viernes, 9 de diciembre de 2016

Noches cobardes


En noches cobardes que me incitan a recordarla, escapo de su risa, que desde el cielo sonríe distante. Despliega sus alas y velozmente desciende hacia el abismo del que intento huir. Su llegada convierte en tortura al simple infortunio que padezco como antesala del fin. Mis buenas intenciones caducan frente a su descomunal artillería de venganza. Mis estrategias no tienen forma, no tienen cara. Su risa es el vil instrumento del destino que el pasado utiliza para cobrarse partidas en las que aposté todo sabiendo que lo único que conseguiría serían toneladas de nada. Porque ni siquiera era un vacío para llenar. Era nada, abismal y cruelmente nada. Esa que al mismo tiempo puede ser el fuego que te quema y el hielo que te congela. El aire que te falta, el abismo que te espanta, ese reflejo que a través del espejo te dice que estás muerto y que ya no vale resucitar. Que no tiene sentido.
Ella gira sobre mi cabeza. Del movimiento de sus alas surgen huracanes que elevan mis penas hasta el firmamento que me castiga. Soy mi propia victima, el victimario de las horas que cada noche me aniquilan apuñalando cada espacio de mi ser con caricias de besos de esa boca que cuando reía me hacía creer en mí. Y en ella. E introducía en mi alma la necesidad de nunca jamás dejarla ir. Estaba todo planeado de antemano. El amor, la desdicha, el huracán, la ausencia de su risa. Esta noche tenebrosa que se repetirá hasta el fin de mis días como acreedora de todos los sueños que enterré esa tarde en la que le dije adiós. Esa tarde en qué, con la excusa de pensar en mí, olvidé completamente mi propio existir. Y me quedé en la tierra. Hundiéndome y pensando en ella, mientras el verdugo infinito del tiempo programaba su agenda para nunca más dejarme de torturar con la imagen de su espalda dejándome atrás. ¿En qué pensaba ella mientras se marchaba? ¿En que pensaba yo cuando la dejé ir?      


02/10/16

No hay comentarios.:

Publicar un comentario