viernes, 27 de mayo de 2016

Vivir libre o nada

Esparcí tu sonrisa de nube por el camino más largo por el que escapa mi desesperación. Caminé con los ojos en el cielo a la espera de que alguna estrella parpadee en forma de señal. Tu nube era dueña de todo. Encandilaba al cielo con la fuerza de cien soles y desterraba tristezas añejas adormecidas por el fétido aroma de la desesperanza. Encendí un cigarrillo y cerré los ojos. Ahí estabas. Resplandeciente entre resplandores mágicos e irradiantes de vida. Brillabas y enceguecías oscuridades tenebrosas qué, de no ser por tu luz, serían trágicas para mi existir. Siempre me salvaste. Primero vos, después tu sonrisa, y al final tu adiós. No porque quisiera librarme de tu presencia, sino por el presentimiento de que lo peor podría suceder en cualquier momento. Sin consultar oráculos, tan sólo mirándonos a los ojos, apocalípticos finales se podían ante el abismo vislumbrar. Finales tuyos, finales míos, extinción del calor que por varios inviernos supo darnos abrigo, generaron la impetuosa necesidad de patear el tablero, aplastar las piezas que durante algún tiempo favorecieron el juego, y escapar. Escapar a toda velocidad y sin mirar atrás hasta estar muy lejos, hasta hallar una trinchera y desde ahí disparar. Te disparé con mi amor, con mi arrepentimiento. Vos optaste, de vos, sacar lo peor. Tu elección fue buena, me espantaste. Venciste. Me salvaste de nuevo.
Vivir libre o nada, es una virtud que hoy enarbolo encabezando el ejercito que me defiende de miles de miradas que me miran como me mirabas vos. De miles de cuerpos que me acorralan el alma como tan sólo sabías hacerlo vos. Ante las acometidas no me acobardo, me defiendo de mis instintos humanos y de todo lo que me hace recordarte. Incluso de mí mismo. ¿Existe algo en mí que no me haga recordarte? No. Nada. Soy vos, estás en mí. Me toco y te toco. En el espejo te encuentro, con tu voz me hablo. Sos aire, sos tiempo, sos espacio. Soy vos, a mí mismo ante el abismo me acorralo. Pero no sucumbo. Vivir libre o nada es el destino del mundo, del mío, del tuyo, del de los demás. No es una elección, es un designio, un derecho divino que abarca desde los dominios de Zeus hasta los de Jehová. ¿Vale la pena abandonar sin haberse enfrentado a los abismos más profundos del propio existir? ¿Vale la pena olvidarte, y seguir, haciendo de cuenta que no existís?
No vale rendirse. No vale escaparse. Ni siquiera estas palabras valdrían, si no tuvieran la fuerza y el deseo de enfrentarte. De ahogarte adentro mío y entre recuerdos enterrarte. Asesinarte de mi alma, es al mismo tiempo y de alguna manera, otra forma de liberarte. Mi libertad vale tanto como la tuya, y si no se proyectan juntas, es escaso el valor de las dos. Me quedo solamente con el recuerdo de tu sonrisa de nube, adornada con gotas de lagrimas, del último día en el que te vi. Ese abrazo, esa mirada. Ese beso cálido con sabor a libertad. Con sabor a vos. Con sabor a nuevo comienzo.

  30/04/16

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