I
Inevitable placer
mirarte mientras te envuelve el silencio.
Te robaste la paz del mundo
con tan solo existir.
En mi interior estalla un abismo,
mientras respirás,
y siento que no resisto.
Resucito sin morir cuando tus ojos
me trasportan a donde solo vos estás.
Y yo floto, giro y me desangro
mientras lentamente desaparezco
cegado por los resplandores abrasadores
que desde tus ojos me apuñalan.
Que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.
II
Inútil ansiedad que me incita a creer
que alguna vez entre tu pelo
mis dedos conoceran la gloria.
Señales luminosas desde tu espalda
me asaltan mutilando mi poca atención.
Todas las letras suenan iguales,
todas las caras me hablan con tu voz.
Que se caiga el techo,
que me trague tu espalda.
El tiempo se vuelve una estúpida tortuga
y yo solo pienso en tu cara (¿cama?)
III
No sé porqué, pero siento que debería abrazarte.
Ahora, mañana, desde la eternidad
hasta comprender el porqué del milagro de tu cara.
De lo que sos, de lo que fuiste,
de la naturaleza de la inanimada mesa que nos separa.
No sé porqué, pero desde ayer que tu nombre me desarma.
Me asesina, me aplasta,
me enamora, me arrastra.
Me hinco ante el desquiciado dios
que se esconde en tu pelo
irradiando magia
encendiendo mi locura
obligandome a mirarte
haciéndome creer que sos todo
lo que nunca soñé,
lo que nunca quisiera perder.
IV
No existo cuando jugás con tu pelo.
Podría contemplarte mil años sin parpadear,
sin advertir la presencia del mundo,
haciendo fuerza para convertirme en aire,
y así rozarte, envolverte y ayudarte a respirar.
VI
Entre pelos de gato y tipografías de plomo,
lo único que queda claro
aprovecho para repetir:
que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario