lunes, 12 de febrero de 2018

Carta dictada por un reloj que volvió a la vida



Laguna Larga, Córdoba. 12 de febrero de 2018

Querida Hermione,

El reloj siguió su curso desde que le cambié las pilas. Tic, tic, tic, comentó agradecido. Sonreí y me acordé de vos. De tu risa, de tu pelo y de esa forma tan tuya de hablar. Hacía un tiempo que no me sentía tan tonto… y creo recordar que la última vez, también había sido por vos.
Leí varios libros, escribí algunas cartas y escapé a varios soles durante este último tiempo. El clima es una locura. Pensé en vos, aunque no me haya parecido necesario hacértelo saber. Te imaginé sentada bajo un árbol, leyendo ilegalmente en tu computadora. También te vi cuerpo a tierra bajo una lluvia de balas protegiendo a un dulce y asustado gatito. Temblaba, pero le era inevitable sonreír ante la cercanía de tu existir. El pequeño felino me recordó a mí, en aquellas épocas en que era común para el cielo vernos vagar juntos. ¿De verdad te dije todas aquellas cosas? ¿Fue real la osadía de creerme merecedor de respirar el mismo aire, de comer las mismas papas fritas, de fantasear con la idea de reposar sobre la misma cama?
Se me complica evitar el desvanecimiento sensitivo al evocar la última conversación telefónica que tuvimos. Entiendo todo, pero quisiera no tener nada que entender. Recuerdo que esa vez creía que era posible decirte adiós para siempre… y lo dije, con toda esa seguridad del mutilado que contempla lloroso a su sangrante corazón sobre la mesa del sacrificio. Es su corazón, que ya no es suyo; se marcha en silencio, sabiendo que ya nada será lo mismo. Así me sentía, pero al marchar, mi corazón no se extinguía sobre el altar, sino que ya había sido esparcido en cada una de las palabras, los gestos y los besos que te había dado. Esa fue una de las tantas veces que te perdí.
No es la primera vez que tengo que cambiar las pilas del reloj. Cuando existía algo parecido a un nosotros, te confieso que tuve que hacerlo varias veces. En ocasiones era tan complicado entenderte, o entenderme a mí mismo en correlación con tu existir que, incluso con pilas nuevas, tuve que empujar a las agujas para que no dejen de marchar. Extraño, pero dulce ahora que lo recuerdo con nostalgia.  
Nostalgia me despierta también el hecho de que siempre buscabas un porqué a todo. ¿Seguirás siendo así? ¿Trataras de razonar con los delincuentes acerca del porqué de sus fechorías? ¿Con el calendario sobre qué tipo de mecanismos utiliza para sincronizar su tiempo de vida con los movimientos de la tierra alrededor del sol? ¿Con la vida acerca de porqué a veces se comporta tan estúpida con vos y con la gente que querés? Ojalá lo sigas haciendo. Ojalá el Universo (sí, él) siga permitiéndote ser tan vos como siempre. Estas palabras no tienen un porqué más que acariciarte y recordarte que alguien,  en un aburrido lugar del mundo, sonríe y se le entibia el alma al pensar en vos.

JS

sábado, 25 de noviembre de 2017

Dedica siempre las mismas canciones

Iluminaba varios universos
con sus dos soles,
sus ojos eran el fuego eterno
nacido en la Creación.
Su risa era como el mar
y su voz como el viento
su existir rozaba la perfección,
pero en algo debía fallar.
Pasan los años,
las historias y los sueños;
distantes bocas estallan
al impactar con sus besos,
ella dedica siempre las mimas canciones
sin importar el lugar
sin pensar en el momento.
¿Será que hay canciones
que pueden decir todo
a diferentes personas?
¿Será que vive al amor
como a un solo amor
sin importar el objeto
que enciende su sentir?
Mi lado celoso
se le ríe en la cara.
Mi lado musical
la compadece.
¿Será que es tan feliz
que no tiene tiempo
de ampliar su espectro musical?
¿A caso su corazón
solo sabe latir al ritmo
de un número reducido
de melodías?
Qué aburrido bailar
con ella.


28/10/17

martes, 21 de noviembre de 2017

Instrucciones para subir una escalera mecánica


Alentado por la obra del gran Julio Cortázar, colmada de practicidad e intenciones de facilitar el andar diario de sus lectores,  y por numerosas experiencias vividas en espacios en los que es necesario el ascenso o descenso entre un piso y otro, me atrevo a la osadía de plasmar a la posteridad en este escrito la manera, según mi criterio, de hacer uso de una escalera mecánica de la forma menos odiosa, traumática y escandalosa posible. 
Todos alguna vez hemos deseado acabar con la existencia de alguna persona, es normal y digno de ser perdonado por divinidades supremas. Esa persona a la que dirigimos nuestras malas energías suele ser alguien que nos hizo mal, o que hirió a un ser que apreciamos. Alguien que vive fuera de las normas de la moral y de las buenas costumbres, como ladrones, representantes de deportistas y la mayoría de los  mozos que abren las puertas de los taxis en la terminal de Córdoba. Pero hay un grupo de personas que parecerían ser intocables en eso de estigmatizarlas a causa de su incorrecto accionar. Si usted leyó el enunciado que enmarca estas palabras, puede que ya se esté dando una idea. Sino, continué con la lectura y lo sabrá. Esas personas son aquellas a las que les cuesta desplazarse a través de escaleras mecánicas. Personas que frente a este medio de transporte de mínima distancia se bloquean y pierden el sentido de ubicación y recato. Inmovilizadas por el temor a ser succionadas por el mecanismo metálico, por el miedo a caerse y ser el hazmerreír del espacio -dígase shopping, terminal de ómnibus, aeropuerto, etc.-, se descontrolan y alteran el andar de aquellos para quienes una escalera mecánica no es más que lo que su nombre indica. Están también aquellos que, debido a experiencias ocurridas alguna vez en la realidad o en sus peores pesadillas, optan por simplemente omitir la existencia de la escalera. Para ambos grupos, y para todo aquel que quiera leer, van estas indicaciones.
Todos sabemos lo que es una escalera, su función y su anatomía. Conocemos nuestro cuerpo y su propia movilidad. De igual modo, no está de más mencionar algunos puntos importantes. Pies. La mayoría de las personas cuentan con dos. Uno izquierdo, otro derecho. Al caminar avanzamos primero con uno, y luego con el otro. Si lo hiciéramos con ambos, sería saltar, no caminar. Si no avanzamos con ninguno, estamos estáticos. Frente a una escalera mecánica, no son solo los pies lo que entran en juego. Pies, piernas, cintura, torso, brazos y cerebro. Este último, como en la mayoría de nuestras actividades, es fundamental. Usted no puede subir una escalera mecánica sin utilizar su cerebro. Es en él en donde se activa la orden que da inicio al correcto procedimiento de ascensión: ante la necesidad de desplazarse hacia un piso superior, demasiado superior, que no puede usted trepar por la pared o ascender de un salto, el cerebro enciende una señal que indica la presencia de la escalera. A través de la vista puede usted vislumbrarla y, luego de ubicarla, desde el cerebro un impulso nervioso se desplaza hasta los pies dando así comienzo al desplazamiento hacia el mecanismo de ascensión. El tiempo de caminata libre depende tanto de la distancia que lo separa de su objetivo, como de la velocidad que usted emplee para avanzar. Esta última depende de varios factores. Es lógico que en una terminal de colectivos, la velocidad de desplazamiento de los individuos hacia una escalera mecánica sea mayor que la de aquellos que utilizan un mismo aparato en las instalaciones de un shopping. Igualmente, la cantidad de obstáculos que se hallen entre usted y su destino, pueden hacerla aumentar o disminuir.
Una vez recorrida la distancia, su cerebro le indicará que es necesario hacer una pausa. En ella usted puede tomar aire, mirar la hora, acomodarse los pantalones, o lo que desee. El tiempo de pausa, también depende de la cantidad de individuos que, al igual que usted, fueron guiados por sus cerebros, a través de los pies, hacia la escalera. Aquí comienza la parte importante, por lo que le recomiendo que ponga total atención. Su gato puede ser acariciado más tarde y a su pareja no le vendría mal hacer silencio por algunos minutos. Lo que importa es superar su temor a las escaleras mecánicas, o prevenirlo, en el caso de que aún no haya sufrido tan cruel padecimiento. Luego de la fugaz pausa frente a los escalones que se desplazan es el momento de mostrar de que usted está hecho y cuan útil es su cerebro ante situaciones de extrema necesidad. Si este órgano o sistema funciona correctamente, lo que deberá suceder es lo siguiente: una orden eléctrica e invisible guiará sus ojos hacia el inicio de la escalera que no deja de moverse. En milésimas de segundo usted resolverá cual pie dará el primer paso, cual el segundo y cual será el escalón elegido. Sí, puede salir mal. Puede que justo cuando usted decide mover el pie, el escalón cambie y en vez de pisar firme y asentarse, su zapato, zapatilla o sandalia, choque contra el escalón metálico y lo haga caer sobre la superficie en movimiento. Esto puede ser catastrófico. Pero también puede salir bien. Si su cerebro funciona correctamente, y no es invadido por el pánico, y logra dar un paso seguro y certero, usted comenzará una especie de viaje cósmico en el que ascenderá sin la necesidad de mover los pies. Durante el trayecto de su travesía usted podrá apreciar diversos paisajes que parecieran estar en movimiento. Y lo están, pero quien está viajando es usted. Un promedio de la duración de este tipo de viaje ronda alrededor de los diez segundos. ¿Qué puede usted hacer en ese tiempo? Depende. Si siente que el temor ha abandonado su existir, puede usted disfrutar. Admirar el paisaje, consultar algo en la pantalla de su celular, buscar algún objeto en la cartera. Si el temor lo acompaña en el ascenso, lamento decirle que usted sufrirá. El trayecto se le hará eterno, pero a la vez demasiado corto como para tomar decisiones. A medida que se acerque hacia la parte más elevada de la escalera mecánica las formas tenebrosas que lo persiguen en sus peores pesadillas aumentaran mil veces en tamaño y en crueldad. Se verá usted succionado por la escalera y advertirá como su cuerpo revienta y su sangre empapa a todos los presentes. Estos estallaran en alegría y se burlaran de su trágico perecer. Usted estará perdido. Pero puede que no. Puede que con temor o sin temor, usted logre llegar al final. Su cerebro, continuando con su metódica labor, enviará un nuevo impulso para que, muy cerca del borde filoso del mecanismo, levante uno de sus pies, luego el otro, y acabe con su trayecto. Libertad. Es importante que en este punto no se revuelque en los laureles, ya que, si viene alguien detrás suyo, puede llevárselo por delante y arruinar un excelente ascenso.

