La naturaleza es inmensa. Va más allá de unicornios y
de flores. Están las rocas, tan útiles para los enamorados de la antigüedad que
no contaban con Whatsapp para avisarle a sus doncellas que aguardaban frene a
su balcón. Está el fuego, tan natural como el viento, que hierbe el agua que se
utilizará para preparar la tan compartida infusión llamada mate, y que tanto
espanta a algunos extranjeros. Y están los tomates. Hablar de ellos, merece párrafo
aparte.
La primera definición que nos brinda la Real Academia
Española sobre el tomate, es la siguiente: Baya
roja, fruto de la tomatera, de superficie lisa y brillante, en cuya pulpa hay
numerosas semillas algo aplastadas y amarillas. Esto, dicho en términos más
coloquiales, sería que un tomate es una fruta roja, con piel y cosas en su
interior. Aunque intelectuales de diversas organizaciones mundiales dispongan
todos sus recursos y su entrega en desmentirlo, la realidad es apabullante. Los
tomates se parecen a los seres humanos más de lo que muchos quisieran. Las
pruebas son contundentes y definitivas, no existe duda cuando se habla de la
tomaticidad del ser humano.
Elegir una parcela, limpiarla, ararla, arrojar las
semillas. ¿No es así como todos comenzamos? Los primeros brotes son los más
importantes, pero no por ello debemos descuidar el resto del proceso. Los
tomates crecen brillantes e inmensos, a veces. Sí es así, corren el riesgo de
todo lo que pertenece al mundo humano: caer por su propio peso. Ahí es cuando
debemos reforzar las defensas, tanto las de nuestro cuerpo, como las del
entorno que construimos.
No todos los humanos son buenos en el placentero arte
de cultivar tomates. A algunos les cuesta más, o se contentan con papas y
naranjas que hallan en el camino. Para ellos las cosas parecieran ser más
sencillas, pero no es así. Una vida sin arte es como un tomate vacío,
redondeado por el aire viciado de unos pulmones que jamás supieron respirar.
Una papa no es un tomate. Una naranja, tampoco lo es. ¿Qué es un tomate?, me
pregunto después de comprender que no comprendo casi nada de lo que escribí
hasta acá.
El tomate y la humanidad, la humanidad tomatosa del
ser y su concreto significado existencialista abarcan etapas desconocidas
incluso por las primeras semillas que el viento arrastro hasta Europa siglos
antes de la colonización. Que el cultivo propiamente dicho no se haya realizado
hasta luego del tercer cónclave marciano fue una cuestión puramente estratégica
del inconsciente colectivo católico tan propio de su dogma como las Cruzadas y
la Inquisición. Concretas evidencias
reflejan el real y efímero significado de la materialización del tomate como
complemento humano propiamente dicho y a las actividades que estos realizan con
o sin el beneplácito conocimiento de su accionar.
Un tomate es una sonrisa, una mirada de esas que
ocasionan colisiones intergalácticas. Es ese rubor que sube cuando faltan las
palabras, después de sentir ese fuego que quema sin llamas. Aunque la tomatera
no se haga cargo, aunque el fuego sea tan débil que muera en no más que
palabras. Por suerte no es del todo necesario cocinar al tomate. Pero no es esa
la finalidad de lo que estaba escribiendo.
O sí, ¿quién sabe? Todo puede surgir o desvanecerse cuando un par de
bayas rojas intercede en el andar de dos seres que solo quieren comer fritatas
y hablar de muertes y de libros y de cosas que alguna vez ocurrieron y que
desean que jamás vuelvan a suceder. Pensamientos acerca del tiempo de gestación
de los elefantes o sobre la veracidad de la llegada del hombre a la luna,
quedan obsoletos ante la indescriptible majestuosidad de esos ojos que iluminan
eternos y prodigiosos campos tomatosos. Y el campo es su sonrisa, su historia,
sus secretos, su forma de caminar. Es su magia, en definitiva, tan poderosa,
que ha logrado convertir la simple existencia de un tomate en una
grandilocuente y confusa declaración de amor. Amor por los tomates.
07/09/17

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