfección,
pero en algo debía fallar.
Pasan los años,
las historias y los sueños;
distantes bocas estallan
al impactar con sus besos,
ella dedica siempre las mimas canciones
sin importar el lugar
sin pensar en el momento.
¿Será que hay canciones
que pueden decir todo
a diferentes personas?
¿Será que vive al amor
como a un solo amor
sin importar el objeto
que enciende su sentir?
Mi lado celoso
se le ríe en la cara.
Mi lado musical
la compadece.
¿Será que es tan feliz
que no tiene tiempo
de ampliar su espectro musical?
¿A caso su corazón
solo sabe latir al ritmo
de un número reducido
de melodías?
Qué aburrido bailar
con ella.


28/10/17

martes, 21 de noviembre de 2017

Instrucciones para subir una escalera mecánica


Alentado por la obra del gran Julio Cortázar, colmada de practicidad e intenciones de facilitar el andar diario de sus lectores,  y por numerosas experiencias vividas en espacios en los que es necesario el ascenso o descenso entre un piso y otro, me atrevo a la osadía de plasmar a la posteridad en este escrito la manera, según mi criterio, de hacer uso de una escalera mecánica de la forma menos odiosa, traumática y escandalosa posible. 
Todos alguna vez hemos deseado acabar con la existencia de alguna persona, es normal y digno de ser perdonado por divinidades supremas. Esa persona a la que dirigimos nuestras malas energías suele ser alguien que nos hizo mal, o que hirió a un ser que apreciamos. Alguien que vive fuera de las normas de la moral y de las buenas costumbres, como ladrones, representantes de deportistas y la mayoría de los  mozos que abren las puertas de los taxis en la terminal de Córdoba. Pero hay un grupo de personas que parecerían ser intocables en eso de estigmatizarlas a causa de su incorrecto accionar. Si usted leyó el enunciado que enmarca estas palabras, puede que ya se esté dando una idea. Sino, continué con la lectura y lo sabrá. Esas personas son aquellas a las que les cuesta desplazarse a través de escaleras mecánicas. Personas que frente a este medio de transporte de mínima distancia se bloquean y pierden el sentido de ubicación y recato. Inmovilizadas por el temor a ser succionadas por el mecanismo metálico, por el miedo a caerse y ser el hazmerreír del espacio -dígase shopping, terminal de ómnibus, aeropuerto, etc.-, se descontrolan y alteran el andar de aquellos para quienes una escalera mecánica no es más que lo que su nombre indica. Están también aquellos que, debido a experiencias ocurridas alguna vez en la realidad o en sus peores pesadillas, optan por simplemente omitir la existencia de la escalera. Para ambos grupos, y para todo aquel que quiera leer, van estas indicaciones.
Todos sabemos lo que es una escalera, su función y su anatomía. Conocemos nuestro cuerpo y su propia movilidad. De igual modo, no está de más mencionar algunos puntos importantes. Pies. La mayoría de las personas cuentan con dos. Uno izquierdo, otro derecho. Al caminar avanzamos primero con uno, y luego con el otro. Si lo hiciéramos con ambos, sería saltar, no caminar. Si no avanzamos con ninguno, estamos estáticos. Frente a una escalera mecánica, no son solo los pies lo que entran en juego. Pies, piernas, cintura, torso, brazos y cerebro. Este último, como en la mayoría de nuestras actividades, es fundamental. Usted no puede subir una escalera mecánica sin utilizar su cerebro. Es en él en donde se activa la orden que da inicio al correcto procedimiento de ascensión: ante la necesidad de desplazarse hacia un piso superior, demasiado superior, que no puede usted trepar por la pared o ascender de un salto, el cerebro enciende una señal que indica la presencia de la escalera. A través de la vista puede usted vislumbrarla y, luego de ubicarla, desde el cerebro un impulso nervioso se desplaza hasta los pies dando así comienzo al desplazamiento hacia el mecanismo de ascensión. El tiempo de caminata libre depende tanto de la distancia que lo separa de su objetivo, como de la velocidad que usted emplee para avanzar. Esta última depende de varios factores. Es lógico que en una terminal de colectivos, la velocidad de desplazamiento de los individuos hacia una escalera mecánica sea mayor que la de aquellos que utilizan un mismo aparato en las instalaciones de un shopping. Igualmente, la cantidad de obstáculos que se hallen entre usted y su destino, pueden hacerla aumentar o disminuir.
Una vez recorrida la distancia, su cerebro le indicará que es necesario hacer una pausa. En ella usted puede tomar aire, mirar la hora, acomodarse los pantalones, o lo que desee. El tiempo de pausa, también depende de la cantidad de individuos que, al igual que usted, fueron guiados por sus cerebros, a través de los pies, hacia la escalera. Aquí comienza la parte importante, por lo que le recomiendo que ponga total atención. Su gato puede ser acariciado más tarde y a su pareja no le vendría mal hacer silencio por algunos minutos. Lo que importa es superar su temor a las escaleras mecánicas, o prevenirlo, en el caso de que aún no haya sufrido tan cruel padecimiento. Luego de la fugaz pausa frente a los escalones que se desplazan es el momento de mostrar de que usted está hecho y cuan útil es su cerebro ante situaciones de extrema necesidad. Si este órgano o sistema funciona correctamente, lo que deberá suceder es lo siguiente: una orden eléctrica e invisible guiará sus ojos hacia el inicio de la escalera que no deja de moverse. En milésimas de segundo usted resolverá cual pie dará el primer paso, cual el segundo y cual será el escalón elegido. Sí, puede salir mal. Puede que justo cuando usted decide mover el pie, el escalón cambie y en vez de pisar firme y asentarse, su zapato, zapatilla o sandalia, choque contra el escalón metálico y lo haga caer sobre la superficie en movimiento. Esto puede ser catastrófico. Pero también puede salir bien. Si su cerebro funciona correctamente, y no es invadido por el pánico, y logra dar un paso seguro y certero, usted comenzará una especie de viaje cósmico en el que ascenderá sin la necesidad de mover los pies. Durante el trayecto de su travesía usted podrá apreciar diversos paisajes que parecieran estar en movimiento. Y lo están, pero quien está viajando es usted. Un promedio de la duración de este tipo de viaje ronda alrededor de los diez segundos. ¿Qué puede usted hacer en ese tiempo? Depende. Si siente que el temor ha abandonado su existir, puede usted disfrutar. Admirar el paisaje, consultar algo en la pantalla de su celular, buscar algún objeto en la cartera. Si el temor lo acompaña en el ascenso, lamento decirle que usted sufrirá. El trayecto se le hará eterno, pero a la vez demasiado corto como para tomar decisiones. A medida que se acerque hacia la parte más elevada de la escalera mecánica las formas tenebrosas que lo persiguen en sus peores pesadillas aumentaran mil veces en tamaño y en crueldad. Se verá usted succionado por la escalera y advertirá como su cuerpo revienta y su sangre empapa a todos los presentes. Estos estallaran en alegría y se burlaran de su trágico perecer. Usted estará perdido. Pero puede que no. Puede que con temor o sin temor, usted logre llegar al final. Su cerebro, continuando con su metódica labor, enviará un nuevo impulso para que, muy cerca del borde filoso del mecanismo, levante uno de sus pies, luego el otro, y acabe con su trayecto. Libertad. Es importante que en este punto no se revuelque en los laureles, ya que, si viene alguien detrás suyo, puede llevárselo por delante y arruinar un excelente ascenso.

