jueves, 27 de julio de 2017

Desencuentros extraordinarios


Encontrarte y que me encuentres, es lo que pedí cada vez que una estrella fugaz iluminaba el cielo.  Estabas a mi lado, estabas en otro tiempo, encontrarte y que me encuentres fue siempre mi mayor anhelo. Y no me arrepiento de haberte confundido en otras caras, en otros besos y en otras historias. Estuviste siempre hasta que dejaste de estar, mientras yo me quedé sentado a la espera de que una nueva confusión momentánea incendie mi espíritu y me acompañe al caminar. Inconscientemente siempre supe cuando una historia terminaría en desencuentro. Algunas veces sentí un terror inmenso cuando el tiempo pasaba y todo marchaba bien, pero el día menos pensado -y al mismo tiempo más esperado- ¡zas!. Otro final. Otro desencuentro. Otro dolor.
Porque me doliste en cada historia, en cada nuevo encuentro el destierro se ocultaba tras tu mirada que destellaba paz. A veces tu ojos eran claros, grandes y redondos; otras veces pequeños, chinos y oscuros. Pero siempre eras vos y ese calor que derretía el universo y me dejaba desnudo de mis glorias y de mis bajezas, de mis ganas de abrazarte o de pelearte hasta no dar más. Pero te fuiste. Siempre te fuiste y volviste sin terminar nunca de escapar. Nunca eras la misma, pero siempre eras vos ante mí, ante la devastadora realidad de que todo volvería a suceder. ¿Destino? ¿Castigo? Ni siquiera puedo darte un nombre, mucho menos bautizar a la eternidad que me golpea en el rostro con el vaivén de tu pelo cuando te marchas. Cuando te escapas. Cuando decidís que es tiempo de abrazarnos al abismo y caer hasta reventar. Caer una vez más.
Desencuentros extraordinarios y eternamente repetitivos abundan en mi historia, en la tuya y en la del mundo. Mudo el tiempo avanza y retrocede transformando cada dolor en la antesala de uno mayor y peor organizado. Escapate. Escapate conmigo y ayudame a desenterrar la clave para sortear el abismo. Nuestro abismo. Acepto que ninguna estrella te bajará desde el espacio para mí. Acepto que no puedo vivir tan solo de los besos que en sueños me das. Acepto que aceptar que mi existir no depende pura y exclusivamente de encontrarte una y otra vez cada vez que desapareces, es el primer paso para dejar de lado los desencuentros y, al fin, encontrarme conmigo mismo. 


27\07\17

sábado, 27 de mayo de 2017

Lo que vive a pesar de no estar vivo

Es una escalera, una llave, una linterna. Una espada, un refugio, una bandera.
Reposa a la espera del momento de actuar, pero no es un actor. Hay quienes dicen que está en peligro de extinción, aunque no es ni una planta ni un animal. Y claro, si no está vivo, dirá un amante de la televisión. No come, no camina, pero tanta vida aloja su interior, que si fuera un lugar, sería el universo. Muchos universos alojados en los cuerpos de los miembros de su especie. Si, especie de algo que no come, que no camina, pero que vuela y te lleva a volar. Porque sin ser avión tiene alas que aletean elevando nubes de polvo de conocimiento y de aventura y de misterio y de pasión y de todo aquello capaz de movilizar los sentidos de los vivos y resucitar aquellos de los que se quieren morir. Él no muere, y no porque no esté vivo. No muere porque es atemporal, porque su carne está compuesta por fragmentos de almas que sucumbieron en diversos tiempos y en todos los espacios. No es una piedra ni una daga, pero si lo dejás, de un solo golpe, te abre la cabeza y el corazón.
Hace unos días lo entrevistaron para que dé su opinión acerca de cosas.
_ Señor don Libro, ¿es usted consciente de que hasta lo no vivo puede dejar de vivir? -consultó el reportero, y don Libro respondió:
_ Soy muy consciente de que lo no vivo, al dejar de vivir, vive. Y lo importante es eso, sentirte vivo a pesar de que no te dejen vivir, y de que no crean que estés vivo.

