Cataratas vacías inundan senderos
corruptos por los que alguna vez destellos de vida se confundieron con rayos
del mismísimo sol. En medio de tanta quietud, los recuerdos se aceleran y
quebrantan sepulcrales días que se ocultan tras la bruma de aquello que jamás
llegará a ser. Se me acaba el mate, el tiempo, la vida, y no desisto de la
esperanza de verla volver algún día. Mis sueños son suyos, varias horas del día
también. Estoy al borde del abismo de resignación que me obliga a aceptar su presencia
como a la de un fantasma que jamás va a dejar de atormentarme con recuerdos de
tiempos mejores y con el baño de presente, que más que un baño es una lluvia de
vómito que me grita en la cara que las cosas son como son porque no supe hacer
lo que tenía que hacer. ¿Cuánta de esa culpa es mía? ¿Cuánta de esa culpa voy a
cargar por el resto de mis días? ¿Cuántas veces más estas palabras sin sentido
se apoderarán de mi existir, entregándome atado a un frío que solamente a su
lado llegué a sentir? Hoy estoy convencido de que la enfermedad es mucho menos
grave que la cura. Que en realidad, no hay tal cura. Y que como con un tercer
ojo, o un sexto dedo en la mano derecha, esa historia durante varios siglos me
acompañará. Será parte de mí, y yo de ella. Tomados de la mano descenderemos al
infierno y ahí nos calcinaremos, y desde ahí volveremos a renacer. Y desde
ahí... hasta ahí. Venimos del polvo y acabaremos siendo ceniza. Como al
principio seremos rehenes de la brisa, y ella nuestro destino marcará. ¡Oh, viento!
¡Que tu soplido en huracán se convierta y me aleje para siempre de aquella que
supo ser mi estrella! Que no quede ningún rastro de su mirada para alimentar
mi pena. Que tan solo en olvido se convierta mi abismal tristeza. Que se acabe
el dolor, que su risa de mi alma desaparezca. Que vuele, y me permita
volver a volar. Sin culpas, sin excusas, sin alas. Libre, sin su cuerpo, sin su
recuerdo, sin ella.
03-09-16

No hay comentarios.:
Publicar un comentario