domingo, 15 de octubre de 2017

Estúpido martes

No hay un día más tonto que el martes. Le sigue al lunes, mientras aguarda la mitad de semana. Nada interesante sucedió jamás un día martes. Ni ayer, ni hace mil años en ningún lugar del universo. Escuché que una vez llovió, y a la semana siguiente hubo un incendio. Pero eso puede suceder cualquier día, incluso un jueves, así que no sirve como elemento para contradecir mi teoría de que los martes son estúpidos. Porque esa es mi apreciación final: el martes es el día más estúpido de la semana. Si tenemos en cuenta que puede haber por lo menos cuatro, la estupidez mensual puede elevarse a un nivel exorbitante. ¿Será que el mundo se cae a pedazos a causa del exceso de días martes? Cuatro en un mes, por lo menos cuarenta y ocho en un año, cuatrocientos ochenta en una década, y prefiero parar de contar. Estamos perdidos.
Lo bueno, es que ya lo estábamos desde antes de notar este detalle. Siempre vagamos de un lugar al otro, estableciéndonos momentáneamente a causa de errores y torpezas que arrastramos hasta que en un descuido se revelaron y nos patearon en la cara. ¿Y qué con eso? Absolutamente nada. No aprendimos la lección y seguimos arrastrando estupideces varias. Hoy el martes se volvió una muy buena excusa para justificar tragedias. Qué trágico que es el amor, la música y los libros. Qué trágico que a esta altura la selección no esté clasificada al mundial. Qué trágico que te quiera cada día menos. Bueno, esto último es discutible. Cierto, pero discutible. Hagamos de cuenta que me compré una máquina de medir el cariño... sí, hoy quiero menos que hace dos semanas. Eso es totalmente trágico para el universo, ya que cuando un alma deja de querer, ese cariño no se esparce por el aire para alojarse en otros seres. Cuando el cariño ya no quiere, muta, se transforma en otros sentimientos. Puede mutar para arriba y convertirse en un gran amor, o puede mutar para abajo y ser otra cosa. Indiferencia, esa sensación que me mira y me dice que perdí mucho tiempo, que gasté demasiadas palabras que podría haber utilizado mejor. Y esa mutación negativa acarrea fantasmas. Y los fantasmas, como todos sabemos, son muy burlistas. Qué tonto que fuiste, me dicen y hacen piruetas en el aire. Acompaño su alegría con una tibia sonrisa y un casi imperceptible gesto de asentimiento. Qué tonto que fui.
Lo bueno es que con el tiempo uno se acostumbra y aprende a burlarse de sí mismo y de sus sentimientos. En mi caso, en este martes tan estúpido como yo, prendo un cigarrillo y escucho La 25. Entre canción y canción trato de auto convencerme de que no fue para tanto, de que podría haber sido peor. Que podría ser peor, eso no me arregla, eso no me arregla a mí. Estúpidas canciones que me confunden  y desbaratan mis teorías. Pero tiene razón. Todas, de alguna manera, la tienen. Yo simplemente las escucho y me prometo ser menos idiota la próxima vez. Si no hay amor, que no haya nada entonces, dice otra en mi mente, por encima de una que habla sobre un ataúd. Que no haya nada, entonces. Ni martes, ni viernes, ni Osvaldo. Ni te extraño, ni cómo estás, ni me acordé de vos. Nada.
Qué decepción, ni siquiera son las ocho de la noche, ni siquiera llueve y no creo que me toque morir esta noche, como seguramente le pasara a miles de personas alrededor del mundo. Ella tampoco morirá, ni esta noche ni dentro de los próximos años. Ojalá nunca la vuelva a ver, ojalá olvide pronto como suena su voz. Y no por ella, ni por mí, ni por la comunidad mágica. Que todo suceda por el bien, por la reivindicación del estúpido martes y por el buen nombre de las papas fritas. Que se ría eternamente, pero nunca más de mí.


10/10/17   

lunes, 9 de octubre de 2017

RAYUELA, de Julio Cortazar. Capitulo 32: Carta de la Maga a Rocamadour


Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour:


Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿ Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour. 

Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas...Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour. 

Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito. Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto. 

Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete ... 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Me enamoré como un boludo

Ella siempre dijo que no, aunque a veces lo disfrazaba con un quizás. Para mí, todas sus respuestas fueron sí. Y me enamoré como un boludo.
No en todos los cuentos hay magia, pero a veces uno se confunde. Sobretodo, después de leer los ocho libros de la saga de Harry Potter en seis semanas. Mi personaje favorito fue Hermione Granger de principio a fin. Ese pelo incontrolable, esa mezcla de ñoñez y audacia encandilaron al tonto lector de fantasía que habita en mí. ¿Y cual es el nombre de quien me encandiló en la vida real? Maga. Lo primero que este idiota hizo al leer su nombre, fue bautizarla Hermione. Algo tonto, divertido, pero que marcó el comienzo de algo que podría haber terminado en una gran tragedia moderna: casamiento. Por su mente jamás pasó esa idea, lo debo admitir. Fui yo quien iba juntando los destellos de cariño que ella irradiaba y los amontonaba en un rincón dándoles la forma de un corazón. Cursi, casi vomitivo, dirán muchos. Pero ella tiene mucho para enamorar. ¿Está buena, por lo menos? Pide saber la hinchada. Sí, lo está, y mucho. Está buena, es inteligente, le encanta el rock, le gusta pasarla bien. Y el idiota se enamoró.
Le dije que la amaba, que podíamos vivir bajo un puente y enviar a su pequeña hija a un internado mágico. Le abrí mi corazón como nunca lo había hecho antes. Le prometí ser lo que ella quisiera que fuese. Sí, de verdad, así pasó. Por favor, hagánle saber esto a Sofía para que se burle de mí. Que el mundo se entere que todavía hay estúpidos Romeos que dan la vida por amor. No morí, ni tengo pensado hacerlo por este asunto, pero... ¿si la Maga (la mía, no la de Cortázar) lo hubiese pedido? No quiero pensarlo.
Fui con ella el tierno ángel que hubiesen querido que sea la mayoría de mis profesoras del secundario. Amable, atento, educado. Siempre traté de hacerla sentir cómoda e importante. Jamás le mentí, hubiera hecho todo por ella. Todo. Creo que ella, en definitiva, no captó del todo el mensaje que le estaba enviando el universo. No vio más allá de mi aspecto desalineado. Sintió cosas, se confundió, avanzó, se retractó, siguió con su vida mientras yo le escribía los más sentidos versos que podría haber vomitado mi estúpido corazón. Y esto no habla mal de la Maga. Desde el comienzo fui yo el que andaba descolocado. Sus formas, sus modos, daban indicios de que no era conveniente enamorarme de ella. Lo mismo que con Sofía. ¿Por qué será que me atraen tanto las tragedias? Sí, genial con Shakespeare y Sófocles, pero... viejo, ¡cortala! Mi vida no es cuento de hadas, pero tampoco para ser representada en una plaza publica varios siglos atrás. La Maga tiene sus cosas, que la hicieron ser del modo en el que es. Y yo lo sabía. Su manera de ser jamás fue para mí un secreto. El tema fueron sus dudas, sus estúpidas e infantiles dudas, que no hacían más que incitarme a enamorarme como lo hice. Idiotas.
Me hizo bien, a pesar de estos días en los que lágrimas de bronca supieron acariciarme. Su aroma, su risa y el dulcisimo sabor de sus besos, hoy me hacen sentir estafado. Recordé como se besaba, lo mágica que pude ser una mirada y esa sonrisa de paz en mitad del beso. Está bueno abrazar y que te abracen. Está bueno ese mensaje al comenzar el día, y esas extrañas conversaciones en la madrugada en la que todo puede pasar. Pero ya pasó. Varias veces intenté despegarme de ella porque sabía que no había futuro. Quizás lo había, y era hermoso. La Maga, yo, su pequeña niña y los que pudiesen venir. Pero en medio había un camino complejo en el que teníamos que conocernos a fondo, aprender a soportar nuestras diferencias y amoldarnos a la manera de ser del otro. En definitiva, complementarnos. Yo pensé en que podría intentarlo, pero ella... a ella le gustan las papas fritas, ama leer y le gusta criticar mis escritos. Por ella retomé y finalicé un proyecto literario que tenía guardado hacía mucho tiempo. Por ella hubiera cambiado el mundo, pero no pudo ser.
La voy a extrañar demasiado. Mañana el vacío va a ser enorme, pero qué otra cosa puedo hacer. Puse de mí todo lo que podía. Creo que ella, a su modo, también lo hizo. El cariño es grande, pero también el abismo que nos separa. Voy a extrañar los audios de azulina y esa salida al parque que nunca va a suceder. La Maga me debe treinta pesos y una salida al cine. Hubiese estado bueno ir a algún recital. Hubiese estado bueno que se jugará un poco más. Pero quizás no tenía que ser. Quizás pase el tiempo, las historias, y algún día volvamos a encontrarnos. Quizás se aburra de lo simple, de lo vacío y necesite que la amen de verdad. Quizás, si no pasa tanto tiempo, todavía esté para acompañarla y ayudarla a ser feliz. O quizás me busca mañana y ya no quiero. ¿Quién sabe? Pero, mientras tanto, otro crimen quedará sin resolver.
29/09/17


