martes, 11 de abril de 2017

Pelos de gato


I

Inevitable placer

mirarte mientras te envuelve el silencio.
Te robaste la paz del mundo
con tan solo existir. 
En mi interior estalla un abismo,
mientras respirás,
y siento que no resisto.
Resucito sin morir cuando tus ojos
me trasportan a donde solo vos estás.
Y yo floto, giro y me desangro 
mientras lentamente desaparezco
cegado por los resplandores abrasadores
que desde tus ojos me apuñalan.
Que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.

II


Inútil ansiedad que me incita a creer

que alguna vez entre tu pelo
mis dedos conoceran la gloria.
Señales luminosas desde tu espalda
me asaltan mutilando mi poca atención.
Todas las letras suenan iguales,
todas las caras me hablan con tu voz.
Que se caiga el techo, 
que me trague tu espalda. 
El tiempo se vuelve una estúpida tortuga
y yo solo pienso en tu cara (¿cama?)

III


No sé porqué, pero siento que debería abrazarte.

Ahora, mañana, desde la eternidad
hasta comprender el porqué del milagro de tu cara. 
De lo que sos, de lo que fuiste,
de la naturaleza de la inanimada mesa que nos separa.
No sé porqué, pero desde ayer que tu nombre me desarma.
Me asesina, me aplasta,
me enamora, me arrastra.
Me hinco ante el desquiciado dios
que se esconde en tu pelo
irradiando magia
encendiendo mi locura
obligandome a mirarte
haciéndome creer que sos todo
lo que nunca soñé,
lo que nunca quisiera perder.

IV


No existo cuando jugás con tu pelo.

Podría contemplarte mil años sin parpadear, 
sin advertir la presencia del mundo, 
haciendo fuerza para convertirme en aire, 
y así rozarte, envolverte y ayudarte a respirar.

VI

Entre pelos de gato y tipografías de plomo,
lo único que queda claro
aprovecho para repetir:
que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.

viernes, 7 de abril de 2017

La gente que vive adentro de mi cabeza

La gente que vive adentro de mi cabeza, se desplaza como si flotara. Pareciera que lentamente intenta de mí escaparse, alejarse, dejarme solo. Se creen capaces de violar el perímetro sensitivo que las aprisiona, que las resguarda de la maldad del mundo consciente. ¿Acaso hice algo mal, que ni siquiera soportan permanecer en mis recuerdos? No lo recuerdo, mis registros no resguardan errores que podrían comprometerme, eso es sabido por todos. ¿Cómo piden, entonces, que los deje ir? Es una necesidad, más que un deseo, torturarme cada noche con sus voces, con sus caras y con su boca que me habla y me besa y me grita palabras que solo ella sabe decir. Y estallan en mi cerebro, vomitando sus puntiagudos restos que bajan en cascada y se estrellan en mi corazón. La gente que vive adentro de mi cabeza festeja, coronándola a ella como la reina del carnaval en donde mi cordura se quema y se come a sí misma atragantándose con el fuego. El fuego de sus ojos que me alumbraba las noches, que incendiaba amaneceres y domingos de lluvia. Esa gente no entiende cuanto necesito recordar, cuanto necesito hundirme cada vez que me siento menos mal. ¿Quién dijo que la única manera de sentirse bien es estando bien? A veces el delirio, la decadencia y la autodestrucción son un extraordinario mecanismo de liberación. 
La gente que vive adentro de mi cabeza son fantasmas que se desplazan aleteando y desatando huracanes. Tienen forma de ojos, de bocas, de pájaros y de relojes. Son la marca que me dejó el tiempo de cada vez que morí sin dejar de respirar.