El reportero asintió, cerró el libro y volvió a colocarlo en el estante de la gran biblioteca. Tres años después volvió a tomarlo. Sus hojas estaban más amarillas y olía a humedad. Está más muerto que antes, pensó el reportero, sin reparar en que las historias que dormían en sus páginas estaban más vivas que nunca. 

viernes, 5 de mayo de 2017

Carta a la reina de las lechuzas

Querida reina de las lechuzas:

Hoy estuve desde temprano tarareando ¡maldición, va a ser un día hermoso!. Más tarde, me llamaste y el celular sonó con esa canción. Yo no sabía que la tenía como tono de llamadas. A partir de ahí el día fue extraño. No hubo monstruos ni escobas voladoras, pero algunas cosas brillaron más que de costumbre -brillas y yo me pongo al lado, al menos me brilla el costado, que es más que no brillar- Vos. Me gusta la gente como vos. Porque si, un poco gente sos. Me hiciste pensar, y eso es algo que no mucha gente logra. Hace mucho que no bajaba un cambio y miraba hacia mi alrededor. Descubrí que hay cosas que creía olvidadas que siguen cerca. Descubrí situaciones, personas, y a vos. Ya te había visto varias veces, pero hoy me cayó la ficha. Te vi a vos, a la gente, a las situaciones, a los fantasmas... Y a mí. Ahí en medio estaba yo. Te miraba  a vos, después hacia atrás, hacia el frente y hacia los costados. Me sentí demasiado estúpido. Y solo, como hacía mucho no me sentía. A veces la soledad ocupa demasiado espacio y me ahoga. Me acribilla a preguntas que no quiero responder y me obliga a caer en el martirio de replantearme mi propia existencia de principio a fin. Las preguntas me hieren hasta provocarme un dolor tan intenso que tratando de responder, para de ese modo tratar de mitigar el dolor, no consigo más que hacerme más daño. Solo una vez creí tener todo claro, pero el sol que iluminaba mi espacio se apagó y me dejo ciego. Ciego y mentiroso. Me miento a mí mismo, le miento al mundo, al tiempo y al dolor. Hay algo que adentro mío duele. Que siempre dolió y quizás jamás deje de doler. Me duele estar solo. Miento. Lo que duele es, en realidad, sentirme solo. Y no duele todo el tiempo. A veces la soledad es un escudo que me protege de posibles amenazas externas. Otras veces, y son estas las que podrían resultarte más interesantes, el escudo se convierte en la espada que se me hunde en las entrañas, que en mi interior gira y destruye todo lo que encuentra a su paso. Son esas veces en las que la soledad se convierte en agonía, en porqués, en un espejo que me devuelve lo peor de mí. La secuencia del escudo y de la espada se repite desde que tengo uso de razón. Por eso escribo, por eso leo tanto. Para inventar o sumergirme en otras realidades en la que la gente la pasa tan mal como yo. Jamás me imaginé como el príncipe de alguna historia. Jamás me sentí protagonista de nada. Se me hace imposible imaginarme a mí mismo en el futuro, pero igualmente el tiempo sigue avanzando y estoy de pie. Tan solo como hace un año, tan solo como en la próxima navidad. El suicidio, dicen, dura tan solo un instante. Pero no fue opción ni en la más terrible de las soledades. Creo que la mejor manera de morir seria en una gran tragedia, rodeado de desconocidos. Fantasee varias veces -influenciado por los libros y la televisión con que una especie de apocalipsis azote al mundo y unos pocos elegidos logren sobrevivir. Me veo entre ellos, siendo una especie de líder salvador. Solo en una situación así podría ser protagonista. Pero la vida no es Lost ni The walking dead. El problema no está en una isla del Pacifico ni en las calles de Atlanta. El problema está adentro mío y en la infinidad de dudas que se esconden detrás de mis prolongados silencios. Soy yo el humo negro que me persigue, soy yo quien desde el espejo juega a ser Negan y me amenaza con Lucille. Esta noche llegué al fondo, o más profundo que las demás veces. ¿Puedo caer un poco más? ¿Es esto un pedido de auxilio? ¿Qué voy a pensar mañana acerca de estas revelaciones?
Volviendo a las cosas que brillan, como los focos, las luciérnagas y vos... no me queda mucho más que decir. Cada una de esa cosas/insecto/persona tiene una función. Algunas veces esa función no está a la altura del valor que tiene esa cosa/insecto/persona. Está en la propia naturaleza de la cosa/insecto/persona saber cuando decir basta, cuando exigir lo que le corresponde y no quedarse con migajas. -nunca había escrito la palabra 'migajas'-. La cosa/insecto/persona puede equivocarse. Está en todo su derecho, pero también es su obligación tomar todos los recaudos necesarios para qué, de ser inevitable la caída, esta duela lo menos posible. Si en vez de la caída la cosa/insecto/persona se encuentra con el triunfo, todos a los que nos brilla el costado estaremos ahí para festejar.
Me despido con la esperanza de que estas palabras lleguen a destino, que Juventus gane la Champions, y que ojalá te vea pronto. Con afecto,

