Cuántas cosas dejamos de lado por amor. La mayoría de
las veces son muchas más que las que obtenemos. Y sí, escribo desde el punto de
vista de un loser. ¿Desde que otro lugar podría hacerlo? Mi vida amorosa podría
ser digna de un especial de noche de brujas de Los Simpsons, o formar parte de
la saga de Destino Final. Y no es por darle a mis tragedias más importancia de
la que merecen, pero así las siento. Supongo que todo el mundo creerá que sus
dolores son los mayores, los más sufridos, los únicos que merecerían haber sido
eternizados por Shakespeare. Yo no creo tanto así, pero sobre mí es sobre quien
más conozco, por eso lo cuento así.
Tampoco quiero hacerle creer al mundo que he sido un
gran amador. Con los dedos de una mano puedo contar el número de personas que
han llegado a lo profundo de mi corazón (cursi).
Y tampoco es que calaron tan hondo, solamente lo suficiente como para viajar
sin escala a una zona de placentero olvido. Desde el fondo del pozo sus nombres
me saludan, sonrientes añorando por los buenos tiempos. Buenos son los sándwiches,
los libros que te incitan al desvelo, las sonrisas fugases de desconocidos que
te alegran el día. El tiempo es tiempo, y si vuelve en forma de añoranza, es
preciso recordar porqué hoy está en el fondo del pozo.
Amé mucho, pero no tanto como otros. En realidad jamás
me interesó eso de medir el afecto y las emociones. Cuando algo llega, de la
manera en que sea, será ni más ni menos que lo que es. Extraño, pero lógico. El
amor es amor en cualquiera de sus formas. La intensidad con que la persona sea
capaz de sentirlo y/o expresarlo es un factor aparte. Quienes han sufrido,
tienden a levantar impenetrables y molestas murallas en defensa del futuro,
utilizando como cimientos al malvado pasado que las destruyó como principal
materia. Y acá la lógica se extingue, y el
amor es una mierda suena como el mantra de sus existencias. ¿Por qué culpar
al amor cuando el que te hizo llorar fue un mortal tan estúpido y humano como
vos? Gran parte de ese dolor corresponde a nuestra capacidad para elegir. No elegir a quien querer, porque si fuera así
el sufrimiento no existiría. Pero sí elegir en dónde buscar. Igualmente, saber
elegir el lugar correcto no nos asegura la imposibilidad de hallar justo la
manzana podrida del cajón. Y lamentablemente no existen cajones sin frutas
podridas. Es cuestión de elegir el cajón, tratar de no sacar la podrida y, si
lo conseguimos, que sea a tiempo y que las demás no estén tan contaminadas. Es
todo un tema eso de elegir. Y de querer.
La soledad es otro asunto con el que estoy bastante
familiarizado y del cual ampliaré en otra ocasión. Ahora solo diré que, según
mi entender, esta posee dos caras. La primera es esa que tiene que ver con la
libertad. Estoy solo, hago lo que quiero.
Y la otra, con la prisión y el martirio. Estoy
solo, ¿qué hago con mi vida? En la historia del mundo ha habido soledades
inmensas que llegaron a asesinar a sus víctimas. Pero el amor también supo
ponerse la máscara del verdugo y convirtió un simple latir acelerado de un
pobre corazón en carne para ataúd. En forma de abandono, de desarraigo y de
suicidio, el amor en exceso se cobró más víctimas que Sarmiento en sus campañas
mata indios. Te lo canta Arjona, La Beriso y María Elena Walsh. Las palabras de
Brian May, en la majestuosa voz de Freddie Mercury, te lo dicen sin rodeos,
para que no necesites de traductores ni de intérpretes mágicos. Demasiado amor te matará. Ya sea del bueno, o del malo, si es que puede subdividirse
en estas categorías. Amar, mientras haga bien. Olvidar, dar un paso al costado,
como el bueno de Rohán en la novela de Quiroga, antes de que la cosa sea
excesivamente turbia. No tratar de derribar muros. Busquemos puertas, ventanas,
errores de edificación. Si no hay nada de eso, en mi caso, recurro a mi
salvadora biblioteca y busco algo entretenido para leer. Siempre es mejor
invertir tiempo en la lectura, antes que perderlo en morir de amor.
07/09/17
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