domingo, 20 de septiembre de 2020

Jamases

 

A veces me sorprendo olvidando que jamás volveré a verte. Son instantes, olores, melodías. Pequeñas agonías que me sacuden y se extienden durante horas. Me costó asimilar tu partida, pero desde el instante en el que lo hice no hay día en el que no aparezcas. No pude decirte adiós, no me diste la oportunidad de mirarte a los ojos y decirte que no importaba ni el tiempo, ni la distancia, ni las circunstancias, que a pesar de todo siempre estaría para vos. Con un beso, un abrazo, dos oídos. Algo me late en el pecho con mucha más violencia que el corazón. Palabras no dichas, que durante noches como estas amenazan con estallar y desestabilizar la poca estabilidad que me sostiene. Y ese “jamás volveré a verte” me aturde y me asesina. Me quita el aire, me atormenta. Jamás volveré a verte, a mirarte, a leerte.  ¿Cómo es posible que no pueda volver a leerte, cuando todo lo que escribo es para vos? A veces te necesito mucho. Y me pongo a pensar en miles de cosas que pasaron y que no pasarán jamás. Jamás, jamás, jamás. La vida está llena de jamases, por más que pretendamos mirar hacia adelante. Y adelante te deseo, te necesito. Y atrás te extraño, te añoro, te necesito. Nos necesito como aquellas tardes en las que llegabas tarde, en las que pasado y futuro se fundían en un presente que nos encandilaba sin permitirnos pensar en nada más.

Son instantes, olores, melodías. Sos vos, que seguís acá, que nunca terminás de irte. Soy yo, que sigo acá, y que nunca te voy a olvidar.

jueves, 18 de octubre de 2018

La Maga se volvió inmortal


Estamos acostumbrados a las malas noticias, desafortunadamente. Los medios de comunicación muestran a diario como el mundo se cae a pedazos. Nos hacemos daño de todas las maneras posibles. Hay personas que asesinan a otras, eso no es nuevo. Algo cambia y hace demasiado ruido el día en el que lees que la víctima de un femicidio es esa chica a la que tantas veces le dijiste te amo.  
Ella era diferente. Y no en el sentido ese que cuando las personas fallecen son idealizadas por los vivos. Si lees entradas anteriores en este blog vas a encontrarte con ella. Maga. Hermione. Poli. Mi tonta niña cursi. Me hacía tan bien que era difícil de creer que sea solamente una persona. Por eso le di tantos nombres. Casi siempre era Maga (la Maga), porque así lo decía su documento y porque era escalofriantemente parecida a la de Cortázar. Pero a veces era Hermione, esa chica rara que se prendía en todos mis delirios. Poli por su profesión, esa por la que tanto se esforzó. Tonta niña cursi, cuando batallaba con su corazón y sufría al tener que aceptar que me quería. Y no lo aceptaba a viva voz, sino que lo demostraba en esos abrazos y besos interminables, en esas miradas profundas y brillantes que llenaban el aire de magia. Era diferente, no hay duda.
Y como todo lo que empieza, con el tiempo se vuelve raro. Ella era la pasional, yo el que pensaba y analizaba. Contradictoriamente, yo moría de amor por ella, mientras ella prefería ser paciente. No estaba claro si amábamos y pensábamos con el corazón o con la mente, pero así andábamos. Helados y papas, besos y cine. Harry Potter y Los Simpsons. Después de varios meses de silencio y del trágico desenlace que la tuvo como protagonista, entiendo varias cosas, pero al mismo tiempo surgen en mí infinidad de dudas. Entiendo porqué se alejó definitivamente de mí, pero me cuesta reconocerla tomando esa decisión para adentrarse en ese infierno que la extinguió. Maga reía y brillaba, daban ganas de abrazarla y de decirle que todo iba a estar bien. En sus ojos y en sus gestos había una electricidad que encendía todo. Lo encendía y lo volvía más lindo. Yo me sentía y me creía mejor estando a su lado. Transmitía demasiada felicidad. Por eso no entiendo.
La Maga (la mía, no la de Cortázar) se volvió inmortal hace un mes y dos días. Yo me enteré hace dos horas. Con ella se fue su mamá, con quien seguirá discutiendo a donde sea que siga la vida, mientras cuidan y le dan amor al ángel que se llevó en el vientre. Acá se queda el mundo entero velando por el bien de azulina, a quien mencioné varias veces en entradas anteriores. Y acá me quedo yo, escribiendo y releyendo una y otra vez las cosas que mi corazón escribió en su nombre. Ella amaba y odiaba que sea tan cursi. Lo odiaba porque no iba con su personalidad, pero lo amaba porque decía que nunca le habían hecho sentir cosas tan lindas simplemente con palabras. Me quedaron muchas cosas que decirle, abrazos, mates, recitales, y muchos cuentos que me hubiera gustado que lea. Ella era mi fan número uno –por no decir que era la única- . Casi que me obliga a terminar de escribir una novela simplemente porque quería leerla. La última vez que hablamos me dijo que ya tenía trabajo, que era menos pobre y que me iba a poder devolver los treinta pesos y la salida al cine que me debía. Seguramente habrá tiempo para eso y mucho más.
El nueve de agosto de 2017 le escribí por primera vez. El texto se llama Los Dementores de tu silencio, y finaliza de este modo:

Y todo por culpa de tu silencio.
Y todo por culpa de mi constante necesidad de escucharte.
El cielo se oscurece y el frío avanza,
pero nada estalla ni deja de existir.
Así como el sol descansa del día durante la noche,
tus silencios no son más que un tranquilo complemento de tu existir.
Y cuando tu voz calla, tu eco resuena
y continúa la magia.
Los dementores se besan las manos,
estallan y se convierten en polvo,
al ser derrotados por algo que suena desde el pasado
expandiéndose hacia el presente
salvando eternidades mudas
que se maravillan con el Patronus de tu voz.
Salvaste al mundo.
Con tu magia salvaste mi mundo.
Bienvenida al club.


Descansá poli. Nos vemos después.

18/10/18

lunes, 12 de marzo de 2018

Un libro sobre el regazo



La miró decidido a gritarle en la cara todas aquellas cosas que por respeto había preferido guardarse. Ella las sabía de sobra, pero prefería creer que él no las sentía. La tomó  de las manos y le clavó los ojos en los de ella. Eran inmensos y poseían un brillo opaco que él había visto tantas veces y en tantas personas. Lo notó en ese instante, ya que siempre le había parecido que los de ella eran diferentes. Buscó algo único y especial que la diferencie del resto, pero no halló más que molestas similitudes con seres que ya había enterrado hacía siglos. Descubrió así, que su principal atractivo, era ser varias personas en una sola. Personas interesantes, pero repetidas una y otra vez a lo largo de su historia.
Este hecho podría haberle facilitado el impulso de decirle de una vez lo que realmente sentía, pero lo condicionó. Ella estaba ahí, en silencio, de espaldas al paredón esperando los impactos. ¿Debía ser él el verdugo? Supuso que ambos merecían algo mucho mejor, o por lo menos estaba seguro de que así era para él.
Con sus ojos es sus ojos y sus manos entrelazadas, acercó su boca y posó un cálido beso en la mejilla. Él sintió paz, ella como si le apoyaran una brasa en el rostro. Se soltaron, desviaron sus miradas, y cada uno caminó hacia una dirección diferente. Varios metros habían avanzado cuando ella volteó para verlo por última vez. Y ahí estaba, haciéndose cada vez más pequeño en la distancia. Ella pensó en las poesías, en las canciones y en esas palabras que solamente él podía decirle. Se sintió vacía, llena de preguntas y agobiada por la inmensa necesidad de que las cosas se hubiesen dado de otro modo. Pero era tarde, y se conformó con seguirlo con la mirada hasta que se perdió entre la gente.
Él avanzaba tranquilo, pero con decenas de frases atragantadas que le ardían en el pecho. ¿Por qué tenía que ser siempre tan comprensivo a la hora de los finales? Le hubiese gustado tener la capacidad de poder, aunque sea una vez, pagar con la misma moneda. Pero no estaba en su esencia, y por más que lo intentaba, seguía siendo el mismo estúpido que agradecía lo bueno, omitiendo lo que dolía, supuestamente, por el bien de todos. Mientras caminaba comprendió que ese todos al que tanto protegía, siempre lo había excluido. Todos salían medianamente ilesos, continuaban con sus vidas sin tanto dolor. A él siempre le costaba más, quizás por el hecho de ser siempre el que planeaba las despedidas.
¿Sería del todo desacertado girar sobre sus pasos y correr hacia donde ella estaba? La conocía tanto, que creía verla sentada en el mismo banco de siempre, con los auriculares en las orejas, un libro sobre el regazo y la vista perdida en algún punto invisible del Universo. Quizás no necesitaba hacerle mal, pero daría cien libros por verla así una vez más. Sin darse tiempo a pensar en otra cosa, giró y corrió a toda velocidad con el corazón en la boca y el temor de llegar demasiado tarde.