                                                                                                                  J.



PD: se supone que cuando alguien escribe una carta, lo hace con un fin específico. Bueno, no es este el caso. Quizás saques alguna cosa en claro, como que tan loco estoy o porqué me gusta asesinar personajes, o porqué a veces te miro como te miro, si es que alguna vez me miraste mientras te estaba mirando. Sos libre Kaela.

PD2: con respecto al porqué me gusta asesinar en la ficción, lo acabo de descubrir. Transferencia. Yo mato porque me mataron, o porque no me siento tan vivo. Y con respecto a eso, tengo una teoría acerca de las actitudes del Dr. Pancho que te expondré prontamente.

PD3-sedesprendedelfinaldelaPD-: el año pasado tu nombre, Kaela, me parecía extraño, y hasta gracioso. Hoy me encanta.


martes, 11 de abril de 2017

Pelos de gato


I

Inevitable placer

mirarte mientras te envuelve el silencio.
Te robaste la paz del mundo
con tan solo existir. 
En mi interior estalla un abismo,
mientras respirás,
y siento que no resisto.
Resucito sin morir cuando tus ojos
me trasportan a donde solo vos estás.
Y yo floto, giro y me desangro 
mientras lentamente desaparezco
cegado por los resplandores abrasadores
que desde tus ojos me apuñalan.
Que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.

II


Inútil ansiedad que me incita a creer

que alguna vez entre tu pelo
mis dedos conoceran la gloria.
Señales luminosas desde tu espalda
me asaltan mutilando mi poca atención.
Todas las letras suenan iguales,
todas las caras me hablan con tu voz.
Que se caiga el techo, 
que me trague tu espalda. 
El tiempo se vuelve una estúpida tortuga
y yo solo pienso en tu cara (¿cama?)

III


No sé porqué, pero siento que debería abrazarte.

Ahora, mañana, desde la eternidad
hasta comprender el porqué del milagro de tu cara. 
De lo que sos, de lo que fuiste,
de la naturaleza de la inanimada mesa que nos separa.
No sé porqué, pero desde ayer que tu nombre me desarma.
Me asesina, me aplasta,
me enamora, me arrastra.
Me hinco ante el desquiciado dios
que se esconde en tu pelo
irradiando magia
encendiendo mi locura
obligandome a mirarte
haciéndome creer que sos todo
lo que nunca soñé,
lo que nunca quisiera perder.

IV


No existo cuando jugás con tu pelo.

