lunes, 12 de marzo de 2018

Un libro sobre el regazo



La miró decidido a gritarle en la cara todas aquellas cosas que por respeto había preferido guardarse. Ella las sabía de sobra, pero prefería creer que él no las sentía. La tomó  de las manos y le clavó los ojos en los de ella. Eran inmensos y poseían un brillo opaco que él había visto tantas veces y en tantas personas. Lo notó en ese instante, ya que siempre le había parecido que los de ella eran diferentes. Buscó algo único y especial que la diferencie del resto, pero no halló más que molestas similitudes con seres que ya había enterrado hacía siglos. Descubrió así, que su principal atractivo, era ser varias personas en una sola. Personas interesantes, pero repetidas una y otra vez a lo largo de su historia.
Este hecho podría haberle facilitado el impulso de decirle de una vez lo que realmente sentía, pero lo condicionó. Ella estaba ahí, en silencio, de espaldas al paredón esperando los impactos. ¿Debía ser él el verdugo? Supuso que ambos merecían algo mucho mejor, o por lo menos estaba seguro de que así era para él.
Con sus ojos es sus ojos y sus manos entrelazadas, acercó su boca y posó un cálido beso en la mejilla. Él sintió paz, ella como si le apoyaran una brasa en el rostro. Se soltaron, desviaron sus miradas, y cada uno caminó hacia una dirección diferente. Varios metros habían avanzado cuando ella volteó para verlo por última vez. Y ahí estaba, haciéndose cada vez más pequeño en la distancia. Ella pensó en las poesías, en las canciones y en esas palabras que solamente él podía decirle. Se sintió vacía, llena de preguntas y agobiada por la inmensa necesidad de que las cosas se hubiesen dado de otro modo. Pero era tarde, y se conformó con seguirlo con la mirada hasta que se perdió entre la gente.
Él avanzaba tranquilo, pero con decenas de frases atragantadas que le ardían en el pecho. ¿Por qué tenía que ser siempre tan comprensivo a la hora de los finales? Le hubiese gustado tener la capacidad de poder, aunque sea una vez, pagar con la misma moneda. Pero no estaba en su esencia, y por más que lo intentaba, seguía siendo el mismo estúpido que agradecía lo bueno, omitiendo lo que dolía, supuestamente, por el bien de todos. Mientras caminaba comprendió que ese todos al que tanto protegía, siempre lo había excluido. Todos salían medianamente ilesos, continuaban con sus vidas sin tanto dolor. A él siempre le costaba más, quizás por el hecho de ser siempre el que planeaba las despedidas.
¿Sería del todo desacertado girar sobre sus pasos y correr hacia donde ella estaba? La conocía tanto, que creía verla sentada en el mismo banco de siempre, con los auriculares en las orejas, un libro sobre el regazo y la vista perdida en algún punto invisible del Universo. Quizás no necesitaba hacerle mal, pero daría cien libros por verla así una vez más. Sin darse tiempo a pensar en otra cosa, giró y corrió a toda velocidad con el corazón en la boca y el temor de llegar demasiado tarde.
La ciudad pareció detenerse ante la beldad del anaranjado crepúsculo. La suave brisa, extrañamente de características oceánicas, le daba a la atmósfera la apariencia de un anacrónico sueño en el que se presagiaba una tragedia. Ella avanzaba despacio, sin tener presente hacia donde la guiaban sus pies. Su mente titubeaba, pero su corazón estaba al corriente de todo lo que acontecería. A cincuenta metros logró divisar el banco. Su banco. En el que se sentaba cuando estaba contenta, cuando estaba triste, o cuando no sabía cómo se sentía. En ese instante la asolaban los últimos dos estados. Congoja, pero al mismo tiempo desconcierto. Estaba al tanto que una despedida a tiempo evitaba mayores padecimientos, pero… que pudiera ser peor, eso no me arregla,eso no me arregla a mí*, canturreó una vocecita dentro de su cabeza. Y vaya que ese adiós no parecía arreglar nada, sino todo lo contrario. Dos almas que intentaban acercarse, de un momento a otro se habían convertido en dos almas partidas en cientos de pedazos que luchaban por no extinguirse. Ella en una dirección, él en la otra. Separados, pero ambos huyendo de un destino que podría o no ser lo que alguna vez juntos habían planeado.
Llegó al banco y se sentó. Se puso los auriculares y posó el libro sobre el regazo. ¿Cuántas veces lo había esperado allí, en pose similar y rodeada por las mismas dudas que ahora la azotaban? Aunque el flagelo propiamente dicho ya había acabado y ahora solo quedaba el dolor de esas heridas que, seguramente, tardarían mucho tiempo en sanar. Decidió no abrir el libro ni encender la música. Simplemente soltó la mirada y la dejo que se perdiese en donde esta tuviese ganas. Necesitaba dejar que pasara el tiempo. Un anciano de aspecto harapiento se sentó a su lado, pero ella ni lo notó.
A casi una cuadra, él distinguió el banco solitario. Quizás ella había tomado otro camino, o había elegido otro banco, o simplemente se había ido a continuar con su vida. Aminoró la carrera hasta caminar a velocidad algo apresurada. A cincuenta metros, vio como un anciano andrajoso se sentaba en uno de los extremos del banco. Disminuyó aún más la velocidad de los pasos, hasta que estuvo de pie frente al hombre. Este levantó la vista y le sonrió.
_ Disculpe… señor. Estoy buscando a mi… amiga. Josefina. Creo que venía hacia este banco.
_ Josefina… -dijo el hombre.
_ ¿Me habla a mí? –preguntó ella sorprendida, volviendo a la realidad.
_ Sí, Josefina –repitió él- Estábamos juntos, y la perdí.
_ ¿Josefina está triste? –preguntó el hombre sin mirar a nadie en particular.
_ ¿Tanto se me nota? –quiso saber ella.
_ Sí, puede ser. ¿Usted la vio? –inquirió él.
_ ¿Usted no la vio? –preguntó el hombre.
_ ¿A quién? ¿A la tristeza? No la veo, pero la siento. Cada vez menos, pero la siento.
_ La vi, estábamos juntos, pero nos despedimos, y creí que vendría hasta acá. ¿Me puede ayudar?
_ Yo puedo ayudar, pero… ¿no es mejor dejar las cosas como están? –preguntó el hombre poniéndose de pie, mientras le hacía una seña a él para que se siente.
El hombre estaba de pie frente a ellos, que no podían verse, pero que se sentían. Sentían sus perfumes, el aroma natural de sus cuerpos y esa sensación de frío que se siente ante algo que no tiene solución. A su vez, algo cálido había en el aire, a la izquierda de ella y a la derecha de él. Ambos miraron hacia esos costados, y por una fracción de segundo pudieron verse reflejados en los ojos del otro. En ese instante supieron que jamás volverían a verse, y que eso sería lo mejor. Para todos, para siempre.
Luego de un profundo suspiro, él se puso de pie, avanzó hacia la calle y frenó un taxi. Jamás volvió a pasar por ese banco. Josefina sonrió mientras una cálida lágrima se deslizaba por su mejilla. Suspiró cansadamente, disponiéndose a comenzar a leer el libro que hacía tanto tiempo reposaba en su regazo.

Laguna Larga, 12/03/18


No hay comentarios.:

Publicar un comentario