La ciudad pareció detenerse ante la beldad del anaranjado crepúsculo. La suave brisa, extrañamente de características oceánicas, le daba a la atmósfera la apariencia de un anacrónico sueño en el que se presagiaba una tragedia. Ella avanzaba despacio, sin tener presente hacia donde la guiaban sus pies. Su mente titubeaba, pero su corazón estaba al corriente de todo lo que acontecería. A cincuenta metros logró divisar el banco. Su banco. En el que se sentaba cuando estaba contenta, cuando estaba triste, o cuando no sabía cómo se sentía. En ese instante la asolaban los últimos dos estados. Congoja, pero al mismo tiempo desconcierto. Estaba al tanto que una despedida a tiempo evitaba mayores padecimientos, pero… que pudiera ser peor, eso no me arregla,eso no me arregla a mí*, canturreó una vocecita dentro de su cabeza. Y vaya que ese adiós no parecía arreglar nada, sino todo lo contrario. Dos almas que intentaban acercarse, de un momento a otro se habían convertido en dos almas partidas en cientos de pedazos que luchaban por no extinguirse. Ella en una dirección, él en la otra. Separados, pero ambos huyendo de un destino que podría o no ser lo que alguna vez juntos habían planeado.
Llegó al banco y se sentó. Se puso los auriculares y posó el libro sobre el regazo. ¿Cuántas veces lo había esperado allí, en pose similar y rodeada por las mismas dudas que ahora la azotaban? Aunque el flagelo propiamente dicho ya había acabado y ahora solo quedaba el dolor de esas heridas que, seguramente, tardarían mucho tiempo en sanar. Decidió no abrir el libro ni encender la música. Simplemente soltó la mirada y la dejo que se perdiese en donde esta tuviese ganas. Necesitaba dejar que pasara el tiempo. Un anciano de aspecto harapiento se sentó a su lado, pero ella ni lo notó.
A casi una cuadra, él distinguió el banco solitario. Quizás ella había tomado otro camino, o había elegido otro banco, o simplemente se había ido a continuar con su vida. Aminoró la carrera hasta caminar a velocidad algo apresurada. A cincuenta metros, vio como un anciano andrajoso se sentaba en uno de los extremos del banco. Disminuyó aún más la velocidad de los pasos, hasta que estuvo de pie frente al hombre. Este levantó la vista y le sonrió.
_ Disculpe… señor. Estoy buscando a mi… amiga. Josefina. Creo que venía hacia este banco.
_ Josefina… -dijo el hombre.
_ ¿Me habla a mí? –preguntó ella sorprendida, volviendo a la realidad.
_ Sí, Josefina –repitió él- Estábamos juntos, y la perdí.
_ ¿Josefina está triste? –preguntó el hombre sin mirar a nadie en particular.
_ ¿Tanto se me nota? –quiso saber ella.
_ Sí, puede ser. ¿Usted la vio? –inquirió él.
_ ¿Usted no la vio? –preguntó el hombre.
_ ¿A quién? ¿A la tristeza? No la veo, pero la siento. Cada vez menos, pero la siento.
_ La vi, estábamos juntos, pero nos despedimos, y creí que vendría hasta acá. ¿Me puede ayudar?
_ Yo puedo ayudar, pero… ¿no es mejor dejar las cosas como están? –preguntó el hombre poniéndose de pie, mientras le hacía una seña a él para que se siente.
El hombre estaba de pie frente a ellos, que no podían verse, pero que se sentían. Sentían sus perfumes, el aroma natural de sus cuerpos y esa sensación de frío que se siente ante algo que no tiene solución. A su vez, algo cálido había en el aire, a la izquierda de ella y a la derecha de él. Ambos miraron hacia esos costados, y por una fracción de segundo pudieron verse reflejados en los ojos del otro. En ese instante supieron que jamás volverían a verse, y que eso sería lo mejor. Para todos, para siempre.
Luego de un profundo suspiro, él se puso de pie, avanzó hacia la calle y frenó un taxi. Jamás volvió a pasar por ese banco. Josefina sonrió mientras una cálida lágrima se deslizaba por su mejilla. Suspiró cansadamente, disponiéndose a comenzar a leer el libro que hacía tanto tiempo reposaba en su regazo.