Podría contemplarte mil años sin parpadear, 
sin advertir la presencia del mundo, 
haciendo fuerza para convertirme en aire, 
y así rozarte, envolverte y ayudarte a respirar.

VI

Entre pelos de gato y tipografías de plomo,
lo único que queda claro
aprovecho para repetir:
que bueno que viniste.
Que bueno que estoy acá.

viernes, 7 de abril de 2017

La gente que vive adentro de mi cabeza

La gente que vive adentro de mi cabeza, se desplaza como si flotara. Pareciera que lentamente intenta de mí escaparse, alejarse, dejarme solo. Se creen capaces de violar el perímetro sensitivo que las aprisiona, que las resguarda de la maldad del mundo consciente. ¿Acaso hice algo mal, que ni siquiera soportan permanecer en mis recuerdos? No lo recuerdo, mis registros no resguardan errores que podrían comprometerme, eso es sabido por todos. ¿Cómo piden, entonces, que los deje ir? Es una necesidad, más que un deseo, torturarme cada noche con sus voces, con sus caras y con su boca que me habla y me besa y me grita palabras que solo ella sabe decir. Y estallan en mi cerebro, vomitando sus puntiagudos restos que bajan en cascada y se estrellan en mi corazón. La gente que vive adentro de mi cabeza festeja, coronándola a ella como la reina del carnaval en donde mi cordura se quema y se come a sí misma atragantándose con el fuego. El fuego de sus ojos que me alumbraba las noches, que incendiaba amaneceres y domingos de lluvia. Esa gente no entiende cuanto necesito recordar, cuanto necesito hundirme cada vez que me siento menos mal. ¿Quién dijo que la única manera de sentirse bien es estando bien? A veces el delirio, la decadencia y la autodestrucción son un extraordinario mecanismo de liberación. 
La gente que vive adentro de mi cabeza son fantasmas que se desplazan aleteando y desatando huracanes. Tienen forma de ojos, de bocas, de pájaros y de relojes. Son la marca que me dejó el tiempo de cada vez que morí sin dejar de respirar.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Besos de humo


Su mirada suena como un coro de mil voces que susurra en mi oído que otra vez lo estoy haciendo mal. Aunque quiera callar sus ojos y extinguir el fuego de su mirada no consigo más que extender las llamas. El calor se expande y se eleva en mi interior creando una nube espesa que contrae mi poca destreza en el arte de pensar. Las decisiones se vuelven confusas, mis pasos lentos, mi mirada se pierde allá en donde supuestamente ella debería esperarme. Pero no la veo, no aparece. El humo se convierte en niebla que acentúa mi confusión. Avanzo a tientas con la desesperación enredándose al rededor de mis tobillos. Y vuelvo a besarla, creyendo que sus labios me salvarán de nuevo. Me arde la garganta, me tiembla el pulso, y a lo lejos, o adentro mio, entre la bruma, una figura que baila me invita a acelerar mis pasos. Es ella que me recuerda porqué estoy avanzando, porqué cada vez me queda menos tiempo.

La esquina brilla más tras cada beso. Aunque cada vez me sienta más perdido, siento que estoy más cerca de encontrarla. Encontrarla es encontrarme, dejar de desconocerme y entregarme a lo que quiero ser. Ella sabe que la necesito tanto como quisiera olvidarla, arrancarla de mi para siempre. Y es precisamente ese saber mutuo el que nos obliga a perseguirnos. Porque si no fuera ella, seria otra. Mejor, peor, otra. Tras cada beso agradezco a la luz conocer cuales son mis demonios, mis tragedias y mis posibles exterminios. No me avergüenzo de mi destino ni de mis debilidades. Brindo junto a ellas, y por ellas, cada vez que se presenta la ocasión.
Siento que me descompongo, que de a poco empiezo a caer en un vacío que me inunda y me aturde con una voz que no sale ni de su boca ni de sus ojos. Una voz desconocida que me invade cada vez que el humo y las luces se extinguen. La risa. Mi risa le presenta batalla y la desplaza, como prefacio al profundo silencio que me envolverá cuando comprenda que de tantos besos de humo, lo único verdadero que me queda, son varias horas menos de vida.

