sábado, 2 de enero de 2021

Dame un nombre


Acá pensaba escribir una descripción física, pero no me sale. Al mencionar cada parte el adjetivo “perfecto” se repetiría una y otra vez. Por eso mejor comenzaré por el principio, para darle tiempo a mi imaginación pensar algo y no ser tan redundante.

Me cuesta mucho elegir. Qué mirar en Netflix, qué libro leer, a quien decirle que sí. En esta última decisión estaba cuando el azar, el destino, o lo que sea, nos puso en el mismo camino. Una de las opciones me dijo que no, pero que había una posibilidad. Aposté todo lo que tenía a esa posibilidad. Y dije que sí.

Mientras esperaba me puse a pensar en que hacía demasiado tiempo que no tenía una cita a ciegas. La última salió muy mal, y después de esa ya no volví a interesarme en esa clase de actividad. Esa última fue ese tipo de citas en los que “la onda” es inexistente. En donde cada minuto es un suplicio y ninguno de los involucrados tiene el valor o la fuerza suficiente como para decir “hasta acá llegamos”. Y el final llega sin ser planeado, cuando ninguno se lo espera. Y nos salva.

Ahora que lo pienso, eso de arrancar con una descripción física me parece algo patético. Todo lo que siento desde el primer momento en el que la vi va mucho más allá de lo que mis estúpidos ojos pudieron apreciar. Así que me alegro de no haberlo podido lograr.

Todas las cosas buenas en mi vida, hasta hoy, llegaron tarde. Ella no podía ser la excepción. A pesar de la frialdad del comienzo y de lo rápido que se quitó la ropa, lo que siguió fue como acariciar el cielo. Saludo frío, un par de comentarios acerca de que no encontraba mi domicilio. Negociación y a la cama. Se me hace imposible no invocar la esplendorosidad de su cuerpo al recordarla de pie, junto a la cama, mientras se quitaba la ropa. Mientras lo hacía me dio un par de besos apurados, seguramente para cumplir con el guion tantas veces practicado. Le acaricié la espalda, le rodee la cintura. Casi que la rodeaba entera solo con mis manos. Sus formas llenaban la habitación, la ciudad y el universo. Era tan mágica y estaba tan cerca que llegué a temer verla esfumarse en el aire, como tantas veces me pasó en sueños. Como tantas veces sucede en la realidad.

Quince días después lo único que recuerdo es el hermoso revoltijo de su pelo, algo del movimiento de sus caderas, y un poco del roce de su espalda contra mi pecho. Pero solo eso. Pasaron corrientes, vendavales, grandes insignificancias que en este instante recuerdo con mayor majestuosidad. ¿Será solamente un problema mío o de todos los que la conocen? ¿Será que la vaciedad de ese mágico momento es tóxica para el recuerdo a través del paso del tiempo? “Dame un nombre”, le supliqué. “Soy vale”, respondió entre risas. Al menos el nombre le queda bien.

 

10/11/20

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