Finalmente, quiero volver a destacar la importancia del cerebro durante todo este proceso. No todos los cerebros son iguales. Algunos tienen más luces, otros más penumbra. Lo importante de los cerebros es no dejar que sean perezosos. Hay que entrenarlos. Puede hacerlo a través de la lectura, de juegos de ingenio o de la meditación. Él necesita estar activo y bien despierto para poder acompañarnos de la mejor manera posible en cada situación de la vida, como tratar de descubrir una vacuna para salvar millones  de vidas, la realización de la tarea de lengua o la tan arriesgada y subestimada acción de subir por una escalera mecánica.      

sábado, 18 de noviembre de 2017

Nada, entonces

Ella sabía que la amaba, pero cada vez que podía desplegaba la bandera de la amistad. Solo para separar los tantos. Ella de a ratos me besaba, con su boca, sobre mi boca. Pero no quería nada más. A veces hacíamos tratos, pero su humanidad la obligaba a dejarlos sin efecto. Bajo el lema de la carne es débil y a vos te quiero lejos, jugaba a ser Dios y a marcar el camino. Yo la seguía, porque algunas migajas siempre resultan más que simplemente nada. Hasta que dije basta.
Cuando dije basta, pasé de ser el más tierno enamorado, a ese idiota que no entiende nada de la vida. Ese que solo busca lo que no puede tener y se da una y otra vez la cabeza contra la pared. Ese que ella quiere como amigo, pero que lo tiene ahí, por si en algún momento su existir se torna aburrido, o la calabaza se transforma en carroza. Ella se enoja porque él se enoja, siempre es así. Pero ella se enojaba primero cuando yo la quería demasiado, y se enoja ahora porque necesito alejarme. Ella no se enojaría si todo en el mundo resultase como ella desea. Ella es como todas.
Ella sabía que la amaba, por eso trataba de romper el cristal. Y lo rompió, pero no soportó el frío vendaval que se apoderó del cuarto al dejar sin protección a la ventana. Y me culpa por inseguro, y piensa que en realidad jamás la quise como dije quererla. Varias veces le advertí que este momento iba a llegar, pero prefería seguir creyéndose la codiciada Helena. Le dije que me perdió, pero no es verdad. Los dos perdimos el amor que habitaba en mi corazón y latía al ritmo de su nombre. A ella le gustaba que sea así de cursi. A ella le gustaba mucho sentirse así de querida, pero hubiese preferido que el portador de ese afecto sea cualquier otro menos yo. Prejuicios, creo que fue la palabra que ella usó. Yo pensé en superficialidad, estupidez, y algunas palabras así, pero no se lo dije.
Ojalá que esté llorando por mí en este momento. No gano nada por ello, pero creo que sería bueno para el cierre de esta historia. Hacía mucho que no pensaba en ella, pero hasta hoy no dejaba de volver. Ya no soportaba su incomprensión, su necesidad de hacer de cuenta que nada había pasado. Si no hay amor, que no haya nada entonces. Y no lo digo solo yo, está claro. Se fue cuestionando mis intenciones, como digna estudiante de la academia sofiísta.
Se fue golpeando y trabando puertas, rompiendo las luces y desparramando libros. No existe ninguna posibilidad de que sean suyas las últimas palabras. Quería dedicarle una última canción, contarle que tengo un gato al que bauticé Severus y desearle todo el amor del mundo, pero se fue.
El gusto fue mío.


