Cerré los ojos y me dispuse a
dibujarte en mi mente. De tan ausente que estabas, al invocarte, el aire
inundaste descaradamente. Mediante trazos finos y distantes, algo parecido a tu
boca pude divisar. Sonreía, de esa manera tan tuya que de sólo mirarte ya me
hacía brillar. Temblaba, contemplaba el espacio de forma insana, surrealista,
imposible. Pero así sucedía. Así, tan mágico era el mundo cuando sonreías.
Fuiste luz, fuiste locura, fuiste
ese instante sin tiempo, que bajo las sabanas, conquistaba universos. Sin
vueltas, sin versos, fuiste mil estrellas en una, que de tanto brillar me
dejaron ciego. Aprendí a sentir, a verte a vos y a verme a mí sin necesidad de
espejos; me invadiste, trastornaste mi paso por este mundo. ¿Es preciso
agradecerte? Gracias. Gracias sol, gracias aire, gracias vida, por vivir y
acompañarme. Gracias por amarme, gracias por herirme, gracias por liberarme.
Gracias por desconfiar y por no engañarme. Si la tierra no quiso girar más, fue
quizás porque necesitaba otro sol. Porque a veces, tanto calor enferma. Te
agrieta la piel, te obliga a estornudar sin importar que estés solo o en una
primera cita. A veces el sol te excita, o brilla tanto, que te apaga. Te
eclipsa a la luna que tanto te inspira, matando millares de canciones, y tantas
o más poesías.
Sin mover mis manos, dibujé muy
adentro tus mejillas. Tu pelo, tu cuerpo entero mientras te movías. Así el
dibujo se convirtió en una película, y tu voz jadeante se apoderó de la acción.
Te movés como en sueños de noches perdidas que ya no puedo alcanzar. Noches que
dormido disfruto, pero que como dagas en los ojos se me clavan al despertar. Y
no hay consuelo, no hay osadía que derrita la distancia que hoy nos aparta. Ni
siquiera Ulises, con sus mejores ardides, podría engañar al tiempo, al
inconsciente e impenetrable tiempo, que deshoja florecientes eternidades que
jamás llegarán a madurar. Y de tanto dolor, casi no puedo mirarte. De a poco
sos una sombra que entre penumbras se mueve y me envuelve en el pernicioso
deseo de viajar en el tiempo y volver a equivocarme. En la cama, en la cocina,
en el techo, en el sillón, en la arena, en el parque. Equivocarme una y mil
veces más mientras volamos al cielo, mientras se hunden mitos y tragedias que,
cuando se ama, no son tan reales, ni tan importantes, como sí lo es el simple
hecho de elevarse. De cerrar los ojos, y enredados asirnos a la creencia de que
ese instante puede ser eterno. Confiar en que la coalición de nuestros cuerpos,
culmina mucho más allá de nuestras propias y ajenas existencias. Que no sólo
nuestros brazos y nuestras almas se aferran, sino que un concepto mayor al del
propio existir, naufraga sin tiempo, contra el viento, exigiéndole a la
eternidad mantener viva la osadía de no dejar de ser, de no dejar de fluir, de
no dejar de coexistir, aceptando y aprendiendo a convivir con la realidad de
que dentro de mi pecho, y en las paredes de mi mente, tu nombre siga siendo más
fuerte que mi capacidad de razonar, que mi necesidad de latir. Que cuando menos
te pienso, más te necesito; que cuando más te necesito, te busco, y siempre te
encuentro entre los escombros de la eternidad que dejamos a la mitad.
23/05/16

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