sábado, 3 de diciembre de 2016

Guerra contra la paz


El barrio se hizo silencio, y el silencio se hizo paz. Avancé entre los escombros como quien busca renacer, como quien busca olvidar. Después de una guerra, la paz te alivia tanto como te aburre. Como te enferma. Al comprender que la enfermedad es también la cura, todo recupera su sentido. Aunque abunde el vacío, aunque sea tanto el silencio que se confunda con el ruido, el alma perdida se te escapa como arena y contamina al viento mientras juega a poseer una libertad que no le pertenece, que la contamina, pero que por nada del mundo va a dejar escapar. 
Siento pedazos de sueños flotar en mi aire interior. Como en una cápsula espacial, que vaga por infinitos abismos imposibles de percibir. Sueños que no soñé, sueños que cumplí, sueños que perdí, inflaman mi espíritu y me convierten en globo. Un globo sin aire, que flota pero no respira; que grita, pero que nadie lo escucha. ¿Y si estallo? ¿Y si arrojo mis sueños a la superficie que me envuelve sin saber que estoy? 
El barrio se hizo silencio, y el silencio se hizo paz. Esa paz de cementerio que me estruja el alma y me llena de frío el cuerpo. Ni el sol me acompaña, cuando en cada esquina las penumbras me asaltan. Me preguntan por vos, por tu pelo, por esa risa que inmovilizaba hasta al mismísimo viento, por esos besos que sobre mi piel dieron a luz inmensos universos. Y no sé que responder, no sé que pensar. Sí ellas aún te recuerdan, ¿será posible que algún día te pueda olvidar? Y tampoco mi pregunta respondo. Respiro hondo solo para ganar tiempo, para no perder la calma. Y la paz del ambiente se traslada hasta mi alma, convirtiendo en titánica a la desbordante confusión. Tanta paz duele, hace mal. Altera mis sentidos y me hunde cada vez más. Prefiero mil infiernos entre tu cuerpo y mi cuerpo, que la sepulcral paz que me invade desde que no estás. Y no exagero. Prefiero morir, solo, y ciego, a vivir eternamente acompañado por la sombra de tu recuerdo. 
Tanta calma desespera. Cien mil estrellas que resplandecen, solo para recordarme que su muerte está más próxima a cada instante. Que yo también me puedo apagar en cualquier momento. Que el tiempo vuela, que ni la desgracia es eterna. Y me vuelvo a aburrir. Saber que hasta la inmensidad tiene un punto final, que aunque recemos o invoquemos divinidades, todo termina en oscuridad... todo se diluye, se esparce y se convierte en polvo. Como el barrio. 
Camino en círculos y enciendo luces. Mis manos se juntan en posición de oración tratando de omitir excusas profanas. Te invoco, invoco con mil plegarias al febrero que alguna vez hasta mí te trajo. Le prometo vientos que extingan humedades, paraguas para la lluvia y menos calor. Le prometo a quien alguna vez fuiste, priorizarte ante mí y antes mis ganas de guerrear. De guerrearte y demostrarte quien puede más. Te entrego mis armas, mis banderas y mis libros de estrategias. Si estoy solo, la paz no me sirve. Si estoy con vos, no quiero guerra. 
Hoy el mundo está al revés y me obliga a entrar en guerra contra la paz. No me hallo ni te encuentro en esta tempestad. Vacío, pero lleno de vos. Bordeando con mis pies el oscuro abismo, la tentación de saltar se convierte en posibilidad de alivio. ¿Cuánta paz necesito para saltar? ¿Cuánta paz necesito para no caer? Toda la paz que me diste, la cambio por no existir, por no dejarte ir, por esperarte una vez más en la esquina, y abrazarte, ignorando que siempre, al final del sueño, como viniste, te volvés a ir.

18/07/16






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