Que todo está escrito, que nada es casual. Que el
universo trazó un camino que se extiende desde la nada hacia el infinito. No lo
inventé yo, ni Coelho, ni el Papa Francisco. No lo leí en tus ojos ni me lo
transmitiste a través del inconsciente en una de esas tantas madrugadas en las
que te sueño. Que todo está escrito, que nada es casual, es una clásica excusa
que los tontos usamos para tratar de explicar lo que no entendemos y para
excusarnos ante el vacío luego de haber sido derrotados. Es una salida, una
coartada, un escudo. Algo de tontos.
Los días pasan y más me convenzo de que aquello que creía
que tardaría siglos en pasar, está pasando. Los astros conspiran para que el
resplandor de la luna se materialice tras mi ventana cada noche. Aparecés en
forma de lechuza. Alas, plumas y unos ojos inmensos sintetizan el porqué de mi
paso por el mundo. Todo tiene sentido cuando reposo mis latidos en la suavidad
y en la fuerza de tus alas, cuando apago las luces de mis ojos y me dejo arrastrar
por la envolvente corriente de palabras carentes de sentido y de amabilidad que
desplegás como muestrario del inmenso miedo que te provoca el hecho de sentir.
Y no es que me crea experto en el arte de tus sentidos, pero a veces necesito
darle explicación a ciertas cosas que no comprendo del todo para seguir
avanzando. Porque al final de cuentas, solo de eso se trata vivir: seguir
avanzando sin detenerse tanto a pensar ni a mirar para atrás. Ni enloquecer
pensando en lo que pasara adelante.
El día me encontró vivo, destruido, pero vivo. La
tonta niña cursi que te invade, cuando no dispara, genera luz. Luz sin
estruendo, luz con calor. Luz que me asesina la cordura y obliga a mis brazos a
experimentar la devastadora necesidad de abrazar. Y abrazan. Almohadas, árboles, mascotas y botellas. ¿Qué te encuentro en cada cosa que abrazo?
Imposible, además de super cursi. Te encontré una vez, en el aire, en la luz, y
fue definitivo. Te llame por uno de los nombres que mejor te queda, H.G., pero
nada mágico sucedió. Pasaron estaciones, personas y libros. Decenas de libros
que me obligaron enfocar mi desvalida atención en otros focos. Focos claros,
oscuros, quemados. Pero Hermione me sacudió por los hombros y me devolvió al
camino.
Hoy formás parte del club, como tantos otros seres
-reales o ficticios- que llenan páginas con palabras confusas, trágicas y
cargadas de ese estúpido romanticismo que me avergüenza frente a los más
valientes héroes griegos. No es que me crea parte de su grupo, pero no puedo
evitar soñar con sus rostros burlones ante mis tontas metáforas románticas. Vos
sos la TNC, no yo.
Siempre es difícil cerrar un texto. Y más aún cuando
en él lo único que se buscó fue decir cosas sin decirlas realmente. El blanco
se vuelve fuego cuando las palabras se niegan a ser escritas. Corazones,
cuchillos, dementores. Paseos, colectivos, libros trágicos. Cancelaciones,
Patronus, una banda que nunca fue. Tonta niña cursi, otro tonto escribe por
vos.
J
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