Laguna Larga, 12/03/18


lunes, 12 de febrero de 2018

Carta dictada por un reloj que volvió a la vida



Laguna Larga, Córdoba. 12 de febrero de 2018

Querida Hermione,

El reloj siguió su curso desde que le cambié las pilas. Tic, tic, tic, comentó agradecido. Sonreí y me acordé de vos. De tu risa, de tu pelo y de esa forma tan tuya de hablar. Hacía un tiempo que no me sentía tan tonto… y creo recordar que la última vez, también había sido por vos.
Leí varios libros, escribí algunas cartas y escapé a varios soles durante este último tiempo. El clima es una locura. Pensé en vos, aunque no me haya parecido necesario hacértelo saber. Te imaginé sentada bajo un árbol, leyendo ilegalmente en tu computadora. También te vi cuerpo a tierra bajo una lluvia de balas protegiendo a un dulce y asustado gatito. Temblaba, pero le era inevitable sonreír ante la cercanía de tu existir. El pequeño felino me recordó a mí, en aquellas épocas en que era común para el cielo vernos vagar juntos. ¿De verdad te dije todas aquellas cosas? ¿Fue real la osadía de creerme merecedor de respirar el mismo aire, de comer las mismas papas fritas, de fantasear con la idea de reposar sobre la misma cama?
Se me complica evitar el desvanecimiento sensitivo al evocar la última conversación telefónica que tuvimos. Entiendo todo, pero quisiera no tener nada que entender. Recuerdo que esa vez creía que era posible decirte adiós para siempre… y lo dije, con toda esa seguridad del mutilado que contempla lloroso a su sangrante corazón sobre la mesa del sacrificio. Es su corazón, que ya no es suyo; se marcha en silencio, sabiendo que ya nada será lo mismo. Así me sentía, pero al marchar, mi corazón no se extinguía sobre el altar, sino que ya había sido esparcido en cada una de las palabras, los gestos y los besos que te había dado. Esa fue una de las tantas veces que te perdí.
No es la primera vez que tengo que cambiar las pilas del reloj. Cuando existía algo parecido a un nosotros, te confieso que tuve que hacerlo varias veces. En ocasiones era tan complicado entenderte, o entenderme a mí mismo en correlación con tu existir que, incluso con pilas nuevas, tuve que empujar a las agujas para que no dejen de marchar. Extraño, pero dulce ahora que lo recuerdo con nostalgia.  
Nostalgia me despierta también el hecho de que siempre buscabas un porqué a todo. ¿Seguirás siendo así? ¿Trataras de razonar con los delincuentes acerca del porqué de sus fechorías? ¿Con el calendario sobre qué tipo de mecanismos utiliza para sincronizar su tiempo de vida con los movimientos de la tierra alrededor del sol? ¿Con la vida acerca de porqué a veces se comporta tan estúpida con vos y con la gente que querés? Ojalá lo sigas haciendo. Ojalá el Universo (sí, él) siga permitiéndote ser tan vos como siempre. Estas palabras no tienen un porqué más que acariciarte y recordarte que alguien,  en un aburrido lugar del mundo, sonríe y se le entibia el alma al pensar en vos.

JS

sábado, 25 de noviembre de 2017

Dedica siempre las mismas canciones

Iluminaba varios universos
con sus dos soles,
sus ojos eran el fuego eterno
nacido en la Creación.
Su risa era como el mar
y su voz como el viento
su existir rozaba la perfección,
pero en algo debía fallar.
Pasan los años,
las historias y los sueños;
distantes bocas estallan
al impactar con sus besos,
ella dedica siempre las mimas canciones
sin importar el lugar
sin pensar en el momento.
¿Será que hay canciones
que pueden decir todo
a diferentes personas?
¿Será que vive al amor
como a un solo amor
sin importar el objeto
que enciende su sentir?
Mi lado celoso
se le ríe en la cara.
Mi lado musical
la compadece.
¿Será que es tan feliz
que no tiene tiempo
de ampliar su espectro musical?
¿A caso su corazón
solo sabe latir al ritmo
de un número reducido
de melodías?
Qué aburrido bailar
con ella.


28/10/17

martes, 21 de noviembre de 2017

Instrucciones para subir una escalera mecánica


Alentado por la obra del gran Julio Cortázar, colmada de practicidad e intenciones de facilitar el andar diario de sus lectores,  y por numerosas experiencias vividas en espacios en los que es necesario el ascenso o descenso entre un piso y otro, me atrevo a la osadía de plasmar a la posteridad en este escrito la manera, según mi criterio, de hacer uso de una escalera mecánica de la forma menos odiosa, traumática y escandalosa posible. 
Todos alguna vez hemos deseado acabar con la existencia de alguna persona, es normal y digno de ser perdonado por divinidades supremas. Esa persona a la que dirigimos nuestras malas energías suele ser alguien que nos hizo mal, o que hirió a un ser que apreciamos. Alguien que vive fuera de las normas de la moral y de las buenas costumbres, como ladrones, representantes de deportistas y la mayoría de los  mozos que abren las puertas de los taxis en la terminal de Córdoba. Pero hay un grupo de personas que parecerían ser intocables en eso de estigmatizarlas a causa de su incorrecto accionar. Si usted leyó el enunciado que enmarca estas palabras, puede que ya se esté dando una idea. Sino, continué con la lectura y lo sabrá. Esas personas son aquellas a las que les cuesta desplazarse a través de escaleras mecánicas. Personas que frente a este medio de transporte de mínima distancia se bloquean y pierden el sentido de ubicación y recato. Inmovilizadas por el temor a ser succionadas por el mecanismo metálico, por el miedo a caerse y ser el hazmerreír del espacio -dígase shopping, terminal de ómnibus, aeropuerto, etc.-, se descontrolan y alteran el andar de aquellos para quienes una escalera mecánica no es más que lo que su nombre indica. Están también aquellos que, debido a experiencias ocurridas alguna vez en la realidad o en sus peores pesadillas, optan por simplemente omitir la existencia de la escalera. Para ambos grupos, y para todo aquel que quiera leer, van estas indicaciones.
Todos sabemos lo que es una escalera, su función y su anatomía. Conocemos nuestro cuerpo y su propia movilidad. De igual modo, no está de más mencionar algunos puntos importantes. Pies. La mayoría de las personas cuentan con dos. Uno izquierdo, otro derecho. Al caminar avanzamos primero con uno, y luego con el otro. Si lo hiciéramos con ambos, sería saltar, no caminar. Si no avanzamos con ninguno, estamos estáticos. Frente a una escalera mecánica, no son solo los pies lo que entran en juego. Pies, piernas, cintura, torso, brazos y cerebro. Este último, como en la mayoría de nuestras actividades, es fundamental. Usted no puede subir una escalera mecánica sin utilizar su cerebro. Es en él en donde se activa la orden que da inicio al correcto procedimiento de ascensión: ante la necesidad de desplazarse hacia un piso superior, demasiado superior, que no puede usted trepar por la pared o ascender de un salto, el cerebro enciende una señal que indica la presencia de la escalera. A través de la vista puede usted vislumbrarla y, luego de ubicarla, desde el cerebro un impulso nervioso se desplaza hasta los pies dando así comienzo al desplazamiento hacia el mecanismo de ascensión. El tiempo de caminata libre depende tanto de la distancia que lo separa de su objetivo, como de la velocidad que usted emplee para avanzar. Esta última depende de varios factores. Es lógico que en una terminal de colectivos, la velocidad de desplazamiento de los individuos hacia una escalera mecánica sea mayor que la de aquellos que utilizan un mismo aparato en las instalaciones de un shopping. Igualmente, la cantidad de obstáculos que se hallen entre usted y su destino, pueden hacerla aumentar o disminuir.
Una vez recorrida la distancia, su cerebro le indicará que es necesario hacer una pausa. En ella usted puede tomar aire, mirar la hora, acomodarse los pantalones, o lo que desee. El tiempo de pausa, también depende de la cantidad de individuos que, al igual que usted, fueron guiados por sus cerebros, a través de los pies, hacia la escalera. Aquí comienza la parte importante, por lo que le recomiendo que ponga total atención. Su gato puede ser acariciado más tarde y a su pareja no le vendría mal hacer silencio por algunos minutos. Lo que importa es superar su temor a las escaleras mecánicas, o prevenirlo, en el caso de que aún no haya sufrido tan cruel padecimiento. Luego de la fugaz pausa frente a los escalones que se desplazan es el momento de mostrar de que usted está hecho y cuan útil es su cerebro ante situaciones de extrema necesidad. Si este órgano o sistema funciona correctamente, lo que deberá suceder es lo siguiente: una orden eléctrica e invisible guiará sus ojos hacia el inicio de la escalera que no deja de moverse. En milésimas de segundo usted resolverá cual pie dará el primer paso, cual el segundo y cual será el escalón elegido. Sí, puede salir mal. Puede que justo cuando usted decide mover el pie, el escalón cambie y en vez de pisar firme y asentarse, su zapato, zapatilla o sandalia, choque contra el escalón metálico y lo haga caer sobre la superficie en movimiento. Esto puede ser catastrófico. Pero también puede salir bien. Si su cerebro funciona correctamente, y no es invadido por el pánico, y logra dar un paso seguro y certero, usted comenzará una especie de viaje cósmico en el que ascenderá sin la necesidad de mover los pies. Durante el trayecto de su travesía usted podrá apreciar diversos paisajes que parecieran estar en movimiento. Y lo están, pero quien está viajando es usted. Un promedio de la duración de este tipo de viaje ronda alrededor de los diez segundos. ¿Qué puede usted hacer en ese tiempo? Depende. Si siente que el temor ha abandonado su existir, puede usted disfrutar. Admirar el paisaje, consultar algo en la pantalla de su celular, buscar algún objeto en la cartera. Si el temor lo acompaña en el ascenso, lamento decirle que usted sufrirá. El trayecto se le hará eterno, pero a la vez demasiado corto como para tomar decisiones. A medida que se acerque hacia la parte más elevada de la escalera mecánica las formas tenebrosas que lo persiguen en sus peores pesadillas aumentaran mil veces en tamaño y en crueldad. Se verá usted succionado por la escalera y advertirá como su cuerpo revienta y su sangre empapa a todos los presentes. Estos estallaran en alegría y se burlaran de su trágico perecer. Usted estará perdido. Pero puede que no. Puede que con temor o sin temor, usted logre llegar al final. Su cerebro, continuando con su metódica labor, enviará un nuevo impulso para que, muy cerca del borde filoso del mecanismo, levante uno de sus pies, luego el otro, y acabe con su trayecto. Libertad. Es importante que en este punto no se revuelque en los laureles, ya que, si viene alguien detrás suyo, puede llevárselo por delante y arruinar un excelente ascenso.

