Destellos azules
interrumpen la calma de un viernes con cara de domingo. La música, el sol, la
lluvia que no se anima a instalarse… y vos. Desde allá, desde donde no te veo,
desde donde no me recordás. Desde un sitio tan similar al olvido que te resguarda
del abismo de mi mirada y que me protege de la inmortalidad de tu risa.
De a poco se me
acaban las excusas para no olvidarte. Tu voz, tu perfume, tu forma de mirar…
todo lo que me hacía volar, hoy voló y me dejó la boca con un sabor extraño que
me cuesta mucho describir. ¿Así sabrá el olvido, la superación, el desinterés?
¿En eso se convertirán los grandes amores cuando nadie los ama? Tantos despojos
lo llevan a uno a pensar si valió la pena haber vivido todo lo que se vivió. La
felicidad, la entrega, la siempre tan larga agonía al final de las cosas… y no
lo entiendo. El resultado de cada delirio resulta fastidioso y aburrido. Ya no
me da para caer en eso de que de todo se aprende, que todo pasa por algo. ¿En
tan poca cosa se basa el vivir? Primero todo bien, después más o menos, drama,
tragedia, calma, tranquilidad. Principio, nudo y desenlace una y otra vez hasta
que de tanto girar la rueda del destino se salga de su eje y rodando se pierda
en el infinito. Muerte. Al final del camino siempre está la muerte. Para vos,
para mí, para quien te quiso, para quien te traicionó, para quien no te dio ni
la hora, para quien te dejó tres horas plantada.
Los destellos
azules no existen. Fueron una excusa para iniciar de manera poética algo que
sabía que iba a terminar mal. Como cuando me preguntaste sí quería ser tu
amigo. ¿Con qué necesidad? ¿Con que necesidad me esfuerzo en revolver algo que
ya no tiene ni forma ni color? Ya no quedan ni pensamientos, ni recuerdos ni
palabras. Me duele el alma de tanto aburrimiento al intentar forzar algo que nunca
tuvo fuerza, ni calor. Algo que solo vivió dentro de un espejo que tuvimos que
romper para ser libres. Quien aventó la piedra al final, no es importante. Si
lo rompiste a patadas, si lo destruí a cabezazos para no estallar, es como el
beso bajo la lluvia al final de la comedia romántica: totalmente estúpido e
innecesario. Hoy la distancia nos hace libres y el olvido nos brinda nuevas
oportunidades. Oportunidades buenas, aburridas, destinadas al fracaso, pero
oportunidades al fin. Fin. Nuestra tragicomedia romántica se extinguió. La
última copia que quedaba la cambié por una hoja de papel en blanco y un lápiz
nuevo. Por suerte el lápiz tiene goma, con la cual pienso borrar tu nombre y,
sí alguna vez paso frente a tu casa, arrojarla con mucha fuerza contra tu
ventana. No por maldad, rencor o vandalismo, sino para darte motivos acerca de
que todo lo malo que pasa en el mundo es culpa mía. Y que así sigas creyendo
que tenés razón, para que cuando vuelvas a equivocarte, aunque sea invadida por
la bronca, vuelvas a pensar en mí.
09-12-16

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