Finalmente, quiero volver a destacar la importancia del cerebro durante todo este proceso. No todos los cerebros son iguales. Algunos tienen más luces, otros más penumbra. Lo importante de los cerebros es no dejar que sean perezosos. Hay que entrenarlos. Puede hacerlo a través de la lectura, de juegos de ingenio o de la meditación. Él necesita estar activo y bien despierto para poder acompañarnos de la mejor manera posible en cada situación de la vida, como tratar de descubrir una vacuna para salvar millones  de vidas, la realización de la tarea de lengua o la tan arriesgada y subestimada acción de subir por una escalera mecánica.      

sábado, 18 de noviembre de 2017

Nada, entonces

Ella sabía que la amaba, pero cada vez que podía desplegaba la bandera de la amistad. Solo para separar los tantos. Ella de a ratos me besaba, con su boca, sobre mi boca. Pero no quería nada más. A veces hacíamos tratos, pero su humanidad la obligaba a dejarlos sin efecto. Bajo el lema de la carne es débil y a vos te quiero lejos, jugaba a ser Dios y a marcar el camino. Yo la seguía, porque algunas migajas siempre resultan más que simplemente nada. Hasta que dije basta.
Cuando dije basta, pasé de ser el más tierno enamorado, a ese idiota que no entiende nada de la vida. Ese que solo busca lo que no puede tener y se da una y otra vez la cabeza contra la pared. Ese que ella quiere como amigo, pero que lo tiene ahí, por si en algún momento su existir se torna aburrido, o la calabaza se transforma en carroza. Ella se enoja porque él se enoja, siempre es así. Pero ella se enojaba primero cuando yo la quería demasiado, y se enoja ahora porque necesito alejarme. Ella no se enojaría si todo en el mundo resultase como ella desea. Ella es como todas.
Ella sabía que la amaba, por eso trataba de romper el cristal. Y lo rompió, pero no soportó el frío vendaval que se apoderó del cuarto al dejar sin protección a la ventana. Y me culpa por inseguro, y piensa que en realidad jamás la quise como dije quererla. Varias veces le advertí que este momento iba a llegar, pero prefería seguir creyéndose la codiciada Helena. Le dije que me perdió, pero no es verdad. Los dos perdimos el amor que habitaba en mi corazón y latía al ritmo de su nombre. A ella le gustaba que sea así de cursi. A ella le gustaba mucho sentirse así de querida, pero hubiese preferido que el portador de ese afecto sea cualquier otro menos yo. Prejuicios, creo que fue la palabra que ella usó. Yo pensé en superficialidad, estupidez, y algunas palabras así, pero no se lo dije.
Ojalá que esté llorando por mí en este momento. No gano nada por ello, pero creo que sería bueno para el cierre de esta historia. Hacía mucho que no pensaba en ella, pero hasta hoy no dejaba de volver. Ya no soportaba su incomprensión, su necesidad de hacer de cuenta que nada había pasado. Si no hay amor, que no haya nada entonces. Y no lo digo solo yo, está claro. Se fue cuestionando mis intenciones, como digna estudiante de la academia sofiísta.
Se fue golpeando y trabando puertas, rompiendo las luces y desparramando libros. No existe ninguna posibilidad de que sean suyas las últimas palabras. Quería dedicarle una última canción, contarle que tengo un gato al que bauticé Severus y desearle todo el amor del mundo, pero se fue.
El gusto fue mío.


18/11/17