sábado, 9 de septiembre de 2017

Too much love will kill you

Cuántas cosas dejamos de lado por amor. La mayoría de las veces son muchas más que las que obtenemos. Y sí, escribo desde el punto de vista de un loser. ¿Desde que otro lugar podría hacerlo? Mi vida amorosa podría ser digna de un especial de noche de brujas de Los Simpsons, o formar parte de la saga de Destino Final. Y no es por darle a mis tragedias más importancia de la que merecen, pero así las siento. Supongo que todo el mundo creerá que sus dolores son los mayores, los más sufridos, los únicos que merecerían haber sido eternizados por Shakespeare. Yo no creo tanto así, pero sobre mí es sobre quien más conozco, por eso lo cuento así.
Tampoco quiero hacerle creer al mundo que he sido un gran amador. Con los dedos de una mano puedo contar el número de personas que han llegado a lo profundo de mi corazón (cursi). Y tampoco es que calaron tan hondo, solamente lo suficiente como para viajar sin escala a una zona de placentero olvido. Desde el fondo del pozo sus nombres me saludan, sonrientes añorando por los buenos tiempos. Buenos son los sándwiches, los libros que te incitan al desvelo, las sonrisas fugases de desconocidos que te alegran el día. El tiempo es tiempo, y si vuelve en forma de añoranza, es preciso recordar porqué hoy está en el fondo del pozo.  
Amé mucho, pero no tanto como otros. En realidad jamás me interesó eso de medir el afecto y las emociones. Cuando algo llega, de la manera en que sea, será ni más ni menos que lo que es. Extraño, pero lógico. El amor es amor en cualquiera de sus formas. La intensidad con que la persona sea capaz de sentirlo y/o expresarlo es un factor aparte. Quienes han sufrido, tienden a levantar impenetrables y molestas murallas en defensa del futuro, utilizando como cimientos al malvado pasado que las destruyó como principal materia. Y acá la lógica se extingue, y el amor es una mierda suena como el mantra de sus existencias. ¿Por qué culpar al amor cuando el que te hizo llorar fue un mortal tan estúpido y humano como vos? Gran parte de ese dolor corresponde a nuestra capacidad para elegir.  No elegir a quien querer, porque si fuera así el sufrimiento no existiría. Pero sí elegir en dónde buscar. Igualmente, saber elegir el lugar correcto no nos asegura la imposibilidad de hallar justo la manzana podrida del cajón. Y lamentablemente no existen cajones sin frutas podridas. Es cuestión de elegir el cajón, tratar de no sacar la podrida y, si lo conseguimos, que sea a tiempo y que las demás no estén tan contaminadas. Es todo un tema eso de elegir. Y de querer.
La soledad es otro asunto con el que estoy bastante familiarizado y del cual ampliaré en otra ocasión. Ahora solo diré que, según mi entender, esta posee dos caras. La primera es esa que tiene que ver con la libertad. Estoy solo, hago lo que quiero. Y la otra, con la prisión y el martirio. Estoy solo, ¿qué hago con mi vida? En la historia del mundo ha habido soledades inmensas que llegaron a asesinar a sus víctimas. Pero el amor también supo ponerse la máscara del verdugo y convirtió un simple latir acelerado de un pobre corazón en carne para ataúd. En forma de abandono, de desarraigo y de suicidio, el amor en exceso se cobró más víctimas que Sarmiento en sus campañas mata indios. Te lo canta Arjona, La Beriso y María Elena Walsh. Las palabras de Brian May, en la majestuosa voz de Freddie Mercury, te lo dicen sin rodeos, para que no necesites de traductores ni de intérpretes mágicos. Demasiado amor te matará. Ya sea del bueno, o del malo, si es que puede subdividirse en estas categorías. Amar, mientras haga bien. Olvidar, dar un paso al costado, como el bueno de Rohán en la novela de Quiroga, antes de que la cosa sea excesivamente turbia. No tratar de derribar muros. Busquemos puertas, ventanas, errores de edificación. Si no hay nada de eso, en mi caso, recurro a mi salvadora biblioteca y busco algo entretenido para leer. Siempre es mejor invertir tiempo en la lectura, antes que perderlo en morir de amor.


07/09/17

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