lunes, 13 de marzo de 2017

La gente que espera

 La gente que espera, está en todas partes, pero sobre todo, abunda en las plazas. Las inunda con sus miradas que intentan ocultar el fastidio, la ansiedad, el temor. Tratan de parecer los seres más desinteresados del mundo, pero sus almas desesperan ante el tiempo que avanza indiferente a sus necesidades. Por sus mentes pasa la imagen de Penélope frente al telar, y suspiran resignados ante una sola pregunta: ¿cuánto tiempo más podré esperar? O peor aún: ¿cuánto tiempo hace que espero?
Después está la gente que no tiene a quien esperar, como yo. ¿Qué esperamos los que no esperamos ni nos esperan? El tiempo pasa igual que para todos; sentimos frío, calor, ganas de gritar. A veces tratamos de hacerle creer a los demás que estamos esperando a alguien que nunca llega. Ni llegará. Con solo mirar, identificamos inmediatamente a quienes están en nuestra situación. Nos miramos sin expresión, compadeciéndonos tanto del otro, como de nosotros mismos. ¿Cuánto tiempo hace que estamos esperando esperar o que nos esperen? Eso jamás lo pensamos, ya que el tiempo suele volverse en contra cuando intentamos volver a la realidad. ¿Qué esperamos de la realidad? ¿Qué espera la realidad de nosotros? Tenemos una historia, tenemos un camino, tenemos una vida... pero nos faltan respuestas para todas las preguntas que obviamos.
¿A quién espera Julieta, sentada en un banco de la ex plaza Vélez Sarfield, un jueves a las tres de la tarde? Se entretiene con palomas que revolotean buscando amistad con los pájaros que decoran su blusa. ¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida, desde hace años? ¿Les interesará? Ella las mira de a ratos, cuando su celular no le bloquea el mundo. No lo ve, los auriculares en sus orejas lo dejan mudo. ¿Es la espera, la causante de tanta indiferencia con el mundo? ¿O es el mundo mismo el que la obliga a esperar? Está tranquila, como si no tuviese prisa. Extraña cualidad a esa hora del día y en ese sector de la ciudad. Se me hace imposible adivinar su edad. ¿Tiene doce? ¿Tiene quince? ¿Tiene veintitrés? Sé que no viste a la moda, y que le resulta extraño estar frente a un extraño que de a ratos la mira, y de a ratos escribe. Quizás piense que la estoy dibujando, o que le estoy escribiendo una carta. Lo que no sabe, es que mirarla, a patadas, me conduce al pasado. Ese lugar, su forma de existir...
En un momento en el que dejó de mirarme, me puse de pie y me marché sin mirarla. Si me siguió con sus ojos, si me ignoró, no lo sabré nunca. El miedo se apoderó de mis pasos y los condujo a una velocidad por encima de lo normal. Avancé por Vélez Sarfield, crucé y me metí por Montevideo. ¿Era correcto escaparme de algo que no me estaba persiguiendo? Quizás ella venía detrás de mí... ¿qué era peor, que me esté siguiendo o que me haya dejado ir? ¿Dejado ir? Luego de una cuadra giré hacia Independencia. Decidí que era momento dejarla ir.

No volví a pensar en ella hasta treinta horas después, cuando me propuse ver que había escrito. En el último renglón decía: ¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida, desde hace años? ¿Les interesará? La gente que espera, ante la falta de esperanza, vuela. Se pierde, se escapa. Nunca sabemos de qué, pero escapamos. Y al estar a salvo, nos sentimos más vacíos que antes de huir.  

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