Belén y la música. Belén y el pan casero. Belén y el
mate y el termo y la ventana que me avisa que el sol se está muriendo. ¿Cómo se
verá al dormir? ¿Cómo se verá al despertar? No es constante, pero cuando
aparece su presencia desbarata emocionalmente mi pobre existir. Ella no sabe
que existo. Lo sabe, pero no hay nada que ignore más que mis pensamientos hacia
ella. De a ratos el amor que siento hacia su persona es más fuerte que todo lo
que sentí hasta hoy, pero solo de a ratos. La mayor parte del tiempo no existe.
O existe, pero del mismo modo en que existo para ella.
Belén y Shakespeare y Ovidio y los sintagmas. Hace
meses que mis ojos no se maravillan con su andar. ¿Será que acaso se pregunta
por ese ser con el que cada tanto se cruzaba? ¿Me busca? ¿Transitará los mismos
caminos esperando encontrarme? No sé qué desayuna, ni a qué hora prefiere
almorzar. Tengo entendido que hablamos el mismo idioma, pero no logro recordar
como sonaba su voz. Belén, su nombre, y esa sonrisa dormida que me deslumbra
cada tanto en los mejores sueños, son algo que aunque quiera, o no, me
acompañan cada vez que un rayo de sol me pega en la cara. Su pelo, el rubio
natural y el negro artificial que la destacan del resto de los mortales. Sus
ojos claros, ella en su total plenitud. Plenitud. ¿Qué la hará sentir bien?
¿Qué cosas la harán llorar?
Acepto con total hidalguía el hecho de saber que jamás
sabré cuál es su color favorito, o el nombre de su primera mascota. Acepto
adorarla como a la diosa que es, como a la musa que le da sentido a los más
sentidos versos. Acepto qué, antes que
nada, mi mayor necesidad es su existir y esta distancia. ¿Sería tan ideal si
supiera mi nombre, si conociera sus secretos, si compartiéramos algo más que
esta silenciosa pasión? Porque una pasión no necesita de los besos ni del calor
de dos cuerpos pereciendo tras el abrazo que los aleja. No necesita más que
latidos, misterio, y la promesa de que el encuentro puede ser tan real como
jamás existir.
03/08/17
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