18/11/17

domingo, 15 de octubre de 2017

Estúpido martes

No hay un día más tonto que el martes. Le sigue al lunes, mientras aguarda la mitad de semana. Nada interesante sucedió jamás un día martes. Ni ayer, ni hace mil años en ningún lugar del universo. Escuché que una vez llovió, y a la semana siguiente hubo un incendio. Pero eso puede suceder cualquier día, incluso un jueves, así que no sirve como elemento para contradecir mi teoría de que los martes son estúpidos. Porque esa es mi apreciación final: el martes es el día más estúpido de la semana. Si tenemos en cuenta que puede haber por lo menos cuatro, la estupidez mensual puede elevarse a un nivel exorbitante. ¿Será que el mundo se cae a pedazos a causa del exceso de días martes? Cuatro en un mes, por lo menos cuarenta y ocho en un año, cuatrocientos ochenta en una década, y prefiero parar de contar. Estamos perdidos.
Lo bueno, es que ya lo estábamos desde antes de notar este detalle. Siempre vagamos de un lugar al otro, estableciéndonos momentáneamente a causa de errores y torpezas que arrastramos hasta que en un descuido se revelaron y nos patearon en la cara. ¿Y qué con eso? Absolutamente nada. No aprendimos la lección y seguimos arrastrando estupideces varias. Hoy el martes se volvió una muy buena excusa para justificar tragedias. Qué trágico que es el amor, la música y los libros. Qué trágico que a esta altura la selección no esté clasificada al mundial. Qué trágico que te quiera cada día menos. Bueno, esto último es discutible. Cierto, pero discutible. Hagamos de cuenta que me compré una máquina de medir el cariño... sí, hoy quiero menos que hace dos semanas. Eso es totalmente trágico para el universo, ya que cuando un alma deja de querer, ese cariño no se esparce por el aire para alojarse en otros seres. Cuando el cariño ya no quiere, muta, se transforma en otros sentimientos. Puede mutar para arriba y convertirse en un gran amor, o puede mutar para abajo y ser otra cosa. Indiferencia, esa sensación que me mira y me dice que perdí mucho tiempo, que gasté demasiadas palabras que podría haber utilizado mejor. Y esa mutación negativa acarrea fantasmas. Y los fantasmas, como todos sabemos, son muy burlistas. Qué tonto que fuiste, me dicen y hacen piruetas en el aire. Acompaño su alegría con una tibia sonrisa y un casi imperceptible gesto de asentimiento. Qué tonto que fui.
Lo bueno es que con el tiempo uno se acostumbra y aprende a burlarse de sí mismo y de sus sentimientos. En mi caso, en este martes tan estúpido como yo, prendo un cigarrillo y escucho La 25. Entre canción y canción trato de auto convencerme de que no fue para tanto, de que podría haber sido peor. Que podría ser peor, eso no me arregla, eso no me arregla a mí. Estúpidas canciones que me confunden  y desbaratan mis teorías. Pero tiene razón. Todas, de alguna manera, la tienen. Yo simplemente las escucho y me prometo ser menos idiota la próxima vez. Si no hay amor, que no haya nada entonces, dice otra en mi mente, por encima de una que habla sobre un ataúd. Que no haya nada, entonces. Ni martes, ni viernes, ni Osvaldo. Ni te extraño, ni cómo estás, ni me acordé de vos. Nada.
Qué decepción, ni siquiera son las ocho de la noche, ni siquiera llueve y no creo que me toque morir esta noche, como seguramente le pasara a miles de personas alrededor del mundo. Ella tampoco morirá, ni esta noche ni dentro de los próximos años. Ojalá nunca la vuelva a ver, ojalá olvide pronto como suena su voz. Y no por ella, ni por mí, ni por la comunidad mágica. Que todo suceda por el bien, por la reivindicación del estúpido martes y por el buen nombre de las papas fritas. Que se ría eternamente, pero nunca más de mí.


10/10/17   

lunes, 9 de octubre de 2017

RAYUELA, de Julio Cortazar. Capitulo 32: Carta de la Maga a Rocamadour


Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour:


Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿ Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour. 

Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas...Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour. 

Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito. Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto. 

Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete ... 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Me enamoré como un boludo

