En noches cobardes que me incitan a
recordarla, escapo de su risa, que desde el cielo sonríe distante. Despliega
sus alas y velozmente desciende hacia el abismo del que intento huir. Su
llegada convierte en tortura al simple infortunio que padezco como antesala del
fin. Mis buenas intenciones caducan frente a su descomunal artillería de
venganza. Mis estrategias no tienen forma, no tienen cara. Su risa es el vil
instrumento del destino que el pasado utiliza para cobrarse partidas en las que
aposté todo sabiendo que lo único que conseguiría serían toneladas de nada.
Porque ni siquiera era un vacío para llenar. Era nada, abismal y cruelmente
nada. Esa que al mismo tiempo puede ser el fuego que te quema y el hielo que te
congela. El aire que te falta, el abismo que te espanta, ese reflejo que a
través del espejo te dice que estás muerto y que ya no vale resucitar. Que no
tiene sentido.
Ella gira sobre mi
cabeza. Del movimiento de sus alas surgen huracanes que elevan mis penas hasta
el firmamento que me castiga. Soy mi propia victima, el victimario de las horas
que cada noche me aniquilan apuñalando cada espacio de mi ser con caricias de
besos de esa boca que cuando reía me hacía creer en mí. Y en ella. E introducía
en mi alma la necesidad de nunca jamás dejarla ir. Estaba todo planeado de
antemano. El amor, la desdicha, el huracán, la ausencia de su risa. Esta noche
tenebrosa que se repetirá hasta el fin de mis días como acreedora de todos los
sueños que enterré esa tarde en la que le dije adiós. Esa tarde en qué, con la
excusa de pensar en mí, olvidé completamente mi propio existir. Y me quedé en
la tierra. Hundiéndome y pensando en ella, mientras el verdugo infinito del
tiempo programaba su agenda para nunca más dejarme de torturar con la imagen de
su espalda dejándome atrás. ¿En qué pensaba ella mientras se marchaba? ¿En que
pensaba yo cuando la dejé ir?
02/10/16

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