sábado, 9 de septiembre de 2017

Too much love will kill you

Cuántas cosas dejamos de lado por amor. La mayoría de las veces son muchas más que las que obtenemos. Y sí, escribo desde el punto de vista de un loser. ¿Desde que otro lugar podría hacerlo? Mi vida amorosa podría ser digna de un especial de noche de brujas de Los Simpsons, o formar parte de la saga de Destino Final. Y no es por darle a mis tragedias más importancia de la que merecen, pero así las siento. Supongo que todo el mundo creerá que sus dolores son los mayores, los más sufridos, los únicos que merecerían haber sido eternizados por Shakespeare. Yo no creo tanto así, pero sobre mí es sobre quien más conozco, por eso lo cuento así.
Tampoco quiero hacerle creer al mundo que he sido un gran amador. Con los dedos de una mano puedo contar el número de personas que han llegado a lo profundo de mi corazón (cursi). Y tampoco es que calaron tan hondo, solamente lo suficiente como para viajar sin escala a una zona de placentero olvido. Desde el fondo del pozo sus nombres me saludan, sonrientes añorando por los buenos tiempos. Buenos son los sándwiches, los libros que te incitan al desvelo, las sonrisas fugases de desconocidos que te alegran el día. El tiempo es tiempo, y si vuelve en forma de añoranza, es preciso recordar porqué hoy está en el fondo del pozo.  
Amé mucho, pero no tanto como otros. En realidad jamás me interesó eso de medir el afecto y las emociones. Cuando algo llega, de la manera en que sea, será ni más ni menos que lo que es. Extraño, pero lógico. El amor es amor en cualquiera de sus formas. La intensidad con que la persona sea capaz de sentirlo y/o expresarlo es un factor aparte. Quienes han sufrido, tienden a levantar impenetrables y molestas murallas en defensa del futuro, utilizando como cimientos al malvado pasado que las destruyó como principal materia. Y acá la lógica se extingue, y el amor es una mierda suena como el mantra de sus existencias. ¿Por qué culpar al amor cuando el que te hizo llorar fue un mortal tan estúpido y humano como vos? Gran parte de ese dolor corresponde a nuestra capacidad para elegir.  No elegir a quien querer, porque si fuera así el sufrimiento no existiría. Pero sí elegir en dónde buscar. Igualmente, saber elegir el lugar correcto no nos asegura la imposibilidad de hallar justo la manzana podrida del cajón. Y lamentablemente no existen cajones sin frutas podridas. Es cuestión de elegir el cajón, tratar de no sacar la podrida y, si lo conseguimos, que sea a tiempo y que las demás no estén tan contaminadas. Es todo un tema eso de elegir. Y de querer.
La soledad es otro asunto con el que estoy bastante familiarizado y del cual ampliaré en otra ocasión. Ahora solo diré que, según mi entender, esta posee dos caras. La primera es esa que tiene que ver con la libertad. Estoy solo, hago lo que quiero. Y la otra, con la prisión y el martirio. Estoy solo, ¿qué hago con mi vida? En la historia del mundo ha habido soledades inmensas que llegaron a asesinar a sus víctimas. Pero el amor también supo ponerse la máscara del verdugo y convirtió un simple latir acelerado de un pobre corazón en carne para ataúd. En forma de abandono, de desarraigo y de suicidio, el amor en exceso se cobró más víctimas que Sarmiento en sus campañas mata indios. Te lo canta Arjona, La Beriso y María Elena Walsh. Las palabras de Brian May, en la majestuosa voz de Freddie Mercury, te lo dicen sin rodeos, para que no necesites de traductores ni de intérpretes mágicos. Demasiado amor te matará. Ya sea del bueno, o del malo, si es que puede subdividirse en estas categorías. Amar, mientras haga bien. Olvidar, dar un paso al costado, como el bueno de Rohán en la novela de Quiroga, antes de que la cosa sea excesivamente turbia. No tratar de derribar muros. Busquemos puertas, ventanas, errores de edificación. Si no hay nada de eso, en mi caso, recurro a mi salvadora biblioteca y busco algo entretenido para leer. Siempre es mejor invertir tiempo en la lectura, antes que perderlo en morir de amor.


07/09/17

jueves, 7 de septiembre de 2017

El placentero arte de cultivar tomates

La naturaleza es inmensa. Va más allá de unicornios y de flores. Están las rocas, tan útiles para los enamorados de la antigüedad que no contaban con Whatsapp para avisarle a sus doncellas que aguardaban frene a su balcón. Está el fuego, tan natural como el viento, que hierbe el agua que se utilizará para preparar la tan compartida infusión llamada mate, y que tanto espanta a algunos extranjeros. Y están los tomates. Hablar de ellos, merece párrafo aparte.
La primera definición que nos brinda la Real Academia Española sobre el tomate, es la siguiente: Baya roja, fruto de la tomatera, de superficie lisa y brillante, en cuya pulpa hay numerosas semillas algo aplastadas y amarillas. Esto, dicho en términos más coloquiales, sería que un tomate es una fruta roja, con piel y cosas en su interior. Aunque intelectuales de diversas organizaciones mundiales dispongan todos sus recursos y su entrega en desmentirlo, la realidad es apabullante. Los tomates se parecen a los seres humanos más de lo que muchos quisieran. Las pruebas son contundentes y definitivas, no existe duda cuando se habla de la tomaticidad del ser humano.
Elegir una parcela, limpiarla, ararla, arrojar las semillas. ¿No es así como todos comenzamos? Los primeros brotes son los más importantes, pero no por ello debemos descuidar el resto del proceso. Los tomates crecen brillantes e inmensos, a veces. Sí es así, corren el riesgo de todo lo que pertenece al mundo humano: caer por su propio peso. Ahí es cuando debemos reforzar las defensas, tanto las de nuestro cuerpo, como las del entorno que construimos.
No todos los humanos son buenos en el placentero arte de cultivar tomates. A algunos les cuesta más, o se contentan con papas y naranjas que hallan en el camino. Para ellos las cosas parecieran ser más sencillas, pero no es así. Una vida sin arte es como un tomate vacío, redondeado por el aire viciado de unos pulmones que jamás supieron respirar. Una papa no es un tomate. Una naranja, tampoco lo es. ¿Qué es un tomate?, me pregunto después de comprender que no comprendo casi nada de lo que escribí hasta acá.
El tomate y la humanidad, la humanidad tomatosa del ser y su concreto significado existencialista abarcan etapas desconocidas incluso por las primeras semillas que el viento arrastro hasta Europa siglos antes de la colonización. Que el cultivo propiamente dicho no se haya realizado hasta luego del tercer cónclave marciano fue una cuestión puramente estratégica del inconsciente colectivo católico tan propio de su dogma como las Cruzadas y la Inquisición.  Concretas evidencias reflejan el real y efímero significado de la materialización del tomate como complemento humano propiamente dicho y a las actividades que estos realizan con o sin el beneplácito conocimiento de su accionar.
Un tomate es una sonrisa, una mirada de esas que ocasionan colisiones intergalácticas. Es ese rubor que sube cuando faltan las palabras, después de sentir ese fuego que quema sin llamas. Aunque la tomatera no se haga cargo, aunque el fuego sea tan débil que muera en no más que palabras. Por suerte no es del todo necesario cocinar al tomate. Pero no es esa la finalidad de lo que estaba escribiendo.  O sí, ¿quién sabe? Todo puede surgir o desvanecerse cuando un par de bayas rojas intercede en el andar de dos seres que solo quieren comer fritatas y hablar de muertes y de libros y de cosas que alguna vez ocurrieron y que desean que jamás vuelvan a suceder. Pensamientos acerca del tiempo de gestación de los elefantes o sobre la veracidad de la llegada del hombre a la luna, quedan obsoletos ante la indescriptible majestuosidad de esos ojos que iluminan eternos y prodigiosos campos tomatosos. Y el campo es su sonrisa, su historia, sus secretos, su forma de caminar. Es su magia, en definitiva, tan poderosa, que ha logrado convertir la simple existencia de un tomate en una grandilocuente y confusa declaración de amor. Amor por los tomates.

07/09/17



domingo, 27 de agosto de 2017

Cómo ser un gran escritor, por Charles Bukowski

Tienes que tirarte a muchas mujeres
bellas mujeres, y escribir unos pocos poemas
de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Solo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
Y no olvides tu Brahms,
tu Bach
y tu cerveza.
No te exijas.
Duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
Acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
Y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente
de la posibilidad
de la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
Un sabor temprano de la muerte
no es necesariamente una mala cosa.
Quédate afuera de las iglesias
y los bares y los museos
y como las arañas,
sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
Más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
Una amante continua.
Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de eso una pelea de peso pesado.
Haz como el toro en la primer embestida.
Y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine,
Dostoyevski, Hamsun.
Si crees que no se volvieron locos
en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres sin comida
sin esperanza…
entonces no estás listo
toma más cerveza.
Hay tiempo.
Y si no hay,
está bien

igual.

Las cosas que sueño


El estado de las cosas reales, suele diferir de maneras extremas cuando se materializan en el plano onírico. Cambian los espacios, se funden unos con otros. Las personas pueden cambiar su fisonomía, sus nombres, o sus sentimientos. Todo puede ser de la misma estúpida manera en que puede dejar de serlo. Últimamente mis sueños han sido demasiado potentes, cargados de una intensidad a la que no estoy acostumbrado. Es que siempre mis sueños se caracterizaron por el aburrimiento y las cosas que se caen. Objetos, personas, todo siempre se caía.
Todo cambió cuando ella intercedió entre el sueño y la vigilia convirtiendo a mi existir en un plano azul incapaz de unirse completamente a lo onírico o a la realidad. Llegó desde el pasado para convertir mi presente en una breve estadía soleada en medio del deshielo. Y me aferré a lo que mi corazón me dijo que podría ser una buena opción. Qué bien que me cae la gente que no escucha a su propio corazón. Espero caerle tan mal como me caería a mí mismo si yo estuviese de su lado. 
Las cosas que sueño ya no me gustan. Mientras duermo, las más grandes utopías se materializan frente a mis pasos haciéndome creer lo maravilloso de las cosas que brillan. Y floto entre ellas como un estúpido globo sabiendo que en algún momento me van a reventar. Pero sigo flotando, entre besos y abrazos falsos, entre miradas ciegas que parecen mirar, pero que no miran. No me miran ni me miraran. Y ella es parte del sueño. Es ella ese y todos los sueños en los que vuelo hasta el cielo y de repente estalló y amanezco recostado sobre una cama dura, fría e inmensa. El problema no es la cama, es ella y su voz, su risa, su pelo y sus manos. Jamás pensé en su boca hasta el último sueño. Desperté y el beso se convirtió en grito que inundó la habitación y solo a mí llegó a aturdirme. Como siempre.
De ella sé que vivirá en mis sueños quien sabe por cuanto tiempo. Quizás asesinando en alguna historia pueda volver a mis sueños de antes, en donde todo era gris y se caía. De su persona no onírica, quizás prefiero no saber. Duele menos cuando no se sabe. Y si tiene que doler, mejor que duela hoy, que es domingo, o el martes, y que se adelante el abismo. El tiempo es relativo e cuestiones de olvido, así que no debo desesperar. La magia no pude durar para siempre.


27\08\17