Esparcí tu sonrisa de nube por el
camino más largo por el que escapa mi desesperación. Caminé con los ojos en el
cielo a la espera de que alguna estrella parpadee en forma de señal. Tu nube
era dueña de todo. Encandilaba al cielo con la fuerza de cien soles y
desterraba tristezas añejas adormecidas por el fétido aroma de la desesperanza.
Encendí un cigarrillo y cerré los ojos. Ahí estabas. Resplandeciente entre
resplandores mágicos e irradiantes de vida. Brillabas y enceguecías oscuridades
tenebrosas qué, de no ser por tu luz, serían trágicas para mi existir. Siempre
me salvaste. Primero vos, después tu sonrisa, y al final tu adiós. No porque
quisiera librarme de tu presencia, sino por el presentimiento de que lo peor
podría suceder en cualquier momento. Sin consultar oráculos, tan sólo
mirándonos a los ojos, apocalípticos finales se podían ante el abismo
vislumbrar. Finales tuyos, finales míos, extinción del calor que por varios
inviernos supo darnos abrigo, generaron la impetuosa necesidad de patear el
tablero, aplastar las piezas que durante algún tiempo favorecieron el juego, y
escapar. Escapar a toda velocidad y sin mirar atrás hasta estar muy lejos,
hasta hallar una trinchera y desde ahí disparar. Te disparé con mi amor, con mi
arrepentimiento. Vos optaste, de vos, sacar lo peor. Tu elección fue buena, me
espantaste. Venciste. Me salvaste de nuevo.
Vivir libre o nada, es una virtud que
hoy enarbolo encabezando el ejercito que me defiende de miles de miradas que me
miran como me mirabas vos. De miles de cuerpos que me acorralan el alma como
tan sólo sabías hacerlo vos. Ante las acometidas no me acobardo, me defiendo de
mis instintos humanos y de todo lo que me hace recordarte. Incluso de mí mismo.
¿Existe algo en mí que no me haga recordarte? No. Nada. Soy vos, estás en mí.
Me toco y te toco. En el espejo te encuentro, con tu voz me hablo. Sos aire,
sos tiempo, sos espacio. Soy vos, a mí mismo ante el abismo me acorralo. Pero
no sucumbo. Vivir libre o nada es el destino del mundo, del mío, del
tuyo, del de los demás. No es una elección, es un designio, un derecho divino
que abarca desde los dominios de Zeus hasta los de Jehová. ¿Vale la pena
abandonar sin haberse enfrentado a los abismos más profundos del propio
existir? ¿Vale la pena olvidarte, y seguir, haciendo de cuenta que no existís?
No vale rendirse. No vale
escaparse. Ni siquiera estas palabras valdrían, si no tuvieran la fuerza y el
deseo de enfrentarte. De ahogarte adentro mío y entre recuerdos enterrarte.
Asesinarte de mi alma, es al mismo tiempo y de alguna manera, otra forma de
liberarte. Mi libertad vale tanto como la tuya, y si no se proyectan juntas, es
escaso el valor de las dos. Me quedo solamente con el recuerdo de tu sonrisa de
nube, adornada con gotas de lagrimas, del último día en el que te vi. Ese
abrazo, esa mirada. Ese beso cálido con sabor a libertad. Con sabor a vos. Con
sabor a nuevo comienzo.
30/04/16

No hay comentarios.:
Publicar un comentario