29\03\17 

lunes, 13 de marzo de 2017

La gente que espera

 La gente que espera, está en todas partes, pero sobre todo, abunda en las plazas. Las inunda con sus miradas que intentan ocultar el fastidio, la ansiedad, el temor. Tratan de parecer los seres más desinteresados del mundo, pero sus almas desesperan ante el tiempo que avanza indiferente a sus necesidades. Por sus mentes pasa la imagen de Penélope frente al telar, y suspiran resignados ante una sola pregunta: ¿cuánto tiempo más podré esperar? O peor aún: ¿cuánto tiempo hace que espero?
Después está la gente que no tiene a quien esperar, como yo. ¿Qué esperamos los que no esperamos ni nos esperan? El tiempo pasa igual que para todos; sentimos frío, calor, ganas de gritar. A veces tratamos de hacerle creer a los demás que estamos esperando a alguien que nunca llega. Ni llegará. Con solo mirar, identificamos inmediatamente a quienes están en nuestra situación. Nos miramos sin expresión, compadeciéndonos tanto del otro, como de nosotros mismos. ¿Cuánto tiempo hace que estamos esperando esperar o que nos esperen? Eso jamás lo pensamos, ya que el tiempo suele volverse en contra cuando intentamos volver a la realidad. ¿Qué esperamos de la realidad? ¿Qué espera la realidad de nosotros? Tenemos una historia, tenemos un camino, tenemos una vida... pero nos faltan respuestas para todas las preguntas que obviamos.
¿A quién espera Julieta, sentada en un banco de la ex plaza Vélez Sarfield, un jueves a las tres de la tarde? Se entretiene con palomas que revolotean buscando amistad con los pájaros que decoran su blusa. ¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida, desde hace años? ¿Les interesará? Ella las mira de a ratos, cuando su celular no le bloquea el mundo. No lo ve, los auriculares en sus orejas lo dejan mudo. ¿Es la espera, la causante de tanta indiferencia con el mundo? ¿O es el mundo mismo el que la obliga a esperar? Está tranquila, como si no tuviese prisa. Extraña cualidad a esa hora del día y en ese sector de la ciudad. Se me hace imposible adivinar su edad. ¿Tiene doce? ¿Tiene quince? ¿Tiene veintitrés? Sé que no viste a la moda, y que le resulta extraño estar frente a un extraño que de a ratos la mira, y de a ratos escribe. Quizás piense que la estoy dibujando, o que le estoy escribiendo una carta. Lo que no sabe, es que mirarla, a patadas, me conduce al pasado. Ese lugar, su forma de existir...
En un momento en el que dejó de mirarme, me puse de pie y me marché sin mirarla. Si me siguió con sus ojos, si me ignoró, no lo sabré nunca. El miedo se apoderó de mis pasos y los condujo a una velocidad por encima de lo normal. Avancé por Vélez Sarfield, crucé y me metí por Montevideo. ¿Era correcto escaparme de algo que no me estaba persiguiendo? Quizás ella venía detrás de mí... ¿qué era peor, que me esté siguiendo o que me haya dejado ir? ¿Dejado ir? Luego de una cuadra giré hacia Independencia. Decidí que era momento dejarla ir.

No volví a pensar en ella hasta treinta horas después, cuando me propuse ver que había escrito. En el último renglón decía: ¿Sabrán las aves que esas estampas están ahí, sin vida, desde hace años? ¿Les interesará? La gente que espera, ante la falta de esperanza, vuela. Se pierde, se escapa. Nunca sabemos de qué, pero escapamos. Y al estar a salvo, nos sentimos más vacíos que antes de huir.