Finalmente, quiero volver a destacar la importancia del cerebro durante todo este proceso. No todos los cerebros son iguales. Algunos tienen más luces, otros más penumbra. Lo importante de los cerebros es no dejar que sean perezosos. Hay que entrenarlos. Puede hacerlo a través de la lectura, de juegos de ingenio o de la meditación. Él necesita estar activo y bien despierto para poder acompañarnos de la mejor manera posible en cada situación de la vida, como tratar de descubrir una vacuna para salvar millones  de vidas, la realización de la tarea de lengua o la tan arriesgada y subestimada acción de subir por una escalera mecánica.      

sábado, 18 de noviembre de 2017

Nada, entonces

Ella sabía que la amaba, pero cada vez que podía desplegaba la bandera de la amistad. Solo para separar los tantos. Ella de a ratos me besaba, con su boca, sobre mi boca. Pero no quería nada más. A veces hacíamos tratos, pero su humanidad la obligaba a dejarlos sin efecto. Bajo el lema de la carne es débil y a vos te quiero lejos, jugaba a ser Dios y a marcar el camino. Yo la seguía, porque algunas migajas siempre resultan más que simplemente nada. Hasta que dije basta.
Cuando dije basta, pasé de ser el más tierno enamorado, a ese idiota que no entiende nada de la vida. Ese que solo busca lo que no puede tener y se da una y otra vez la cabeza contra la pared. Ese que ella quiere como amigo, pero que lo tiene ahí, por si en algún momento su existir se torna aburrido, o la calabaza se transforma en carroza. Ella se enoja porque él se enoja, siempre es así. Pero ella se enojaba primero cuando yo la quería demasiado, y se enoja ahora porque necesito alejarme. Ella no se enojaría si todo en el mundo resultase como ella desea. Ella es como todas.
Ella sabía que la amaba, por eso trataba de romper el cristal. Y lo rompió, pero no soportó el frío vendaval que se apoderó del cuarto al dejar sin protección a la ventana. Y me culpa por inseguro, y piensa que en realidad jamás la quise como dije quererla. Varias veces le advertí que este momento iba a llegar, pero prefería seguir creyéndose la codiciada Helena. Le dije que me perdió, pero no es verdad. Los dos perdimos el amor que habitaba en mi corazón y latía al ritmo de su nombre. A ella le gustaba que sea así de cursi. A ella le gustaba mucho sentirse así de querida, pero hubiese preferido que el portador de ese afecto sea cualquier otro menos yo. Prejuicios, creo que fue la palabra que ella usó. Yo pensé en superficialidad, estupidez, y algunas palabras así, pero no se lo dije.
Ojalá que esté llorando por mí en este momento. No gano nada por ello, pero creo que sería bueno para el cierre de esta historia. Hacía mucho que no pensaba en ella, pero hasta hoy no dejaba de volver. Ya no soportaba su incomprensión, su necesidad de hacer de cuenta que nada había pasado. Si no hay amor, que no haya nada entonces. Y no lo digo solo yo, está claro. Se fue cuestionando mis intenciones, como digna estudiante de la academia sofiísta.
Se fue golpeando y trabando puertas, rompiendo las luces y desparramando libros. No existe ninguna posibilidad de que sean suyas las últimas palabras. Quería dedicarle una última canción, contarle que tengo un gato al que bauticé Severus y desearle todo el amor del mundo, pero se fue.
El gusto fue mío.


18/11/17