Ella siempre dijo que no, aunque a veces lo disfrazaba con un quizás. Para mí, todas sus respuestas fueron sí. Y me enamoré como un boludo.
No en todos los cuentos hay magia, pero a veces uno se confunde. Sobretodo, después de leer los ocho libros de la saga de Harry Potter en seis semanas. Mi personaje favorito fue Hermione Granger de principio a fin. Ese pelo incontrolable, esa mezcla de ñoñez y audacia encandilaron al tonto lector de fantasía que habita en mí. ¿Y cual es el nombre de quien me encandiló en la vida real? Maga. Lo primero que este idiota hizo al leer su nombre, fue bautizarla Hermione. Algo tonto, divertido, pero que marcó el comienzo de algo que podría haber terminado en una gran tragedia moderna: casamiento. Por su mente jamás pasó esa idea, lo debo admitir. Fui yo quien iba juntando los destellos de cariño que ella irradiaba y los amontonaba en un rincón dándoles la forma de un corazón. Cursi, casi vomitivo, dirán muchos. Pero ella tiene mucho para enamorar. ¿Está buena, por lo menos? Pide saber la hinchada. Sí, lo está, y mucho. Está buena, es inteligente, le encanta el rock, le gusta pasarla bien. Y el idiota se enamoró.
Le dije que la amaba, que podíamos vivir bajo un puente y enviar a su pequeña hija a un internado mágico. Le abrí mi corazón como nunca lo había hecho antes. Le prometí ser lo que ella quisiera que fuese. Sí, de verdad, así pasó. Por favor, hagánle saber esto a Sofía para que se burle de mí. Que el mundo se entere que todavía hay estúpidos Romeos que dan la vida por amor. No morí, ni tengo pensado hacerlo por este asunto, pero... ¿si la Maga (la mía, no la de Cortázar) lo hubiese pedido? No quiero pensarlo.
Fui con ella el tierno ángel que hubiesen querido que sea la mayoría de mis profesoras del secundario. Amable, atento, educado. Siempre traté de hacerla sentir cómoda e importante. Jamás le mentí, hubiera hecho todo por ella. Todo. Creo que ella, en definitiva, no captó del todo el mensaje que le estaba enviando el universo. No vio más allá de mi aspecto desalineado. Sintió cosas, se confundió, avanzó, se retractó, siguió con su vida mientras yo le escribía los más sentidos versos que podría haber vomitado mi estúpido corazón. Y esto no habla mal de la Maga. Desde el comienzo fui yo el que andaba descolocado. Sus formas, sus modos, daban indicios de que no era conveniente enamorarme de ella. Lo mismo que con Sofía. ¿Por qué será que me atraen tanto las tragedias? Sí, genial con Shakespeare y Sófocles, pero... viejo, ¡cortala! Mi vida no es cuento de hadas, pero tampoco para ser representada en una plaza publica varios siglos atrás. La Maga tiene sus cosas, que la hicieron ser del modo en el que es. Y yo lo sabía. Su manera de ser jamás fue para mí un secreto. El tema fueron sus dudas, sus estúpidas e infantiles dudas, que no hacían más que incitarme a enamorarme como lo hice. Idiotas.
Me hizo bien, a pesar de estos días en los que lágrimas de bronca supieron acariciarme. Su aroma, su risa y el dulcisimo sabor de sus besos, hoy me hacen sentir estafado. Recordé como se besaba, lo mágica que pude ser una mirada y esa sonrisa de paz en mitad del beso. Está bueno abrazar y que te abracen. Está bueno ese mensaje al comenzar el día, y esas extrañas conversaciones en la madrugada en la que todo puede pasar. Pero ya pasó. Varias veces intenté despegarme de ella porque sabía que no había futuro. Quizás lo había, y era hermoso. La Maga, yo, su pequeña niña y los que pudiesen venir. Pero en medio había un camino complejo en el que teníamos que conocernos a fondo, aprender a soportar nuestras diferencias y amoldarnos a la manera de ser del otro. En definitiva, complementarnos. Yo pensé en que podría intentarlo, pero ella... a ella le gustan las papas fritas, ama leer y le gusta criticar mis escritos. Por ella retomé y finalicé un proyecto literario que tenía guardado hacía mucho tiempo. Por ella hubiera cambiado el mundo, pero no pudo ser.
La voy a extrañar demasiado. Mañana el vacío va a ser enorme, pero qué otra cosa puedo hacer. Puse de mí todo lo que podía. Creo que ella, a su modo, también lo hizo. El cariño es grande, pero también el abismo que nos separa. Voy a extrañar los audios de azulina y esa salida al parque que nunca va a suceder. La Maga me debe treinta pesos y una salida al cine. Hubiese estado bueno ir a algún recital. Hubiese estado bueno que se jugará un poco más. Pero quizás no tenía que ser. Quizás pase el tiempo, las historias, y algún día volvamos a encontrarnos. Quizás se aburra de lo simple, de lo vacío y necesite que la amen de verdad. Quizás, si no pasa tanto tiempo, todavía esté para acompañarla y ayudarla a ser feliz. O quizás me busca mañana y ya no quiero. ¿Quién sabe? Pero, mientras tanto, otro crimen quedará sin resolver.
29/09/17