sábado, 7 de agosto de 2021

La pereza de los días soleados

 

Qué pereza con los días de sol. El sonido de los pájaros, la tibieza del sol… conspiración fatal que atenta contra el cotidiano desgano de una existencia sobrepasada. Y te das cuenta de que tu existir sobrepasó cuando no te faltan ganas de hacer ciertas cosas, pero igualmente te quedas sentado frente una pared esperando que llegue la hora de ir a dormir. Podría dormir ahora, o la mayor parte del día, pero los convencionalismos sociales indican que hacerlo a ciertas horas está bien, que es necesario. Pero que hacerlo fuera de lo establecido y en gran cantidad, es alarma de que algo malo sucede. Nadie mejor que uno mismo conoce sus propias alarmas. El problema está en cuando las dejamos sonar, las detenemos por un tiempo y seguimos en la que estábamos. Como esa alarma que suena a las siete de la mañana, una y otra vez, cada diez minutos, hasta el mediodía.

Los gatos trepan por el tejado, persiguen insectos, le maúllan a ese no sé qué que solo ellos ven. Cada uno le maúlla lo que tiene ganas, persigue y es perseguido por sus fantasmas y por sus anhelos. En silencio frente a la pared blanca ambos grupos se multiplican como un enjambre. Y de a ratos dan ganas de salir, aunque sea a caminar hasta la esquina más próxima y sentirse parte de la civilización. Pero la pereza de los días soleados conspira para solo llegar hasta la heladera y beber de a un sorbo de agua fría. De ahí al patio. Los árboles se mueven, el lavarropas contamina todo con su sonido infernal. Las ventanas de los edificios son ventanas a vidas inalcanzables y que tienen muy poca importancia. Imagino como me veré desde allá arriba, a través de los ojos de gente tan aburrida como yo. Bebo dos sorbos de café cargado y suspiro. El tiempo parece ir cada vez más lento cuando me enfrento a la hoja en blanco.

Dos días atrás me sentía diferente. Llegué a casa y lo primero que comenté fue que viajé al pasado, de nuevo. Esa misma noche miré la película “La máquina del tiempo”, basada en el libro de H. G. Wells. En ella el protagonista decide encerrarse durante cuatro años en su laboratorio a crear una máquina que lo ayude salvar la vida de su amada. Crea la máquina, la salva en un primer momento, pero después el universo sigue su curso. Mi viaje en el tiempo fue menos complicado, pero con exactamente el mismo resultado: el universo sabe por qué hace las cosas. Porqué arregla, porqué destruye, porque acomoda. Porque ni siquiera se inmuta ante los deseos de los enamorados, de los que creen que moviendo dos piezas en el tablero podrán salirse con la suya. Hace demasiado tiempo decidí no enfrentarlo y dejarlo ser. Ser en el tiempo, ser con el tiempo, simplemente ser.

Pero es en las tardes soleadas cuando todo tambalea, cuando pequeños monstruos asoman a la superficie con su guion de innecesarias preguntas. ¿Qué buscan? ¿Por qué se toman a modo tan personal las cuestiones humanas? Sí, viajé un toque al pasado, pero volví. Lo que encontré fue exactamente lo que me esperaba. Frialdad vestida de cordialidad. Silencios incomodos evacuados con frases poco interesantes. Y a pesar de ello, viajar está bueno. A ese pasado, a ese café, junto a ese otro ser tan perturbado como yo. Volvería, obviamente volvería una y otra vez sin esa mochila que inconscientemente me obligué a cargar cuando ese pasado era el presente más cercano y más sentido que tenía. Sé mucho sobre mochilas innecesarias que terminan desinflándose como si todo el peso que cargaban no fuese más que aire. Ahí la mochila se convierte en una manta que me recuerda que no tengo el corazón tan frío como creía tener, pero que tampoco es tan cálido como para dejarse proteger. El amor a veces es darse cuenta de que todo en este bendito universo tiene un porqué. Lo que nos duele, lo que nos disgusta, lo que nos ubica nuevamente en el camino a través de un empujón y varias lunas de silencios.

Qué pereza con los días de sol, con los gatos, con los viajes en el tiempo. Qué pereza con eso de extrañar.   


No hay comentarios.:

Publicar un comentario