La gente que espera, está en todas partes, pero sobre todo, abunda
en las plazas. Las inunda con sus miradas que intentan ocultar el
fastidio, la ansiedad, el temor. Tratan de parecer los seres más
desinteresados del mundo, pero sus almas desesperan ante el tiempo
que avanza indiferente a sus necesidades. Por sus mentes pasa la
imagen de Penélope frente al telar, y suspiran resignados ante una
sola pregunta: ¿cuánto tiempo más podré esperar? O peor
aún: ¿cuánto tiempo hace que espero?
Después está la gente que no tiene a quien esperar, como yo. ¿Qué
esperamos los que no esperamos ni nos esperan? El tiempo pasa igual
que para todos; sentimos frío, calor, ganas de gritar. A veces
tratamos de hacerle creer a los demás que estamos esperando a
alguien que nunca llega. Ni llegará. Con solo mirar, identificamos
inmediatamente a quienes están en nuestra situación. Nos miramos
sin expresión, compadeciéndonos tanto del otro, como de nosotros
mismos. ¿Cuánto tiempo hace que estamos esperando esperar o que nos
esperen? Eso jamás lo pensamos, ya que el tiempo suele volverse en
contra cuando intentamos volver a la realidad. ¿Qué esperamos de la
realidad? ¿Qué espera la realidad de nosotros? Tenemos una
historia, tenemos un camino, tenemos una vida... pero nos faltan
respuestas para todas las preguntas que obviamos.
¿A quién espera Julieta, sentada en un banco de la ex plaza
Vélez Sarfield, un jueves a las tres de la tarde? Se entretiene con
palomas que revolotean buscando amistad con los pájaros que decoran
su blusa. ¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida,
desde hace años? ¿Les interesará? Ella las mira de a ratos, cuando
su celular no le bloquea el mundo. No lo ve, los auriculares en sus
orejas lo dejan mudo. ¿Es la espera, la causante de tanta
indiferencia con el mundo? ¿O es el mundo mismo el que la obliga a
esperar? Está tranquila, como si no tuviese prisa. Extraña cualidad
a esa hora del día y en ese sector de la ciudad. Se me hace
imposible adivinar su edad. ¿Tiene doce? ¿Tiene quince? ¿Tiene
veintitrés? Sé que no viste a la moda, y que le resulta extraño
estar frente a un extraño que de a ratos la mira, y de a ratos
escribe. Quizás piense que la estoy dibujando, o que le estoy
escribiendo una carta. Lo que no sabe, es que mirarla, a patadas, me
conduce al pasado. Ese lugar, su forma de existir...
En un momento en el que dejó de mirarme, me puse de pie y me marché
sin mirarla. Si me siguió con sus ojos, si me ignoró, no lo sabré
nunca. El miedo se apoderó de mis pasos y los condujo a una
velocidad por encima de lo normal. Avancé por Vélez Sarfield, crucé
y me metí por Montevideo. ¿Era correcto escaparme de algo que no me
estaba persiguiendo? Quizás ella venía detrás de mí... ¿qué era
peor, que me esté siguiendo o que me haya dejado ir? ¿Dejado ir?
Luego de una cuadra giré hacia Independencia. Decidí que era
momento dejarla ir.
No volví a pensar en ella hasta treinta horas después, cuando me
propuse ver que había escrito. En el último renglón decía:
¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida, desde
hace años? ¿Les interesará? La gente que espera, ante la falta
de esperanza, vuela. Se pierde, se escapa. Nunca sabemos de qué,
pero escapamos. Y al estar a salvo, nos sentimos más vacíos que
antes de huir.

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