Dilaté al máximo el
momento final del olvido, con la esperanza de que el mundo estalle, y yo en él,
para así partir hacia el más allá con el recuerdo de su mirada mejor. Que hoy
la odie, no es por mí. Es culpa del mundo.
El viento me trajo
hasta un sitio que nunca esperé visitar. Mucho menos habitar. Su ausencia me
acompañó hasta el último momento, viciando el aire de recuerdos grises que
fueron rojos en otras épocas. No fueron pocas las noches en las que el alma me
pesó más que el cuerpo, más que la vida. Noches en que su sonrisa china se
impregnó dentro de mis ojos, mientras con fuerza los cerraba intentando
apartarla. Más presión, más adentro me invadía. Y no era solo mi alma y su
risa. Se sumaba a mi agonía el peso muerto de su cuerpo rebosante de vida.
Grité, intenté escapar, pero solo el fin del mundo me dio la libertad.
El fin de un mundo
paralelo, que nadie percibió, que nadie más que a ella y a mí nos cambió la
vida. A veces los cambios no son tan grandes ni perceptibles, pero de alguna
manera se hacen notar. Hoy puedo mirar al futuro más que como a la pantalla de
un televisor. Hoy lo miro como a una hoja en blanco, en la que todo lo que se
va a escribir depende de mí. De mis ganas de llenar esa hoja, más que de
ilusiones y sueños que ni siquiera me eran propios.
Es julio 9 y el
mundo sigue girando. La libertad de mi pueblo es mi libertad también. Hoy no me
invade su risa china, y el peso muerto de su cuerpo descansa en un buen lugar.
Lejos de mi cama, dos metros debajo de mi indiferencia. Muy próximo a iniciar
su descomposición.
09-07-16
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