Qué
pereza con los días de sol. El sonido de los pájaros, la tibieza del sol…
conspiración fatal que atenta contra el cotidiano desgano de una existencia
sobrepasada. Y te das cuenta de que tu existir sobrepasó cuando no te faltan
ganas de hacer ciertas cosas, pero igualmente te quedas sentado frente una
pared esperando que llegue la hora de ir a dormir. Podría dormir ahora, o la
mayor parte del día, pero los convencionalismos sociales indican que hacerlo a
ciertas horas está bien, que es necesario. Pero que hacerlo fuera de lo
establecido y en gran cantidad, es alarma de que algo malo sucede. Nadie mejor
que uno mismo conoce sus propias alarmas. El problema está en cuando las
dejamos sonar, las detenemos por un tiempo y seguimos en la que estábamos. Como
esa alarma que suena a las siete de la mañana, una y otra vez, cada diez
minutos, hasta el mediodía.
Los gatos
trepan por el tejado, persiguen insectos, le maúllan a ese no sé qué que solo
ellos ven. Cada uno le maúlla lo que tiene ganas, persigue y es perseguido por
sus fantasmas y por sus anhelos. En silencio frente a la pared blanca ambos
grupos se multiplican como un enjambre. Y de a ratos dan ganas de salir, aunque
sea a caminar hasta la esquina más próxima y sentirse parte de la civilización.
Pero la pereza de los días soleados conspira para solo llegar hasta la heladera
y beber de a un sorbo de agua fría. De ahí al patio. Los árboles se mueven, el
lavarropas contamina todo con su sonido infernal. Las ventanas de los edificios
son ventanas a vidas inalcanzables y que tienen muy poca importancia. Imagino como
me veré desde allá arriba, a través de los ojos de gente tan aburrida como yo. Bebo
dos sorbos de café cargado y suspiro. El tiempo parece ir cada vez más lento
cuando me enfrento a la hoja en blanco.
Dos días
atrás me sentía diferente. Llegué a casa y lo primero que comenté fue que viajé
al pasado, de nuevo. Esa misma noche miré la película “La máquina del tiempo”,
basada en el libro de H. G. Wells. En ella el protagonista decide encerrarse
durante cuatro años en su laboratorio a crear una máquina que lo ayude salvar
la vida de su amada. Crea la máquina, la salva en un primer momento, pero
después el universo sigue su curso. Mi viaje en el tiempo fue menos complicado,
pero con exactamente el mismo resultado: el universo sabe por qué hace las
cosas. Porqué arregla, porqué destruye, porque acomoda. Porque ni siquiera se
inmuta ante los deseos de los enamorados, de los que creen que moviendo dos
piezas en el tablero podrán salirse con la suya. Hace demasiado tiempo decidí
no enfrentarlo y dejarlo ser. Ser en el tiempo, ser con el tiempo, simplemente
ser.
Pero es
en las tardes soleadas cuando todo tambalea, cuando pequeños monstruos asoman a
la superficie con su guion de innecesarias preguntas. ¿Qué buscan? ¿Por qué se
toman a modo tan personal las cuestiones humanas? Sí, viajé un toque al pasado,
pero volví. Lo que encontré fue exactamente lo que me esperaba. Frialdad vestida
de cordialidad. Silencios incomodos evacuados con frases poco interesantes. Y a
pesar de ello, viajar está bueno. A ese pasado, a ese café, junto a ese otro
ser tan perturbado como yo. Volvería, obviamente volvería una y otra vez sin
esa mochila que inconscientemente me obligué a cargar cuando ese pasado era el
presente más cercano y más sentido que tenía. Sé mucho sobre mochilas
innecesarias que terminan desinflándose como si todo el peso que cargaban no
fuese más que aire. Ahí la mochila se convierte en una manta que me recuerda
que no tengo el corazón tan frío como creía tener, pero que tampoco es tan
cálido como para dejarse proteger. El amor a veces es darse cuenta de que todo
en este bendito universo tiene un porqué. Lo que nos duele, lo que nos
disgusta, lo que nos ubica nuevamente en el camino a través de un empujón y
varias lunas de silencios.
Qué
pereza con los días de sol, con los gatos, con los viajes en el tiempo. Qué pereza
con eso de extrañar.

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